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El oro de los griegos
La colección de orfebrería griega del Hermitage contiene joyas antiguas de gran relevancia artística e histórica procedentes de adquisiciones, regalos personales y donaciones, así como de los hallazgos de las excavaciones de la costa septentrional del mar Negro. Desde finales del siglo XVIII se emprendieron prospecciones en estos territorios coincidiendo con la adhesión de la península de Crimea al imperio de Catalina II en 1783, tras las guerras ruso-turcas.
En 1830 se descubre fortuitamente el túmulo (o kurgán) de Kul-Oba en la península de Kerch, en los alrededores de Panticapea, antigua capital del reino del Bósforo. Los cuerpos sepultados en la cámara funeraria debieron de pertenecer a miembros de la alta nobleza a juzgar por la riqueza y abundancia de las joyas encontradas, que constituyen un magnífico conjunto de obras maestras de la toréutica (trabajo en relieve sobre metal) griega y escita del siglo IV a.C.
Debido a los saqueos que sufrían los kurganes, Nicolás I decidió reglamentar las excavaciones. En 1859 se fundó la Comisión Imperial Arqueológica para supervisar todas las campañas arqueológicas del país. Los hallazgos comenzaron a ser estudiados y los trabajos se extendieron a las orillas del río Dniéper y a la península de Tamán, donde se halló el túmulo de Artiujov, con piezas del siglo II a .C. que reflejan la influencia de los maestros orientales en la orfebrería griega durante el periodo helenístico, como consecuencia de las expediciones de Alejandro Magno. Frente a los adornos de la época clásica, que combinan las superficies lisas con otras cubiertas de filigrana, en el período helenístico la nota dominante pasa a ser la policromía, conseguida con incrustaciones de piedras, y en particular de granates rojos, las más populares.













