La obra

 

El Calvario de Roger van der Weyden. Óleo sobre tabla, 244 cm x 193 cm. Patrimonio Nacional, Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial

Esta tabla, de grandes dimensiones (325 x 192), fue realizada por Roger van der Weyden sin previo encargo y, por tanto, el pintor la pudo llevar a cabo con plena libertad, sin estar mediatizado por las exigencias de ningún comitente. Weyden regaló esta tabla, una de sus obras maestras, a la cartuja de Scheut, cerca de Bruselas, fundada en 1456 por la casa madre de Herinnes, donde había profesado en 1448 su hijo Corneille. Por la documentación de la cartuja, consta que fue vendida por cien libras en 1555, cuando se encontraba en el coro, al lado del evangelio, y sustituida por una copia de Antonio Moro.

Pese a que no se documenta quién fue el comprador, sin duda tuvo que ser Felipe II, que ese año estaba en Flandes. Consta que el monarca, tras traerla a España, la destinó a la capilla del palacio de El Bosque de Valsaín, cerca de Segovia. En 1567 se mandó llevar a El Escorial. Por una carta del prior Juan de Colmenar al secretario del rey Pedro del Hoyo en julio de ese año se sabe que se mandó restaurar a Maestre Giles las uniones abiertas de la tabla –como ya había hecho el año anterior con el Descendimiento de Weyden, llevado a El Escorial desde el palacio de El Pardo-. De acuerdo con el testimonio del Padre Siguenza, se encargó de la pintura Navarrete el Mudo, que ese mismo año hizo una copia de la Crucifixión que “contentó mucho al rey”, que la envió a El Bosque de Segovia para sustituir el original de Weyden, destinado por Felipe II al ornato de El Escorial, como tantas obras maestras de su colección.

Aunque desde 1567 se encontraba en El Escorial, se incluyó en la primera entrega de obras realizada por Felipe II en 1574 “Una tabla grande en que está pintado Christo Nuestro Señor en la Cruz, con Nuestra Señora y Sant Juan de nano de Masse Rugier, que estava en el Bosque de Segovia, que tiene treze pies de alto y ocho de ancho estava en la cartuja de Brusellas”

Por el testimonio del padre Siguenza consta (discurso XV) que en origen la Crucifixión de Weyden ocupó un lugar destacado en el monasterio, en la sacristía, en frente de la puerta como “retablo y altar firme”:

“En el altar que digo está de frente de la puerta hay aquel crucifijo antiguo del tamaño del natural, que dije arriba había copiado nuestro Mudo, singular pintura, y tan bien entendido que merece el lugar que tiene. Fingió el maestro un dosel de carmesí detrás, que hace salga mucho la figura, y creo que está tomada del natural, según la gran propiedad que muestra. A los lados tiene a Nuestra Señora y San Juan, los rostros coloridos y de vivo sentimiento, harto buenas cabezas, y el vestido y toda la ropa parece de claro y oscuro todo blanco, y las figuras de excelente planta y movimiento y todo el cuadro bien guarnecido”

En 1626, Cassiano del Pozzo tuvo oportunidad de ver la tabla de Weyden y anotó en su visita a El Escorial:

“L’altare é un crocefisso devotísimo con una Madona vestita de Bianco; e similmente S. Giovanni, cosa finisima, é che há tal relievo che a distanza di due terzi d’essa non n’e che non lo guidichi di relievo”

Sin duda, la Crucifixión siguió ocupando este lugar preeminente hasta la década de 1650 en que Velázquez se encargó de la remodelación de la sacristía del monasterio, a instancias de Felipe IV, con obras más del gusto del monarca, distinto al de Felipe II. Desde entonces no hay testimonios de su emplazamiento. Todo hace pensar que sufrió en el incendio de 1671 y que fue burdamente repintada, hasta el punto de que tal vez se creyó que se trataba de una copia, y no del original del pintor flamenco, lo que quedó plenamente confirmado cuando van Asperen de Boer publicó en 1992 su dibujo subyacente, típicamente rogeriano.

Ponz, en su viaje a El Escorial (T. II, carta 3ª, 33) sitúa en la “pieza a espaldas del lado derecho del coro pinturas por sus pareces, parte copias de Ticiano, Bassano y otros, y parte originales como lo es un crucifijo de El Mudo con San Juan y la Virgen en los lados, figuras del natural”, ya que, según consta, la copia del Mudo se mandó a Segovia.

En 1946-1947 la tabla se restauró y se eliminaron las peores adiciones y, por fortuna, pese a los daños, restaba parte importante de la pintura original.

Como hizo con el Descendimiento, Weyden en esta obra realizada entre 1454 y 1455 trato de emular una escultura con la ayuda de sus pinceles. En el caso de la Crucifixión, el color blanco de las figuras a escala natural resultaba ligeramente desconcertante, ya que las que se ejecutaban en alabastro eran sensiblemente más pequeñas, mientras que la cruz ¿es verdaderamente madera o piedra policromada?. El pintor juega con la ambigüedad y no existe certeza alguna sobre los niveles de realidad. Prueba de ello es también la pared gris que se extiende al fondo, a ambos lados, sin duda dispuesta para confundirse con la pared de la Cartuja de Bruselas, su destino original, creaba el efecto de que las figuras esculpidas estaban colocadas ante un fondo de tela roja.

La restauración que se va a emprender como fruto de la colaboración entre el Museo Nacional del Prado y Patrimonio Nacional, con el patrocino de Iberdrola tiene por objeto restaurar el soporte y la capa pictórica para que salga de nuevo a la luz el color y la calidad de la pintura original de Weyden.

 
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