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Bodegón [Zurbarán]
Hacia 1658-1664, óleo sobre lienzo, 46 x 84 cm [P2803].
Solo ocasionalmente, por gusto o a petición de sus clientes, practicó Zurbarán la pintura de bodegones, pero los poquísimos que pintó se cuentan entre los más bellos españoles del siglo XVII. Además del citado, conocemos otros dos, Cesto de manzanas y melocotones sobre una mesa (colección particular), probablemente pintado entre 1626 y 1633, y Bodegón con un cesto de naranjas, firmado y fechado en 1633 (Norton Simon Foundation, Pasadena); ambos representan los alimentos más ordinarios sobre un simple tablero de madera. Éste, en cambio, es único por su contenido. Aunque no falten objetos de loza en los bodegones de Van der Hamen, ni, más significativamente, en los «bodegones» de Velázquez, esta composición de vasijas solas, sin el acompañamiento de frutas u otros comestibles del repertorio habitual en este tipo de pintura, constituye un caso singular. Las vasijas escogidas por Zurbarán eran relativamente vulgares en la época, todas ellas de uso cotidiano para contener agua. Vemos dos alcarrazas blancas, la rechoncha de la derecha llena de agua hasta el borde; una botella de barro rojo sudamericana (o portuguesa), un bernegal de plata sobredorada y dos platos de peltre pulido. No parece que el cuadro encerrara ningún significado simbólico o trascendental fácilmente reco­nocible para el artista ni para los espectadores, aunque las lozas po­drían hacer pensar en las mártires sevillanas y patronas de la ciudad, santas Justa y Rufina, hijas de un alfarero. Probablemente el artista ­escogió estos recipientes por su neutralidad narrativa y su atractivo estético, pero acaso celebren también el elemento agua, tan importante en la cultura andaluza. Zurbarán pintó sus bodegones siguiendo las mismas fórmulas tenebristas que regían su pintura de figuras, y buscando efectos pictóricos semejantes para realzar la plasticidad ilusionista de los motivos. En todos ellos los objetos, de color pálido, destacan en relieve sobre el fondo oscuro, iluminados desde la izquierda por un foco de luz intensa y mo­delados con la atención al volumen escultórico que caracteriza al artista. En esta obra concreta, sin embargo, muestra un dibujo menos incisivo y un modelado más suave de las formas, muy distintos del estilo del Bodegón con un cesto de naranjas y típicos de las obras de su posterior etapa madrileña, entre 1658 y 1664. En el Museu Nacional d'Art de Catalunya (Barcelona) existe otra versión autógrafa, casi idéntica y mejor conservada; las dos proceden de la colección de Francisco Cambó, que donó una parte al Museo del Prado en 1940 y otra al de Barcelona en 1949. Es imposible determinar cuál fue pintada primero, por tanto, y en cierto sentido, ambas son originales. Los bodegones de Zurbarán no son solo grandes ejemplos de naturalismo, sino pinturas contemplativas de alto valor estético que transforman los motivos ordinarios en algo extraordinario, tan solemnes y visualmente fascinantes como los de Juan Sánchez Cotán y algunos de Juan van der Hamen. En este Bodegón los objetos, de tamaño natural, están representados cerca del plano pictórico y desde un punto de vista bajo, lo que les presta una monumentalidad que no suelen tener las cosas vistas sobre un tablero de mesa. Zurbarán los ha alineado en una fila sutilmente equilibrada, invitando al espectador a meditar sobre la belleza de cada uno, como si la razón de su presencia fuera la contemplación visual más que la uti­lidad. Hay aquí un par de vasijas flanqueadas por otras dos sobre platos brillantes, objetos autónomos dispuestos sobre el plano frontal del cuadro como en un sencillo friso que facilita la concentración en sus propiedades formales y en la variedad de tipos, formas, tamaños y materiales. Estos objetos vulgares parecen haber sido sacados de su contexto mundano y cotidiano para servir de pretexto a las preocupaciones estéticas del pintor. Una fuerte iluminación tenebrista acrecienta la impresión de relieve en los recipientes pintados. La observación atenta del juego de la luz sobre la decoración de gallones de la vasija de la derecha contribuye a articular su volumen. El contrapunto de formas claras y oscuras que es habitual en Zurbarán se evidencia también en esta pintura: así, la parte izquierda del cacharro de la derecha, muy iluminada, contrasta con el interior oscuro del plato de peltre que lo sostiene, a la vez que su parte derecha en sombra contrasta con el interior iluminado del plato. Todas las vasijas tienen dos asas, y las asas apuntan en diferentes direcciones, no solo en pos de la variedad, sino para que el espectador pueda imaginar su giro en el espacio. Las va­sijas de la pintura son de tamaño natural, y sin duda una parte importante del atractivo de la obra estriba en la impresión de tenerlas al alcance de la mano. En este aspecto Zurbarán recordaba las lecciones del Aguador, de Velázquez (Apsley ­House, Londres), donde las vasijas de barro desempeñan un papel destacado y el cántaro pintado presenta un admirable trampantojo. En las dos versiones del Bodegón hay marcadas incongruencias de punto de vista, posición e iluminación que sugieren que cada uno de los objetos fue terminado por separado en diferentes sesiones, ya fuera pintado del natural o de otro modelo pictórico. Para algunos autores esas incongruencias indicarían un temperamento artístico protomoderno, que se salta la norma artística establecida para mostrar cada objeto en función de sus valores artísticos autónomos. La total ausencia de sombras arrojadas que interrumpan los recortados contornos es aún más llamativa que en los bodegones anteriores. También el dibujo de los elementos es un tanto desigual; la alcarraza alta no está aplomada, ni los platos están dibujados en lo que sería la perspectiva correcta de unas formas circulares escorzadas. Se observa también la tendencia de Zurbarán a achatar las elipses, sobre todo en el plato de la derecha, mientras que el de la izquierda se inclina hacia ese lado de una manera extraña. La elipse de la primera vasija por la derecha se apunta en los «extremos» de la boca, y también tiene una inclinación descendente hacia la izquierda que en la realidad haría temer que el agua rebosara. El hecho de que esas distorsiones no fueran «corregidas» en una ni otra versión da peso a la idea de que Zurbarán trabajase sobre modelos pintados, que también parece respaldar la ausencia de arrepentimientos en las dos. Por otra parte, una de las pinturas pudo ser copia de la otra, y es posible que a Zurbarán, atento a pintar cada motivo con independencia del objeto real, simplemente le pasaran inadvertidas las incongruencias del conjunto. Comoquiera que sea, esas rarezas de la obra no la hacen sino aún más interesante y misteriosa.

Peter Cherry

Bibliografía

  • Cherry, Peter, «Bodegón con cuatro vasijas de Francisco de Zurbarán», Obras maestras del Museo del Prado, Madrid, Fundación Amigos del Museo del Prado, 1996, pp. 171-181.
  • Jordan, William B., y Cherry, Peter, El bodegón español de Velázquez a Goya, Madrid, El Viso, 1995.
  • Pintura española de bodegones y floreros de 1600 a Goya, cat. exp., Madrid, Ministerio de Cultura, 1983.
  • Soria, Martin, The Paintings of Zurbarán [1953], Londres, Phaidon Press, 1955.
  • Spanish Still Life in the Golden Age, 1600-1650, cat. exp., Fort Worth, Kimbell Art Museum, 1985.
 
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