Sacerdote indio
Finales del siglo II. Mármol blanco, 116 x 90 cmNo expuesto
El monumental busto representa a un hombre con barba de rizos cortos, cuya cabellera con su raya en medio está recogida en un moño sobre la coronilla. Los mechones lisos están conducidos desde todos los lados por el cráneo hacia el moño, que en la cabeza de Madrid está añadido en gran parte. Según muestran las copias del Palazzo Corsini y de la Villa Albani en Roma, el moño estaba modelado como una concha de caracol de tres vueltas. En la nuca y en los arranques laterales de la cabellera se identifican cuatro pequeños rizos. De esta interesante cabeza se conocen hasta la fecha diez copias. Independientemente del peinado característico, no se identifican rasgos individuales de retrato; sólo en la pequeña réplica del Palazzo Corsini en Roma, trabajada con extraordinaria delicadeza, las pupilas están delimitadas con líneas incisas y por dos pequeñas perforaciones, una junto a la otra, para marcar los reflejos; por su forma no parecen antiguas, sino que es probable que hayan sido incorporadas posteriormente. A partir de esta réplica, el tipo ha sido interpretado como retrato del rey sacerdote sirio Basiano, padre de la emperatriz Julia Domna, concebido hacia 180 d.C. Sin embargo, no se ha podido demostrar que ese peinado corresponda al peinado de un sacerdote sirio.
El peinado con su larga cabellera, que se recoge en un moño sobre la coronilla, es el único ejemplo que queda en la iconografía greco-romana. Sólo el peinado del llamado Dioniso indio o Sardanápalo, de finales del siglo IV a.C., es comparable en sentido muy amplio, así como el moño de los luchadores romanos; éstos, sin embargo, llevan la cabeza rapada o un peinado de rizos cortos. Hasta la fecha se ha interpretado el majestuoso peinado de la larga cabellera como atributo característico de un indio; esta interpretación se remonta ya al siglo XVI, ya que el busto creado en esa época fue decorado con motivos indios, como la cabeza de un elefante y la diosa india Sarasvati sentada sobre un cisne. Una pequeña inscripción griega delante de la oreja derecha del hombre barbado pone en evidencia que también se pensó en una representación de Aníbal. Otra comparación posible es el Buda -sin barba- de un relieve de Matura, en el norte de India, del siglo II d.C., representado con un moño muy parecido en la coronilla, en forma de caracol.
La cabeza del Prado, como casi todas las demás réplicas, probablemente proceda de Roma. Casi siempre se trata de cabezas que se combinaban probablemente con estatuas, de un tamaño claramente mayor que el natural y a veces de mármol de color, lo que podría hacer pensar en su utilización como elementos arquitectónicos. En el Foro de Trajano en Roma, que el emperador había concebido como monumento a sus victorias sobre los pueblos que vivían en los márgenes del imperio romano, fueron emplazadas frente al ático estatuas monumentales de bárbaros de diversa procedencia, sobre todo dacios y partos, pero también armenios y quizá también indios. Las cabezas de Copenhague, de la Villa Albani y quizá de la fachada del Casino Borghese miden unos 50 cm, desde el mentón a la coronilla, y este tamaño corresponde al de los dacios del foro. Las dos primeras cabezas no son idénticas, pues difieren en detalles del peinado y en el trabajo del mármol, lo que también puede observarse en las distintas estatuas de los dacios del foro. De acuerdo con ciertas estatuas de los dacios trabajadas a finales de la época de los Antoninos, en el Foro de Trajano debió de haber también una serie de estatuas de tamaño menor, con unos 20 cm de menos, lo que correspondería a las cabezas de Madrid, Roma y antes en Leipzig.
Las cabezas de Copenhague y Madrid parecen en primera instancia del período de Trajano y Adriano, mientras que las de Villa Albani, de Leipzig y de la Galleria Borghese más bien de finales de la época antoniniana. La barba de las cabezas de Madrid y del Palazzo Corsini podría también hacer pensar, sin embargo, en un trabajo de inicios de la época severiana, de modo que todas las cabezas procederían de dos talleres diferentes de finales del siglo II d.C. El hecho de que las cabezas de los indios no dejasen secuelas en la iconografía probablemente se explique en función del alto y distante lugar de su emplazamiento.
Schröder, Stephan F, Catálogo de la escultura clásica: Museo del Prado II, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2004, p.447-450