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Velázquez [exposición 1990].
Comisario: Alfonso E. Pérez Sánchez.
Obras: 79.
Catálogo: Antonio Domínguez Ortiz, «Velázquez y su tiempo», pp. 3-19; Alfonso E. Pérez Sánchez, «Velázquez y su arte», pp. 21-56; Julián Gállego, «Catálogo de pinturas», pp. 57-454.

Esta exposición, dedicada a Diego Velázquez en el Museo del Prado de Madrid en 1990, logró reunir un conjunto importante de obras del insigne pintor. La muestra brindó la oportunidad de ahondar en el conocimiento del artista al permitir contemplar algunos de sus lienzos menos co­nocidos y comparar entre sí otros conservados en colecciones muy ­diversas, cuya confrontación permitió extraer conclusiones muy interesantes. La producción temprana del pintor, perteneciente a su etapa sevillana, está escasamente representada en la pinacoteca madrileña, y por ello la posibilidad de reunir más de una decena de cuadros ­correspondientes a ese periodo permitió profundizar en el estudio y conocimiento del mismo. Realizados por Velázquez antes de ser nombrado pintor del rey Felipe IV y de su traslado a la corte madrileña, cuando ­todavía residía en Sevilla y trabajaba para una clientela particular, la mayor parte de ellos pasaron a manos de coleccionistas privados y se desperdigaron. Entre ellos se encuentran La mulata (National Gallery of Ireland, Dublín), Cristo en casa de Marta (National Gallery, Londres), El aguador de Sevilla (Wellington ­Museum, Londres) y La vieja friendo huevos (National Gallery of Scotland, Edimburgo). El aguador de Sevilla es, sin duda, la obra maestra de ese periodo y a su merecida fama se añade la tristemente célebre anécdota de su salida de España, donde formaba parte de la colección real. Llevada consigo, junto a otras obras de arte, por José Bonaparte en su precipitada huida hacia Francia, su equipaje fue apresado en Vitoria por el duque de Wellington, al mando del ejército que colaboró a expulsar a los franceses de la Península. Una vez en Londres el general preguntó al Gobierno español por el destino que debía dar a las obras y Fernando VII no dudó en regalárselas, de manera que el lienzo de Velázquez es, desde entonces, una de las joyas más admiradas del ­Wellington Museum. La obligación prioritaria de Velázquez como pintor de cámara era, sin duda, retratar a la familia real. Si bien de algunos de los miembros de la misma se conserva en el Museo del Prado una amplia colección, de otros es más bien escasa, por no decir inexistente. Éste es el caso de la infanta María Teresa de Austria, la hija mayor del rey Felipe IV y de su esposa Isabel de Borbón, de la que se pudo contemplar un exquisito retrato de busto, probablemente un fragmento de un retrato mayor recortado. Procedente del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, la representa luciendo un complicado peinado a la moda del momento, profusamente adornado con lazos blancos de fina tela en forma de mariposa. También figuraban en esta exposición El príncipe Baltasar Carlos con un enano (Museum of Fine Arts, Boston), que recoge una de las primeras imágenes del que debía ser heredero, enfrentado a uno de los enanos de la corte, así como Baltasar Carlos en el Picadero (colección del duque de Westminster, Londres). En este último el príncipe se ejercita en la equitación, lo que formaba parte de su formación. De ahí que, junto al conde-duque de Olivares, aparezcan Alonso Martínez de Espinar, autor de Arte de Ballestería y Montería, y Juan Mateos, montero mayor y autor de Origen y dignidad de la caza, según Julián Gállego. Correspondientes a la segunda etapa italiana de Velázquez se pudieron contemplar La Venus del espejo (National Gallery, Londres), y el retrato de su criado Juan de Pareja (Metropolitan Museum of Art, Nueva York). Junto a él, el entonces recién restaurado Cardenal Camilo Massimi (National Trust, Kingston Lacy, Londres) -personaje que fue protector de Velázquez en Roma-, correspondiente al mismo periodo, dándose la circunstancia de que ambos lienzos visitaban España por primera vez. También se pudo contemplar el retrato de Ferdinando Brandani, conocido entonces como ­Retrato de hombre, el llamado barbero del papa (colección particular americana), que felizmente pasó a engrosar la colección del Museo del Prado en 2003. De la infanta ­Margarita se enfrentaron dos delicados retratos infantiles, el del Kunst­historisches Museum de Viena y el de la colección de los duques de Alba. En ambos, la infantita lleva un abanico en su mano izquierda mientras apoya la derecha en la mesa vestida de seda azul. Mientras en la versión de Viena sobre la mesa aparece un búcaro de flores con rosas y margaritas, en la de la Casa de Alba no hay tal jarrón. El traje que viste la infanta en las dos versiones es, sin duda, el mismo y tan solo varía el joyel que luce en el pecho, que es diferente. De su padre el rey Felipe IV se pudieron comparar el retrato del Museo del Prado, de busto y de negro, con el de la National Gallery de Londres, también de busto y de riguroso negro en el que se adorna con cadena de oro de la que pende el Toisón. Antes de la exposición, en el propio taller de restauración del Museo del Prado, se procedió a la limpieza y restauración de la mayor parte de las obras pertenecientes a la pinacoteca que iban a ser expuestas y no habían sido restauradas previamente. Se registraron más de 600 000 visitantes, que en ocasiones tuvieron que soportar hasta cinco horas de cola, y se vendieron 308 500 ejemplares del catálogo, con una relación de catálogo y visitante nunca alcanzada en exposición alguna, no solo en España.

Alfonso E. Pérez Sánchez

 
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