Aparición de la Virgen con el Niño a santa Isabel de Hungría
Siglo XVIII. Óleo sobre lienzo, 150 x 110 cmDepósito en otra institución
Esta pintura muestra un rompimiento de gloria del que surge la Virgen con el Niño, sobre un fondo brillante de tonos dorados, que se comunica gestualmente con una santa que se halla de rodillas en actitud de completa reverencia en un plano inferior. Si bien hasta el momento se ha indicado que este personaje podría representar a santa Águeda, debemos advertir que se trata de una identificación errónea, puesto que la dama aquí efigiada no porta ninguno de los atributos relacionados con ella. Esto resulta especialmente visible en el plato con monedas, que ha podido hacer pensar en algún momento en la bandeja con los senos que acompaña a santa Águeda en referencia al martirio que sufrió.
El cuadro parece representar más bien un episodio de la hagiografía de santa Isabel de Hungría. El episodio, conocido popularmente como “el milagro de los vestidos”, tuvo lugar en el castillo de Wartburg, en el estado de Turingia, donde residía la noble tras haberse unido en matrimonio en 1221 con el landgrave Luis IV, apodado el Santo. Si bien parece que el suyo era un amor correspondido, pocos meses después de la ceremonia, el padre de Isabel mandó hasta aquella residencia una comitiva de nobles para conocer cómo se estaba desarrollando la recién estrenada vida marital. El soberano estaba entusiasmado con la llegada de los aristócratas, y al mismo tiempo se sentía afligido porque, entre los numerosos actos de caridad, su esposa había regalado a los pobres todas sus lujosas prendas, por lo que el séquito podría comprobar que no vivía acorde a su estatus social. Ante la profunda preocupación de su marido, la joven lo tranquilizó con las siguientes palabras: “Señor y hermano querido, os ruego que no os cause esto la menor inquietud, pues tengo resuelto no fundar mi gloria en mis adornos y vestidos: yo no daré traza de excusarme con esos caballeros de la corte de mi padre, tratándoles afable y alegre de tal suerte que se prenden de mí mejor que si me vieran ricamente vestida”. Después rezó para que Dios le concediera el don de agradar, y cuando se presentó ante los invitados, apareció vestida con un traje de seda y un manto de terciopelo azul bordado de perlas, entregados de modo milagroso por la Virgen, sorprendiendo a todos al exhibirse con las galas propias de una reina.
Existen otros escritos hagiográficos que tratan este mismo milagro con ciertas variantes; hay una versión más difundida en la que la comitiva viene sustituida por la visita de un importante señor que es acogido por Luis IV de Turingia, el cual tenía la mera intención de visitar aquellos territorios. El noble quiso prepararle un banquete para celebrar su llegada, pero el invitado no aceptaría tal propuesta a menos que asistiera Isabel. Sin embargo, como en la versión anterior, la santa había regalado todos sus vestidos y el marido se preocupaba por no poder complacer a su huésped, pero ella lo tranquilizó, se quedó a solas e, hincada de rodillas, imploró a Jesucristo su ayuda. Según estos escritos, justo después: “se le apareció un ángel y le dijo: “¡Oh esposa noble del Rey de los cielos! Mira lo que ese Dios, que tanto has amado, te envía desde el cielo, saludándote como tierno amigo: en señal de tu eterna gloria has de vestir este manto y ceñirte esta corona”. Así lo hizo Isabel, y, dando gracias a Dios, se presentó en el salón del convite”.
La segunda versión de este extraordinario episodio de la hagiografía de santa Isabel de Hungría contiene diversos elementos que se ven reflejados en la pintura aquí analizada, como la figura de la protagonista arrodillada, engalanada con la corona y lujosos tejidos, servida por un ángel que muestra las riquezas en la bandeja, y el Niño Jesús en los brazos de María, que la saluda con una sonrisa en el rostro. Se trataría, por tanto, del único ejemplar pictórico conocido que muestra esta iconografía, aunque no resultaría extraño que se llevara al soporte artístico en más ocasiones, puesto que entraña excelsos valores relacionados con la caridad y la monarquía. Por estos motivos es muy significativo encontrar esta pieza en las colecciones reales, lo que puede indicar que, en el momento de su adquisición, esta temática era bien reconocida, aunque en la primera referencia escrita que se tiene de este cuadro, en el inventario de 1857 del Real Museo, no se precisó la identidad de la santa.
El cuadro resulta de compleja atribución. Si bien, desde el citado inventario real, la pintura se haya vagamente adscrita a la escuela italiana, su ignoto autor demuestra el conocimiento, junto a las composiciones venecianas y los contrastes lumínicos de estirpe napolitana, de la obra de varios artistas de la Academia de Bellas Artes de Viena, como Daniel Gran (1694-1757) y Paul Troger (1698-1762). Precisamente, estos dos pintores, así como otros tantos de la misma generación, realizaron un viaje de formación a Italia, llegando a estudiar el primero de ellos en los talleres de Sebastiano Ricci (1659-1734), en Venecia, y de Francisco Solimena (1657-1747), en Nápoles, y el segundo, además, con Giuseppe Alberti (1664-1716), entendiéndose de esta manera la confluencia de estilos tan distintos en una misma obra.
Japón, Rafael, 'Anónimo. Aparición de la Virgen con el Niño a Santa Isabel de Hungría', Edicions de la Universitat de Barcelona, 2022, p.293-297 nº 25