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En julio de 2006 ingresaron en el Museo del Prado cuarenta cuadros fechados entre las primeras décadas del siglo XVIII y mediados del XIX. Todos ellos son bodegones de autores españoles y proceden dela colección que Don Rosendo Naseiro reunió desde principios de los años ochenta. Veintiocho de esas piezas datan del siglo XVII, siete del XVIII, y cinco del XIX. Han sido realizadas por diecinueve autores diferentes, nueve de los cuales no estaban representados en la colección del Museo con cuadros de esta naturaleza. Se trata de Pedro Camprobín, Ignacio Arias, Pedro de Medina, Miguel March, Felipe Gabriel Ochoa, José Ferrer, Juan Bautista Romero, Santiago Alabert y José Romá.

La selección de las obras incorporadas al Museo se hizo siguiendo criterios de calidad y representatividad. A pesar de la personalidad que alcanzó el género en España y la abundancia de pintores que se dedicaron al mismo, la presencia del bodegón español en el Museo del Prado no era tan destacada como cabría esperar, lo que obedece a razones históricas, historiográficas y de gusto. Las dos principales fuentes históricas de las que se ha nutrido el Prado (las Colecciones Reales y el Museo de la Trinidad) contaban con pocas piezas de este tipo; y el “descubrimiento” del bodegón español no llegó hasta después de la Guerra Civil, todo lo cual ha sido decisivo para frenar la presencia de obras de naturaleza muerta en el Museo. A partir de los años cuarenta, algunas de las principales lagunas se fueron llenando, con piezas maestras como el Bodegón con cacharros y el Agnus Dei de Francisco de Zurbarán (cat. p-2803 y p-7293) o el Bodegón de hortalizas y frutas de Juan Sánchez Cotán (cat. p-7612). Ahora, con la incorporación de estas nuevas cuarenta obras, la visión que se obtiene del desarrollo del género en España tiene ya una variedad de autores, épocas y tipologías así como unos niveles de calidad dignos de una institución que constituye el principal depositario de la memoria pictórica española.

Las obras más tempranas del grupo son sendos cuadros de Juan Van der Hamen, el principal pintor de naturalezas muertas que trabajó en la Corte en las primeras décadas de siglo XVIII. El Museo ya contaba con una buena representación de obras suyas, pero su Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio (cat. p-7907), firmado en 1627, es una obra maestra del género, que merece un comentario aparte en otro lugar de esta publicación (ver el texto de William B. Jordan a continuación). En cuanto a Plato con ciruelas y guindas, pertenece a una tipología que no estaba presente en la colección de este pintor del Prado, y es obra que muestra hasta qué punto Van der Hamen no sólo fue un maestro en las composiciones complejas y artificiosas, sino también a la hora de sacar partido a la descripción de un pequeño plato de frutos.

Otro de los puntos de referencia del desarrollo de la naturaleza muerta en la Corte fue Juan Fernández, a quien llamaban “El Labrador” porque habitaba en el campo. A pesar de que alcanzó prestigio entre los primeros escritores españoles sobre arte y de que sus obras fueron apreciadas en Madrid y en la corte inglesa, el número de sus cuadros identificados que han llegado hasta nosotros es escaso, y el Museo del Prado sólo poseía uno o, según algunos, dos. Con la Colección Naseiro se incorporan dos parejas de cuadros que representan todos racimos de uvas, un tema en el que se especializó el pintor y para el que empleó una técnica tenebrista, proyectando los racimos y las hojas sobre un fondo oscuro y modelando formas y volúmenes mediante la luz, lo que subraya el efecto ilusionista. Ese ilusionismo está acentuado en una de las obras mediante la presencia de una mosca sobre un grano de uva, lo que, al mismo tiempo que demuestra la capacidad imitativa del pintor, constituye una velada referencia a relatos muy conocidos de la Antigüedad en los que se pondera el poder del artista para duplicar la naturaleza y engañar a los sentidos. Por su calidad, su belleza y la coherencia del conjunto, estas obras del “Labrador” enriquecen de manera notable el panorama del bodegón cortesano del siglo xvii que mostraba hasta ahora el Prado.

Las uvas también juegan un papel protagonista en el Bodegón ochavado con racimos de uvas de Juan de Espinosa (cat. p-7924), un pintor activo en Madrid durante el segundo tercio del XVII. Se trata de una de sus obras maestras, que combina varias frutas distintas, frutos secos, un ave muerta y un recipiente de barro rojo, dispuestos de manera muy sabia a varias alturas y en varios planos de profundidad, y en el que se juega con la iluminación para crear el efecto espacial, todo lo cual da lugar a una de las pinturas más monumentales y en las que es más explícita la artificiosidad compositiva, que ha producido la naturaleza muerta española de la época. En contraste con ese abigarramiento descriptivo, la pareja de pequeños cuadros que representan manzanas y otras frutas (cat. p-7925 y p-7926) nos muestra a un artista capaz de aparentar frescura y espontaneidad cuando el formato y el tema de sus bodegones así lo requieren. Estas dos pequeñas obras están muy cercanas en cuanto a concepto pictórico a Granadas (cat. p-7920), un lienzo firmado por Antonio Ponce, que fue discípulo y pariente de Juan Van der Hamen y, junto con Espinosa, uno de los principales continuadores en la Corte de su repertorio temático y sus recursos compositivos. Entre los pintores artistas que pintaron bodegones en Madrid a mediados del siglo, también están representados con sendas obras Ignacio Arias y Gabriel Felipe de Ochoa, hasta ahora ausentes de las colecciones del Prado.

Al mismo tiempo que en la Corte la naturaleza muerta se consagraba como un género pictórico destacado, y crecía el número de los artistas dedicados al mismo, en Valencia desarrollaba su labor Tomás Hiepes, que es el punto de referencia para explicar el desarrollo del género en Levante durante casi todo el siglo. El Prado ya poseía varias obras suyas, pero la incorporación de siete nuevos cuadros procedentes de la Colección Naseiro hace plena justicia a la gran variedad temática y formal que define su producción. Frutero de Delft y dos floreros y Dos fruteros sobre una mesa (cat. p-7909 y p-7910) es una pareja de cuadros en los que la fruta y los recipientes de cerámica alcanzan un gran protagonismo, y en los que se aprecia muy bien las cualidades que mejor definen la producción de Hiepes, como su gusto por composiciones monumentales sometidas a un riguroso orden geométrico, o su escritura pictórica extraordinariamente precisa y detallada. Ese gusto por la simetría y por colocar los objetos en un plano muy próximo, llenando toda la composición, se aprecia también en la pareja de Floreros con cuadriga (cat. p-7912 y p-7913), en uno de los cuales se han llegado a contabilizar veintiséis especies diferentes. Por su parte, Bodegón de aves y liebre (cat. p-7911) tiene como punto de partida los bodegones castellanos de cocina, aunque sometidos a la estricta simetría propias del autor; y Dulces y frutos secos sobre una mesa (cat. p-7914), es otro ejemplo de la versatilidad temática de Hiepes y un muestrario de productos de confitería propios de la región levantina. La representación del pintor se completa con Paisaje con una vid (cat. p-7915), que retoma un tema frecuente en la Corte, aunque ambientado en un exterior.

La naturaleza muerta levantina del siglo XVII está representada también por Milano atacando un gallinero, de Miguel March (cat. p-7927), que cuenta con la presencia de unos versos del pintor en los que hace referencia a la tensión entre representación y realidad que subyace en este tipo de pinturas y que constituyen un documento de gran interés para la construcción de una “historia intelectual” del género en España.

Sevilla fue uno de los principales centros de producción de naturaleza muerta a mediados del siglo XVII gracias a la labor que realizaron allí artistas como Francisco y Juan de Zurbarán, Pedro Camprobín o Pedro de Medina. De éste se ha incorporado el Bodegón con manzanas, nueces y caña de azúcar (cat. p-7923), donde se aprecia una atmósfera muy delicada que lo unifica todo. En cuanto a Camprobín que, como Medina, no estaba representado en el Prado, han sido adquiridas cuatro obras. Dos de ellas son un pareja de floreros, de composición muy estudiada, en la que se juega con el encanto de las cosas dispuestas según un supuesto azar (cat. p-7917 y p-7918). Otro es un pequeño florero circular (cat. p-7919), y el cuarto un Cesto con melocotones y ciruelas (cat. p-7916), extraordinario por la manera también supuestamente casual con que se han dispuesto los frutos y recipientes, por la forma tan efectiva como se han incorporado, al fondo, el pocillo de barro y la elegante copa de cristal, y por la maestría con que Camprobín ha sabido representar la textura aterciopelada de los frutos. A diferencia de lo que es frecuente en las obras de este pintor, ésta se encuentra en un estado de conservación muy bueno y conserva toda su sutileza original, lo que la convierte en una de las piezas donde mejor se aprecian las cualidades que han otorgado a su autor un lugar destacado en la historia del género en España.

El fenómeno más importante relacionado con la naturaleza muerta que se dio en Madrid en la segunda mitad del siglo XVII fue el gran desarrollo que alcanzó la pintura de flores. El principal responsable del mismo fue Juan de Arellano, al que pertenece Florero de cristal (cat. p-7921), una pieza de gran elegancia en la que ha sabido combinar el aparente desorden con la simetría y en la que, mediante el concurso del vidrio, el agua y un cromatismo vivaz y armonioso ha conseguido transmitir una sensación de frescura y naturalidad mayor que la que hasta entonces había logrado ningún otro especialista en bodegones en España. Es una obra fechada en 1668, cuando su autor se encontraba en la madurez de su carrera. Uno de sus seguidores fue Gabriel de la Corte, autor de dos mascarones con flores (cat. p-7929 y p-7930) muy representativos del gusto por la complicación y por el abigarramiento decorativo que marcó el género en las últimas décadas del siglo XVII. Luis Egidio Meléndez fue el principal punto de referencia del bodegón español del siglo XVIII, tanto por la calidad de su obra como por su número. El Museo del Prado poseía desde sus inicios una colección muy importante del pintor, a la que se ha venido a sumar ahora Bodegón con frutos del bosque (cat. p-7931), que muestra un plato de cerámica y pequeños frutos dispuestos al aire libre, siguiendo una tipología diferente a la que era habitual en ese artista, mucho más amigo de ambientar sus composiciones en un interior que en el exterior. Una minuciosidad descriptiva similar tiene el Besugo del pintor segoviano Bartolomé Montalvo (cat. p-7938), que se exhibe colgado de un cordel, ante un fondo negro, una fórmula que nos retrotrae a los inicios de la historia del género en España.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX la pintura de flores y bodegones alcanzó un gran desarrollo en Valencia, lo que se relaciona, entre otras cosas, con el empuje de una próspera industria textil que propiciaba la representación floral. Entre las obras procedentes de la Colección Naseiro figuran diez cuadros realizados por artistas levantinos de esa época. Las dos parejas de floreros de Juan Bautista Romero (cat. p-7934 y p-7935) y Santiago Alabert (cat. p-7936 y p-7937) muestran la delicadeza que se llegó a alcanzar en este campo, mientras que Florero sobre una silla y Cesta de flores y vista del Palacio Real de Valencia, firmados por Miguel Parra en 1844 (cat. p-7940 y p-7939), o la Guirnalda de flores con motivo escultórico, de José Romá (cat. p-7942), nos ofrecen la cara más abigarrada y suntuosa de ese gusto por la representación floral. Entre esos pintores valencianos, no faltan los que se dedicaron a la representación de frutos, como el citado Parra ó José Ferrer, cuyos dos bodegones, de 1781 (cat. p-7932 y p-7933), muestran una factura aporcelanada que nos recuerda que su autor estuvo vinculada a la Fábrica de Alcora.

Como se ha indicado más arriba, la incorporación de estas cuarenta obras constituye un paso importante en la historia de la formación de una colección de bodegones españoles digna del Museo del Prado y ha servido no sólo para que varios pintores y tipologías estén ya representados, sino también para aportar varias obras maestras del género, como algunas de las piezas de Van der Hamen, “El Labrador”, Espinosa, Hiepes o Camprobín.

Javier Portús.

Procedencia

Colección Rosendo Naseiro, Madrid.

Bibliografía

Lo fingido verdadero. Bodegones españoles de la Colección Naseiro para el Prado (catálogo exposición), Museo del Prado, Madrid, 2006.

Adquisición del Estado a través de dación de BBVA.

 
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