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Santa Cecilia [Ribera]
Hacia 1645-1650, aguada sepia y pluma sobre papel blanco, 257 x 210 mm [D6015].
Ribera es uno de los grandes maestros españoles del siglo de oro que cultivó más asiduamente el ­dibujo. Así lo manifiestan algunas de las fuentes antiguas y lo corrobora el destacado número de obras de este tipo que actualmente se le atribuyen y que ronda el centenar. De su propia conciencia de la importancia que tenía el dibujo (como medio artístico o como abstracción mental) da prueba el que entre las estampas que abrió figuren algunas piezas características de las cartillas de dibujo, como estudios de ojos y bocas. La variedad que existe entre los dibujos de Ribera en lo que se refiere a su cronología, su función y su técnica es grande. Son obras fechables entre principios de la década de 1620 y la última etapa de su vida y, mientras varias de ellas se han podido poner en relación con algunas de sus pinturas conocidas, hay muchas otras que no tienen como referencia ningún cuadro actualmente atribuido al maestro. Entre estas últimas las hay de varios tipos: por un lado composiciones puramente imaginarias, en muchos casos de carácter grotesco, que tienen un gran valor expresivo autónomo, pues no pertenecen a los repertorios temáticos usados por los pintores; por otro, apuntes rápidos en los que desarrollaba una idea visual susceptible de ser incorporada en el futuro a algún cuadro, y también dibujos con composiciones que responden a temas tradicionales, pero de los que no se conoce dependencia alguna con obra existente. A este último apartado pertenece Santa Cecilia, que fue adquirido en 1993 por el Museo del Prado, junto con otros cinco dibujos de Ribera, con fondos del legado Villaescusa. La santa aparece sentada ante un clavecín, en el que interpreta una pieza musical, lo que permite su identificación con la patrona de la música. Mira hacia arriba con arrobo, en dirección a dos angelitos. Se trata de una composición muy monumental, a lo que contribuye tanto la generosidad del espacio en el que se inserta Cecilia como el punto de vista más bien bajo que ha adoptado el pintor o la propia arquitectura corporal de la santa, que aparece resuelta en volúmenes muy rotundos. Todo ello es posible gracias -entre otras cosas- a una extraordinaria eficacia en la combinación entre las líneas a pluma que delimitan los contornos y la aguada que construye los volúmenes. La santa es un prodigio de ­expresión y delicadeza, y tanto el mo­vimiento de su cabeza, como el ges­to de su rostro, la disposición de su cuerpo o la acción de sus manos se combinan perfectamente para transmitir la misma idea de devoción y arrobo. Se trata de uno de los dibujos de Ribera no solo más hermosos sino también más clasicistas, y está dotado de una contención, una serenidad y un orden extraordinarios, que lo emparentan con algunas creaciones del clasi­cismo romano-boloñés. Ha sido fechado en torno a 1645-1650, en los últimos años de la producción del pintor, que había alcanzado por entonces un notable equilibrio. Se ha llamado la atención sobre sus coincidencias con otras piezas de ese momento, como Aquiles entre las hijas de Licomedes (Teylers Museum, Haarlem) o La Adoración de los pastores (Metropolitan ­Museum of Art, Nueva York), que contiene unos angelitos con muchos puntos de contacto con los del dibujo del Prado.

Javier Portús Pérez

Bibliografía

  • Civiltà del seicento a Napoli, cat. exp., Nápoles, Electa, 1984, t. II, n.º 3.68.
  • Ribera (1591-1652), cat. exp., Madrid, Museo Nacional del Prado, 1992, p. 327, n.º D60.
  • Últimas adquisiciones (1982-1995), cat. exp., Madrid, Museo del Prado, 1995.
  • Un mecenas póstumo. El legado Villaescusa. ­Adquisiciones 1992-1993, cat. exp., Madrid, Museo del Prado, 1993, p. 127, n.º 36.
Santa Cecilia [Ribera]
Lupa
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