Pau Montaña Cantó (c. 1775-1801). La Túnica de José, 1795-1799. Lápiz, pluma y aguada sobre papel, 260 x 320 mm. Cat. D-7492

Pau Montaña Cantó nació en Barcelona seguramente en 1775, hijo del más conocido pintor y profesor de la Escuela de Llotja Pere Pau Montaña Placeta (1749-1803). Desde los once años Pau fue alumno de la Escuela, consiguiendo distinciones que le permitieron optar al final de sus estudios a una beca entre enero de 1795 y septiembre de 1799 para continuar su formación en Madrid, en donde fue discípulo de Mariano Salvador Maella y frecuentó la Real Academia de San Fernando, logrando varios premios en los concursos anuales de pintura y dibujo. Desde Madrid envió a la Escuela diversas obras, copias de pinturas y dibujos académicos, que acreditan sus progresos. De los trabajos de pensionado que llegaron a la Escuela de Barcelona se conservan ocho pinturas en las que copiaba diversos lienzos conservados en la Colección Real o en colecciones particulares madrileñas. Del interés de Montaña por el estudio de estos cuadros da fe el documento en el que el pintor solicita, en 1798, permiso al Prior del Monasterio del Escorial para que le sean descolgados dos cuadros y poder copiarlos.

Poco antes de regresar a Barcelona, tras la conclusión de la beca, solicitó a la Academia de San Fernando el grado de Académico Supernumerario, distinción que le fue concedida el 3 de noviembre de 1799 . En enero de 1800 fue nombrado Teniente Director sin sueldo en la Escuela de Barcelona a la espera de una vacante, pero el 21 de octubre de 1801 murió en Olot, ciudad a donde se había trasladado por motivos de salud; quedó así truncada su prometedora carrera a la edad de 26 años.

El corpus de la obra gráfica conocida de Pau Montaña se componía hasta ahora de sólo los dos dibujos originales conservados respectivamente en el Museu Nacional d'Art de Catalunya y en la Real Academia de San Fernando. De ahí la importancia de la presentación de este nuevo conjunto, formado por 35 dibujos, todos ellos estudios o copias a partir de pinturas, frescos o dibujos de antiguos maestros que, en el momento de su realización, se conservaban en el Monasterio del Escorial, en el Palacio Real nuevo o en otras colecciones. La atribución de todo este conjunto a Pau Montaña se basa en la coincidencia de dos significativos indicios. El primero es de tipo histórico y tipológico. Son éstos unos clásicos estudios formativos de copia de antiguos maestros: no se trata de la típica y minuciosa copia escolar de una estampa o de un cuadro, sino de ejercicios de interpretación del modelo, sobre todo atentos a fijar la estructura compositiva y los valores de color y de luz del original mediante la técnica directa del dibujo a lápiz y de la aguada. Son estudios que buscan la creación de una galería ideal de modelos, que procuran convertir la experiencia de la contemplación de esas obras en una ocasión para su análisis mediante su copia e interpretación en otro soporte y en otro medio, que intentan ayudar a perdurar en la memoria del copista el goce de su estudio. Esta voluntad de aide-memoire de todo el conjunto de estudios explica la precisión con que la mayoría están rotulados con indicación de autoría, tema y ubicación. Un artista que tuviera estas obras en su entorno geográfico y vital inmediato seguramente no las habría rotulado; por el contrario es muy lógico que lo hiciera un joven pintor forastero como Montaña, que sabe que su residencia temporal en la Corte es sin duda un privilegio, que tal vez no vuelva a producirse, por lo que necesita documentar aquellas obras que de algún modo han despertado su interés. No se conoce la procedencia histórica exacta de todo el conjunto. Sí se sabe que aparecieron en el mercado anticuario de Barcelona formando parte de un álbum, en el que se encontraba un original de gran formato en el que, con letra de finales del siglo XIX, aparecía la leyenda: "Estudios de Pedro Pablo Montaña", por lo que puede deducirse que esta carpeta fue recopilada por este artista y en su interior el lote más destacado fuese el conjunto de dibujos de su hijo realizados durante su estancia de cinco años en Madrid.

El segundo indicio de autoría guarda relación con la técnica y la calidad de ejecución de los dibujos. Aunque el margen de comparación es escaso, pues sólo se conservan dos piezas seguras de Pau Montaña, el análisis y cotejo de la técnica de los nuevos estudios presenta significativas coincidencias con la de los originales hasta ahora conocidos. La composición está encajada a partir de una primera estructura realizada a lápiz, a continuación se definen algunos detalles de la articulación formal de las figuras con precisos toques de pluma, para finalmente obtener un brillante efecto de modelado mediante los toques de aguada en forma de mancha, pero que pueden también combinarse con toques de punta de pincel con una cierta voluntad de construcción de la forma como vemos a veces en las cabelleras o en los plegados de los ropajes. Son dibujos que pueden causar una primera impresión de torpeza porque no pretenden un nivel de acabado minucioso y porque apuntan a veces ligeras desproporciones, pero valorados con mayor atención muestran una muy buena capacidad para traducir, con los instrumentos de mayor dificultad del dibujo clásico -la pluma y la punta de pincel- las calidades cromáticas, de tonalidad y de luz de las obras originales que se copian, evitando una reproducción de las mismas de acuerdo con las convenciones del grabado al buril, que era en la época el gran instrumento para la traducción de las pinturas. Son dibujos de un pintor que piensa en valores de color y de luz y no de un grabador atento al efecto de sombreado mediante la densificación de la línea.

Este conjunto de estudios de Pau Montaña que ahora se presenta amplía de forma significativa el corpus de su obra gráfica, pero además proporciona diversas informaciones histórico-artísticas de una cierta utilidad. Ya se sabía que el Monasterio del Escorial, gracias a la magnificencia del edificio y de manera singular por la extraordinaria calidad y abundancia de su decoración pictórica, fue como un museo o galería en donde los jóvenes artistas pudieron conocer y estudiar a los grandes maestros italianos y flamencos. No debe sorprender, por tanto, que la mayor parte de estas copias o estudios tengan que ver con piezas colgadas en las salas capitulares del monasterio y con detalles de los frescos de Luca Giordano en la Basílica. En un par de ocasiones los dibujos permiten conocer el formato originario del cuadro, pues fue copiado antes de antiguas restauraciones que recortaron las medidas de las telas. En otra ocasión, la imagen que ofrece Montaña confirma la identificación de un Martirio de San Sebastián, de van Dyck, recientemente adquirido por Patrimonio Nacional. El valor documental de los dibujos aumenta en el caso de dos pinturas excepcionales de la Colección Real, que el joven pintor copió cuando estaban depositadas en la llamada Casa de Rebeque, que era el taller de los pintores de cámara. Se trata de un muy bello Corrado Giaquinto con el tema de la Magdalena penitente y del que entonces se consideraba un Guercino con el motivo de Herminia y los pastores (cat. D-7511). La primera de ellas es una obra perdida probablemente durante la invasión francesa y la segunda está ahora atribuida a Luigi Scaramuccia y depositada por el Museo del Prado desde 1881 en la Universidad Central de Barcelona. Tiene un gran interés también conocer de forma gráfica dos de las pinturas de la colección del político y viceprotector de la Real Academia de San Fernando, Don Bernardo de Iriarte (1735-1814), recientemente estudiada por Jordán de Urries (Goya, 319-120 [2007], pp. 259-280). De él ya se conocía que era coleccionista pues había prestado alguna obra para las exposiciones anuales de la Academia. Gracias al testimonio gráfico de Montaña se sabe que el notable original de Mateo Cerezo de 1660 con los Desposorios místicos de Santa Catalina (cat. D-7512), adquirido por el Museo del Prado en 1829, estuvo anteriormente en la colección de Iriarte con atribución a Pereda.

Más allá del valor documental de estos dibujos en relación a la identidad de las obras copiadas, de sus antiguas ubicaciones y propietarios, el trabajo de Montaña tiene el valor de ayudar a comprender la mirada y la interpretación que un joven artista formado en una Academia provincial -como fue la de Barcelona en esa época- hacía de los preciosos originales de los antiguos maestros que atesoraban las colecciones de la Corte. Su tarea como copista es un pulcro ejercicio de estudio y aprendizaje, pero también es un sincero homenaje a la tradición lleno de juvenil y esperanzado entusiasmo. - Bonaventura Bassegoda

Procedencia

Artur Ramón, Barcelona.

Adquirido por el Museo.

 
Ministerio de Cultura. Gobierno de España; abre en ventana nueva
España es cultura Spain is culture
Copyright © 2014 Museo Nacional del Prado.
Calle Ruiz de Alarcón 23
Madrid 28014
Tel. +34 91 330 2800.
Todos los derechos reservados