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Cristo abrazando a san Bernardo [Francisco Ribalta]
1624-1627, óleo sobre lienzo, 158 x 113 cm [P2804].
Este cuadro fue pintado para la cartuja de Portaceli, situada en el término de Bétera, en los alrededores de Valencia, y probablemente sea la obra más hermosa de cuantas hiciera Francisco Ribalta a lo largo de su vida. No en balde diría de ella Antonio Ponz, cuando la vio hacia 1774 en la celda prioral de dicha cartuja, que era «lo más bello, bien pintado y expresivo que pueda darse en Ribalta [...] todo parece nada al lado de esta pintura». De hecho ilustra como ningún otro cuadro en la plástica española de su tiempo la entrega mística del alma cristiana a Cristo, servida con una sobrecogedora placidez y una intensidad sin precedentes, traduciendo ese gozo espiritual que en lo literario tan bellamente expresara años antes san Juan de la Cruz en su memorable Cántico espiritual. Representa un episodio de san Bernardo, recogido en el Flos Sanctorum de Ribadeneyra (1599), según el cual este santo monje, fundador de la orden del ­Císter, ­tuvo una visión mística en la que Cristo se desclavó de la cruz para abrazarle. Este milagroso suceso, ­según Kowal, halla su ascendiente remoto en el Exordium Magnum de Conrad de Eberbach (1206-1221) y no es pasaje frecuentemente recogido en las biografías de san Bernardo, pero fue divulgado en grabados alemanes de los siglos XV y XVI. Ello explicaría que también lo representara hacia 1614 el escultor Gregorio Fernández en el retablo de las Huelgas, en Valladolid, quien seguramente utilizó una fuente gráfica común como motivo icónico inspirador. Con un punto de vista bajo que confiere evidente monumentalidad a la composición, Francisco Ribalta concentra aquí la atención en las figuras de Cristo y san Bernardo, haciéndolas resaltar sobre un fondo oscuro en el que apenas son visibles los rostros de dos ángeles, a la derecha, envueltos en una espesa penumbra. Cristo desclava sus dos brazos de la cruz y se complace mirando a san Bernardo que parece flotar ingrávido entre los potentes brazos del Salvador con una amable expresión de felicidad cargada de vibrante ternura. Al hacer penetrar la luz desde el lateral izquierdo en forma rasante al modo tenebrista, solo las figuras de Cristo y el monje quedan iluminadas cobrando un vigor enorme y asumiendo el protagonismo exclusivo en la escena, que se ofrece al espectador sin opción de distracción hacia lo accesorio para involucrarle de forma muy directa en el arrobamiento místico del pasaje. La representación visionaria y los estados de éxtasis en venerables, beatos y santos, fueron tema frecuente en la producción de Francisco Ribalta. Bien famosos son en este sentido sus cuadros de Sor Margarita Agulló (Museo del Patriarca, Valencia), pintados en 1600 y 1605; o sus dos versiones de Aparición de Cristo a san Vicente Ferrer (parroquia de Algemesí y capilla del Corpus Christi, Valencia), hechos hacia 1605, del que existe dibujo preparatorio de uno de ellos en el Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona; o Visión del padre Simó (National Gallery, Londres), firmada en 1612; o Aparición de Cristo a santa Gertrudis (parroquia de San Esteban, Valencia), de hacia 1620, al igual que San Francisco confortado por un ángel músico (Prado) y Abrazo de san Francisco al Crucificado (Museo de Bellas Artes de Valencia San Pío V), realizados ambos para los capuchinos de Valencia entre 1620 y 1622. No hay duda de que al cultivo de estas temáticas contribuyó poderosamente el ambiente devoto y milagrero que vivió la Valencia de las dos primeras décadas del siglo XVII, resultado de las pautas piadosas alentadas por el arzobispo san Juan de Ribera, las cuales debieron calar hondo en Francisco Ribalta, tenido por quienes le conocieron y trataron como hombre muy cristiano y temeroso de Dios. No está de más recordar en este sentido que Ribalta tomó parte en la corriente pietista desatada en Valencia en torno a la figura del clérigo visionario Jerónimo Simó, célebre personaje cuya supuesta santidad llegó a producir una verdadera conmoción social hasta extremos de tenerse que prohibir su culto, surgido tras su muerte, ante el virulento debate que enfrentó a sus defensores y detractores. De Jerónimo Simó hizo Ribalta varias imágenes (casi todas destruidas después de la ­prohibición) y una estampa propagandística con episodios de su vida, grabada por Michael Lasne (Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona). De todos los cuadros que Francisco Ribalta llegó a pintar sobre apariciones, es en este Cristo abrazando a san Bernardo donde los pinceles del artista cobraron más alto vuelo. La sobriedad que impera en este trabajo permite apreciar de manera muy clara la inteligente fórmula que el artista emplea en su madurez, hacia 1625, servida en sus más brillantes términos de esencialidad. Así se observa que Cristo responde a un modelo de idealizada belleza, de talante grandioso y naturaleza hercúlea, extraído de los arquetipos de Sebastiano del Piombo que Ribalta conoció en Valencia en propiedad de la familia Vich. A su lado, san Bernardo está representado por un frágil ­tipo humano, de la más absoluta cotidianidad, con rostro realista de ras­gos individualizados extraídos de un modelo vivo y cercano. El estudio de telas del marfileño hábito del monje con su magistral plasmación en texturas y cadencias, vigorizadas por un tratamiento lumínico de gran efecto, sería otro de los elementos a destacar de este trabajo, fruto de la observación directa del natural. Sin duda, la calidad de la pieza debió de motivar su codicia por parte de algunos en el momento de exclaustración, puesto que el cuadro no se halló en la cartuja de Portaceli en 1839 cuando sus pinturas fueron recogidas por la comisión de la Academia de San Carlos designada al efecto. Ello explica que no ingresara en el Museo de Bellas Artes de Valencia San Pío V en el lote de obras desamortizadas. Tampoco habría que descartar la posibilidad de que los monjes hubieran vendido el cuadro tiempo antes, como sucedió en algunos conventos, pues Richard Ford mencionaba en 1831 «un San Bernardo de Ribalta» en la valenciana colección del marqués de Ráfol. Pero no hay certeza de que fuera el mismo cuadro. Perdido su rastro, reapareció en 1905, creyéndolo obra italiana siguiendo supuestamente un modelo zurbaranesco. Después de la Guerra Civil, en 1940 salió a la venta y fue adquirido por el Museo del Prado donde Sánchez Cantón lo identificó con el famoso ejemplar de Francisco Ribalta que Ponz, Orellana y Ceán Bermúdez habían referido con encomio en la celda prioral de la cartuja de Portaceli antes de la Desamortización.

Fernando Benito Doménech

Bibliografía

  • Darby, Delphine F., Francisco Ribalta and his School, Cambridge, Harvard University Press, 1938.
  • Kowal, David Martin, Ribalta y los ribaltescos: la evolución del estilo barroco en Valencia, Valencia, Diputación Provincial, 1985.
  • Los Ribalta y la pintura valenciana de su tiempo, cat. exp., Madrid, Museo del Prado, 1987.
Cristo abrazando a san Bernardo[Francisco de Ribalta]
Lupa
Cristo abrazando a san Bernardo[Francisco de Ribalta]
 
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