Diego Velázquez, Venus del espejo. National Gallery, Londres

Desde finales de los años treinta, Velázquez produjo varias obras mitológicas, que se cuentan entre las más importantes y originales de su tiempo, y que le sirvieron para entablar un fructífero diálogo con la tradición pictórica. Fueron cuadros en los que culminó su tendencia a subrayar los valores asociados al color frente a los del dibujo, y a convertirlo en el principal instrumento expresivo. En eso, continuó la tradición a la que pertenecían Tiziano y Rubens, cuyas obras abundaban en las Colecciones Reales españolas y se convertirían en dos de los principales puntos de referencia para el desarrollo de su estilo.

La mitología propició un acercamiento al desnudo, un tema cargado de connotaciones. Es la forma que la tradición occidental ha vinculado más estrechamente a la idea de arte, la que expresaba mejor los valores del color, y al mismo tiempo, el lugar donde confluían los límites del arte y la decencia. A través de La Venus del espejo, Velázquez supo hallar una alternativa a los desnudos de Tiziano o Rubens, y al mismo tiempo demostró el lugar tan singular que ocupaba en relación con sus colegas españoles, pues su posición en la corte le permitió sustraerse a las restricciones morales en materia de desnudo femenino que atenazaban a estos. En Marte utilizó una gama cálida y suntuosa, modeló las formas a base de luz y color y destruyó los límites entre el cuerpo y su entorno, buscando transmitir una sensación de vida y transitoriedad, lo mismo que hizo con Mercurio y Argos. Al mismo tiempo, conservó su gusto por la paradoja narrativa, y en vez de utilizar rasgos heroicos para representar al dios de la guerra, lo pintó cansado y melancólico.

 
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