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Turner y el norte
El diálogo que mantuvo Turner con la tradición artística del norte de Europa fue esencial para la formación de su identidad como artista. A lo largo del siglo XIX, los artistas británicos se sintieron cada vez más atraídos por la destreza técnica y el naturalismo de la pintura holandesa y flamenca, que tomaron como modelo a la hora de representar los escenarios naturales de su país. Este fenómeno se debió en parte a las exigencias del mercado, pues los cuadros de esa procedencia, con su carácter ilusionista y su gran maestría en la ejecución, estaban muy valorados entre coleccionistas y entendidos. Aunque las obras italianas del Grand Style estaban por encima de ellos en la jerarquía académica, los cuadros holandeses y flamencos se adaptaban mejor a las colecciones privadas por su formato más pequeño y su temática más modesta.
Turner dialogó con muy diversas tradiciones de la Europa septentrional. En los primeros años del siglo XIX se pusieron de moda las escenas de la vida cotidiana pintadas por artistas como Rembrandt y David Teniers, cuyo ejemplo fue seguido con gran fortuna crítica (y de ventas) por David Wilkie, un pintor contemporáneo de Turner. Decidido a no dejar pasar ninguna oportunidad, Turner hizo una serie de incursiones en este género. Y amplió además su repertorio con escenas históricas a la manera de Rembrandt y otras composiciones que recuerdan a las decorativas escenas de parques de Watteau.













