Fiesta en un parque
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Carlos II de Austria y Mariana de Neoburgo fl anquean la entrada a la primera sala del siglo XVIII, desde donde reciben al visitante los monarcas de la casa de Borbón, instaurada en España en 1700. A los artistas españoles e italianos, tradicionales invitados de la corte española, les suceden ahora los franceses, que importan usos adecuados a las nuevas exigencias del poder. El boceto de la Familia de Felipe V de Jean Ranc, para un cuadro que quedó inconcluso y que desapareció en el incendio del Alcázar (1734), muestra el género del retrato familiar que culminó con la Familia de Carlos IV de Goya (1800). El escenario de la realeza es ahora un acogedor interior palaciego en el que los reyes, el príncipe heredero y los juguetones infantes desprenden un aire de inédita normalidad y cercanía, acompañados de la bella sirvienta con el té, a la manera de una «pieza de conversación» a la moda. Los dos cuadros de Watteau, de poesía recóndita e íntima, figuraban en 1746 en el palacio de La Granja que tanto amaba el rey, y Fiesta en un parque se podría entender como un espejo idealizado de las que se celebraban en los bellos jardines del Sitio Real. Asimismo María Luisa de Parma, del neoclásico Mengs, aparece anunciando su amable carácter, sonriente y bella en su juventud, y el histórico Escorial de los Austria, renovado por los Borbones, brilla al sol en que lo vio Houasse. En la última y revuelta década del siglo, el naufragio de Pillement habla de esa Naturaleza que se reconoce por primera vez como sublime y grandiosa, de la que son meros juguetes los frágiles seres humanos.

 
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