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Madrazo, Pedro de (Roma, 1816-Madrid, 1898). Es, junto con Gregorio Cruzada Villaamil o Valentín Carderera, uno de los grandes nombres de la historiografía de la pintura española en las décadas centrales del siglo XIX, y uno de los historiadores espa­ñoles de su época que contribuyeron más intensamente al estudio de las obras del Prado y a la difusión de su conocimiento. Formaba parte de la familia que dominó el panorama artístico del país durante esa época, y que contaba entre sus miembros con pintores tan importantes como José, Federico y Raimundo de Madrazo, además de Mariano Fortuny. Los dos primeros fueron directores del Museo del Prado durante varias décadas. Fue un escritor y estudioso presente en muchas de las iniciativas de creación y divulgación artística y cultural de su siglo, y compartió muchas de las inquietudes de los diferentes movimientos culturales que se fueron sucediendo a lo largo de su vida. Así, su nombre está íntimamente ligado a una de las empresas más importantes del romanticismo español: la revista El Artista, de la que fue fundador y colaborador asiduo, y que se había creado como emulación de la famosa publicación homónima que salía en París. En esta ciudad precisamente, Pedro vivió varios años durante la década de 1830, y allí entabló relación con importantes escritores, como Alejandro Dumas o Victor Hugo. Su firma fue habitual en muchas de las revistas españolas de su tiempo, como No me olvides, Semanario Pintoresco Español, El Renacimiento, Museo Español de Antigüedades o La Ilustración Española y Americana. Como otros miembros de su familia, estuvo siempre directamente en contacto con la cultura oficial, y fruto de ello fue su nombramiento como académico de la de San Fernando, la Historia y la Española. Paralelamente desa­rrolló una carrera administrativa y política, para la que se valió de sus estudios de Derecho. Durante más de cincuenta años trabajó en el Consejo de Estado, donde desempeñó funciones como las de abogado fiscal, consejero o presidente interino. También fue senador del Reino por la Academia de San Fernando. Llevó a cabo una incesante actividad como escritor de temas artísticos, entre los que mostró una especial predilección por la pintura. Sin embargo, también se ocupó de asuntos relacionados con la escultura, la arquitectura o las artes decorativas, y participó extensamente en una de las principales empresas de estudio y difusión del patrimonio histórico y monumental llevadas a cabo en la España del siglo XIX: la serie «Recuerdos y bellezas de España», para la que escribió los volúmenes correspondientes a Córdoba, Sevilla y Cádiz, y Navarra y Logroño. Además de historiador, fue un agudo crítico de arte, e intervino en algunas importantes polémicas de su época, como la que le enfrentó con Cruzada Villaamil a propósito de los méritos de Casado del Alisal y Gisbert. Con el Museo mantuvo una intensa relación intelectual, que se prolongó durante más de cinco décadas. En ese tiempo fue el autor de todos los catálogos oficiales de pintura de la institución, sobre los que se había reservado la exclusiva de la publicación y explotación comercial. Conocieron un total de doce versiones entre 1843 y 1893; y los siete catálogos siguientes (hasta el de 1920, incluido) llevan también su nombre, aunque con adiciones y correcciones realizadas por otros estudiosos, como Salvador Viniegra o Pedro Beroqui. Se trata de un conjunto de obras que en su momento fueron ampliamente utilizadas y en las que es posible apreciar una notable continuidad. Fue una empresa progresiva, en la que la mayoría de las versiones introducen modificaciones y ampliaciones de información con respecto a la anterior, y que parten de una fórmula de calidad y versatilidad suficientes como para que en sus líneas generales haya perdurado hasta hoy mismo sin solución de continuidad. Para el historiador actual constituye un material útil, que le permite no solo apreciar los vaivenes en las atribuciones de muchas de las pinturas del Museo, sino también asistir a muchos de los cambios que se dieron en la composición de la colección (sobre todo incorporaciones de nuevas obras) y en su disposición museográfica. La primera versión del catálogo de Pedro de Madrazo data de 1843, cuando tenía veintisiete años. A esa edad ya tenía cierta experiencia literaria, pues hacía casi una década que había fundado El Artista. Pero la causa de que fuera él quien tomara el testigo de Eusebi como autor del catálogo no hay que buscarla en su actividad anterior, pues se vincula sobre todo al hecho de que su padre, ­José de Madrazo, era ya director del Museo. Al poco de acceder a su puesto se planteó la necesidad de sacar un catálogo, y para esa tarea había pensado en José Musso, como señala en una carta de 4 de agosto de 1838 dirigida a su hijo Federico, en la que le informa de la muerte del susodicho. Veinte días después vuelve a abordar el asunto, que para él era tanto más lamentable en cuanto que «su trabajo lo hacía bien, pronto, y con gusto, pues como hombre inteligente e instruido no necesitaba de otros materiales más que los de la indicación de los autores y los de sus cualidades artísticas». Por entonces ya pensaba en Pedro como posible sustituto. La misma correspondencia nos muestra dos años más tarde a padre e hijo ocupándose del catálogo. Así, en enero de 1841 comunica a Federico que se encontraban «arreglándolo definitivamente el catálogo de este Museo y descubriendo en él todos los días nuevas pinturas». La primera versión del catálogo de Madrazo difiere sustancialmente en varios aspectos de la de 1828, que era su precedente inmediato. Ha aumentado sustancialmente el número de páginas, que sobrepasa las 400, lo que se relaciona con la mayor cantidad de obras que se exponían entonces en el Museo, una vez instaladas las galerías de pintores flamencos y traídos cerca de un centenar de cuadros de El Escorial. Pero también cambia sustancialmente el tono, y de una manera consciente y explícita. A los Madrazo les desagradaban los juicios críticos de Eusebi, y pensaban que el catálogo de un museo debería ser un instrumento más aséptico, en el que estuvieran recogidas las obras y sus atribuciones, pero que prescindiera de los juicios de valor. Ése es el tono que, por lo general, reina en los volúmenes de Madrazo, que incluyen sistemáticamente los datos catalográficos habituales, así como una descripción y algún comentario iconográfico, que facilitan la identificación y comprensión de la obra. Con el tiempo, también se incorporarían noticias acerca del estado atributivo de los cuadros. En los años sesenta del siglo XIX hubo un importante debate en España sobre las características que debían tener los catálogos de un museo. Eran varias e importantes las voces que reclamaban obras con mayor riqueza de información que la que ofrecían los ya existentes sobre el Museo del Prado. Cruzada Villaamil, el gran rival de Madrazo, en 1865 dio ejemplo de lo que debería ser una publicación de este tipo con su catálogo del Museo de la Trinidad. Todo ello preparó el terreno para que se acometiera la empresa de sacar algo parecido respecto al Prado. El resultado vio la luz en 1872 y se tituló Catálogo descriptivo e histórico del Museo del Prado de Madrid. Parte primera. Escuelas italianas y españolas. Incluye información sobre la historia de las colecciones reales y el Prado y una sinopsis sobre las distintas escuelas de pintura. En gran parte estaba preparado para su edición en 1868, pero la Revolución de ese año y la incorporación de la Trinidad obligaron a replantear todo el tema. La primera parte es un extenso prólogo en el que se analiza pormenorizadamente la casuística que acompaña a una publicación de este tipo, y se explican los propósitos que su autor quería ver cumplidos con ella. La información que se aporta es ostensiblemente superior a la de los catálogos generales, pues Madrazo se detiene mucho en la biografía de los artistas y en la descripción de las obras (que en ocasiones se hace muy detallada). Pero lo que aporta mayor interés a la publicación, y supone un paso cualitativo importante respecto a las precedentes, es la gran cantidad de noticias históricas que contiene sobre el origen de los cuadros y los avatares por los que atravesaron, ya sea en las colecciones reales o en otras. Precisamente su familiaridad con los antiguos inventarios reales le permitió realizar la que probablemente es su obra más conocida (aparte de los catálogos del Museo): Viaje artístico de tres siglos por las colecciones de cuadros de los reyes de España (1884), donde por primera vez se ofrece de una manera detallada la historia del coleccionismo real, es decir, la «prehistoria» del Prado. Pedro de Madrazo es también autor de otras obras relacionadas con el Museo, como Real Museo y joyas de la pintura en España (1857-1859) o Joyas del arte en España (1878). Ambas son lujosas publicaciones que recogen el testigo de la Colección litográfica, y que se componen de litografías acompañadas de textos explicativos.

Javier Portús Pérez

Bibliografía

  • Álvarez Lopera, José, «1842: Esquivel contra los nazarenos: la polémica y su trasfondo», Anales de Historia del Arte, vi, Madrid, 1996, pp. 285-314.
  • Calvo Serraller, Francisco, «Pedro de Madrazo, historiador y crítico de arte», Los Madrazo, una familia de artistas, cat. exp., Madrid, Museo Municipal, 1985, pp. 67-80.
  • Datos biográficos del académico Excm. Sr. D. Pedro de Madrazo y Bibliografía de los trabajos sobre materia de bellas artes publicados por el Excmo. Sr. D. Pedro de Madrazo, discursos ­leídos ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la recepción pública del Señor D. José Ramón Mélida el día 25 de Marzo de 1899, Madrid, Tello, 1899.
  • Pardo Canalís, Enrique, «Pedro de Madrazo», Revista de Ideas Estéticas, xxxiv, Madrid, 1951, p. 175.
 
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