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Martirio de san Felipe, El [Ribera]
1639, óleo sobre lienzo, 234 x 234 cm, firmado en el ángulo inferior derecho: «JUSEPE DE RIBERA ESPAÑOL» [P1101].
Según las fuentes antiguas y La leyenda dorada, una compilación de vidas de santos del siglo XIII, el apóstol Felipe predicó el Evangelio en Escitia y fue crucificado en la ciudad de Hierápolis. En las raras representaciones de su martirio -la más célebre es el fresco de Filippino Lippi en la capilla Strozzi de la iglesia florentina de Santa María Novella-, se le suele mostrar, como aquí, no clavado, sino atado con cuerdas a la cruz. Durante mucho tiempo esta pintura se clasificó como un martirio de san Bartolomé, el apóstol que murió desollado vivo; fue en 1953 cuando la histo­riadora del arte estadounidense ­Delphine Fitz Derby indicó su verdadero asunto. Pintado a escala épica, con figuras de tamaño quizá mayor que el natural, el lienzo presenta el martirio como un impresionante drama religioso y humano. San Felipe, explayados sus largos miembros, se vuelve hacia el cielo impetrando en su angustia la ayuda divina. Pero no hay rompimiento de gloria ni coro de ángeles; para Ribera el martirio es un espectáculo esencialmente terrenal. San Felipe no tiene los ochenta y siete años que le atribuyen las fuentes hagiográficas; es un hombre de mediana edad y fuerte complexión. Sus facciones ordinarias, su rostro curtido por el sol, el pelo y el bigote cortos, denotan que el santo, como el modelo que empleó Ribera, es de extracción humilde. Con gran efecto teatral, el artista contrapone su resignación al vigoroso esfuerzo físico de los dos sayones que tiran de las cuerdas para izar el travesaño de la cruz a lo largo del poste. Un tercero trata de sujetar a san Felipe por una pierna, y los espectadores se aglomeran para asistir a su cruel destino, apiadados unos e indiferentes otros. En esta pintura se ha visto la escena de martirio arquetípica de Ribera, tenebrosa y reconcentrada, insobornable en la representación del sufrimiento e implacable en la imitación de la carne ajada y envejecida. Al mismo tiempo, el punto de vista bajo descubre un vasto y bello cielo azul, y Ribera da una demostración fascinante de pericia pictórica con el empleo de tonos ricos y saturados y un manejo magistral de la pintura, desde el grueso empaste de las carnes del santo hasta las vibrantes transparencias de las figuras del fondo. El martirio de san Felipe se ejecutó en 1638, siendo virrey de Nápoles el duque de Medina de las Torres (1637-1644). Medina fue cliente entusiasta de Ribera y es muy posible que le encargase este cuadro, probablemente para obsequiar con él al rey Felipe IV. San Felipe era el santo patrón del rey, y también del duque, cuyo nombre completo era Ramiro Felipe Núñez de Guzmán. La obra no figura en el inventario de la colección de Medina (hecho en 1669), y aparece por primera vez en el de 1666 del Alcázar de Madrid, descrita así: «3 varas de largo y 3 de ancho [249 x 249 cm] marco dorado de uno que atormentan de Jusepe de Ribera 300 ducados de plata». A pesar de estar colgada en una estancia principal, la sala donde el rey daba audiencia, y tasada en alto precio, bastó el paso de una generación para que se perdiera el recuerdo de su tema.

Gabriele Finaldi

Bibliografía

  • Gué Trapier, Elizabeth du, Ribera, Nueva York, 1952, pp. 65-71.
  • Portús Pérez, Javier, Pintura barroca española. Guía, Madrid, Museo del Prado, 2001, pp. 34-37.
  • Ribera 1591-1652, cat. exp., Madrid, Museo del Prado, 1992, n.º 94.
Martirio de San Felipe [Ribera]
Lupa
Martirio de San Felipe [Ribera]
 
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