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La obra invitada

Biombo de la Conquista de México y La muy noble y leal ciudad de México

Museo Nacional del Prado. Madrid 20/04/2021 - 26/09/2021

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“La obra invitada”, programa patrocinado por la Fundación Amigos Museo del Prado, presenta el Biombo de la Conquista de México, pieza capital del arte virreinal.

Este biombo refleja el ideario de las élites criollas de la capital de la Nueva España y visualiza su relación con una Monarquía Hispánica a la que debían fidelidad política y el origen de su fe, pero también el orgullo y la singularidad de una realidad americana que cristalizaría más de un siglo después en el proceso de independencia.

Expuesta en la sala 16 A del edificio Villanueva hasta el próximo 26 de septiembre, esta excepcional pieza pasará a formar parte de la exposición temporal “Tornaviaje”, una apuesta del Prado por abrir sus colecciones a nuevas geografías.

Acceso

Sala 16A. Edificio Villanueva

Patrocinada por:
Comisión Arte Virreinal - Fundación Amigos del Museo del Prado

Multimedia

Exposición

La exposición

La exposición
Biombo de la Conquista de México y La muy noble y leal ciudad de México
h. 1675-92
Óleo y pan de oro sobre lienzo montado en una estructura de madera
Madrid, colección particular

Biombo de la Conquista de México y La muy noble y leal ciudad de México, procedente de una colección particular, protagoniza una nueva edición del programa patrocinado por la Fundación Amigos Museo del Prado “La obra invitada”, una iniciativa que permite exhibir en el Museo piezas únicas que complementan las colecciones del Prado y ofrecen al visitante una experiencia excepcional.

Este biombo de dos haces representa, por un lado, la conquista de Tenochtitlán, y por el otro, la ciudad de México, y probablemente fue un regalo del ayuntamiento de México a un virrey al asumir el gobierno de la ciudad, cabeza del reino. Como tal, evoca nociones centrales en la cultura y la memoria de las élites criollas de la capital de la Nueva España. El biombo demuestra la peculiaridad de la ciudad de México como capital de la Nueva España y escenario de su historia, y visualiza la manera en que sus habitantes mostraban su relación con una Monarquía Hispánica, a la que debían fidelidad política y el origen de su fe, pero también el orgullo y la singularidad de una realidad americana y criolla que cristalizaría más de un siglo después en el proceso de independencia.

El haz de la conquista presenta múltiples escenas, ocurridas en distintos lugares y momentos, incluso años, ofreciendo la visión de los conquistadores y sus descendientes criollos, empezando con el recibimiento de Cortés por Moctezuma y concluyendo con la toma de Tlatelolco, último bastión indígena.

El haz de La muy noble y leal ciudad de México, en contraste con la conquista, muestra un mundo ordenado y abarcable. La urbe se observa desde las alturas identificando sesenta y seis edificios o sitios prominentes, principalmente ligados a la vida religiosa, así como el palacio virreinal, el cerro de Chapultepec, el paseo de la Alameda y las principales calzadas.

La restauración de María Álvarez Garcillán

La restauración de María Álvarez Garcillán
Biombo de la Conquista de México y La muy noble y leal ciudad de México
h. 1675-92
Óleo y pan de oro sobre lienzo montado en una estructura de madera
Madrid, colección particular

La propia naturaleza del biombo y su movilidad han hecho que el estado de conservación de la pieza no fuese bueno, los desplazamientos, los golpes, el agua… habían dibujado sobre él una huella de daños que condicionaba y afectaba a su aspecto estético.

Para acometer su restauración se han llevado a cabo una serie de estudios técnicos como el análisis de reflectografía infrarroja, luz ultravioleta e identificación de materiales en laboratorio químico.

El biombo está vertebrado en torno a un armazón de madera, diez puertas unidas por argollas de hierro y con tela encolada por ambas caras como soporte para la pintura. El soporte para la pintura es una tela de tafetán de lino encolada a lo largo de su perímetro al bastidor/puerta. Al estar pintado a dos caras, hay una tela por cada frente. Salvo las puertas externas, de un solo paño, el resto está compuesto por dos paños unidos con costura “plana abierta”. Las costuras están a diferentes alturas, lo que hace razonable pensar que las escenas se pintaron una vez montadas las telas en sus bastidores.

La mayor dificultad del tratamiento radicaba en el hecho de la pintura a doble cara y la imposibilidad de desmontar  las telas de su bastidor original, al estar encoladas por los bordes no se podían despegar sin causar daños. La solución más adecuada para proporcionar la presión necesaria para quitar las deformaciones de la tela sin necesidad de colocar soportes traseros, ha sido la introducción por pequeñas ranuras de láminas de hojalata y aluminio con la ayuda de imanes.

La capa pictórica -óleo con pigmentos como albayalde, amarillo de plomo y estaño, azurita, esmalte, bermellón, pigmento laca rojo,  carbón vegetal y tierra verde con pequeñas aplicaciones puntuales de oro líquido- ha sido sometida a un proceso de consolidación con colas orgánicas para detener los desprendimientos y pérdidas, eliminación de deformaciones por golpes, arañazos y desgarros, retirada de parches viejos y elementos ajenos sobre la superficie, aplicación de otros nuevos de papel japonés e injertos de tela sobre las roturas, limpieza de la pintura, levantamiento de repintes, estucado, reintegración y barnizado.

Sobre el pastillaje -una técnica de estucos de relieves seriados que sigue patrones geométricos repetitivos (rombos, cruces, eses…) dorados, sobre una capa de bol, con láminas de oro fino aplicadas al mixtión- se ha realizado una consolidación de su superficie, la retirada de elementos extraños, limpieza y eliminación de repintes y purpurinas, se han reproducido los relieves a partir de moldes de silicona sobre zonas en mejor estado, y se han sacado positivos de moldes con resina, a los que se ha aplicado bol y dorado al mixtión con oro de 22 kilates. El oro nuevo se ha ajustado al original desgastando y patinando su superficie.

Cada puerta, que hace las veces de bastidor de la pintura, mide 2,10 x 0,61m, y termina con dos patas de 5 cm de altura. Tienen tres travesaños transversales ensamblados a “caja y espiga”. Las uniones son a través de argollas en forma de “U” de hierro forjado, encastradas en la madera y con el remate interno retorcido hacia el exterior para ofrecer resistencia frente a las presiones de apertura y cerrado de las hojas. Las puertas separadas se han unido reproduciendo las argollas con un material más dúctil (cobre oscurecido al fuego) y han sido introducidas en sus canales originales rellenándolos posteriormente de resina epoxy.

La obra

La palabra biombo deriva del japonés byobu, que remite a la capacidad de estos paneles de tela, maque (un tipo de laca) o papel, unidos como un acordeón, para detener las corrientes de aire. Se disputan su origen China y Japón, y servían también para proteger de miradas indiscretas y dividir los espacios de una vivienda. En los inventarios de bienes novohispanos figuran entre las pinturas y no entre los muebles, lo que les otorga un lugar especial como contenedores de mensajes pintados.

La mayoría de los biombos conservados muestran asuntos profanos. En el siglo XVII los temas más comunes fueron los de carácter histórico y urbano, aunque abundan también los mitológicos o literarios, las alegorías de las estaciones o los sentidos, y, más tardíamente, las escenas de la vida cotidiana y los emblemas. Los más valiosos tenían escenas complejas en sus dos caras –a diferencia de los que en una de ellas presentaban elementos decorativos como jarrones o flores.

La movilidad de los biombos favorecía que fueran utilizados para la contemplación o como estímulos para la conversación. Su tamaño y forma variaba según su uso. Los de cama, situados delante del lecho, eran más altos y estrechos, mientras que los llamados “de estrado”, que se ubicaban en una habitación principal con tarima o estrado, eran menos altos y tenían más hojas.

Este biombo, de dos haces y de estrado, tiene diez hojas que representan por un lado la conquista de Tenochtitlán y por otro una vista de la ciudad de México, y debió realizarse en el último cuarto del siglo XVII como objeto de ostentación y poder. Al igual que otros de similar temática, pudo ser un regalo del ayuntamiento de México a un virrey al asumir el gobierno de la ciudad, cabeza del reino. Su mensaje es más o menos evidente: tras la victoria española sobre el Imperio azteca se estableció un nuevo orden social y político, representado por la grandeza de la ciudad de México.

La conquista de México

El haz de la conquista presenta múltiples escenas, ocurridas en distintos lugares y momentos, incluso años. Ofrece la visión de los conquistadores y sus descendientes criollos, empezando con el recibimiento de Cortés por Moctezuma y concluyendo con la toma de Tlatelolco, último bastión indígena. El punto de vista es elevado y la perspectiva se adecúa para describir con claridad los distintos pasajes, sin constreñirse a un sistema de representación matemático o lineal. La escala también es libre, y destacan los detalles narrativos, como la indumentaria de los personajes o las acciones que realizan. La luz y el colorido refuerzan el tono de la narración, de suerte que la recepción de Cortés es más luminosa que la escena que está debajo, la llamada “Noche triste”, cuando sus tropas fueron derrotadas por las de Moctezuma. En el extremo izquierdo una cartela identifica doce escenas y escenarios mediante letras. Los nombres de algunos personajes indígenas como Moctezuma (escrito Motectzoma), Malintzin o Cuauhtémoc (Quaugtemoz), tratados con gran dignidad, se añaden para identificarlos, lo que no ocurre con los españoles. La ubicación de las escenas se corresponde aproximadamente con el lugar donde ocurrieron y las zonas lacustres ayudan a delimitarlas.

Aunque las letras de la cartela guían al espectador, este debe reconocer o descubrir dónde ocurrieron los hechos con una mirada activa y detenida. Los grandes acontecimientos se complementan con detalles que recrean la sensación de acción, caos, miedo y heroísmo. La violencia desencadenada afecta a todos, también a las mujeres mexicas, que miran asustadas desde sus casas o tratan de protegerse mutuamente y a sus hijos. Heridos y muertos yacen entre caballos y hombres con mosquetes, macuahuitl (macanas con hojas de obsidiana), arcos y flechas. Con rápidos trazos se describen los vistosos atavíos civiles y militares de los indígenas, las armaduras, espadas, armas de fuego, escudos de plumas, banderas y estandartes. El detalle con el que se representan las armas e indumentarias de los aztecas, individualizando sus distintas órdenes militares, como los guerreros jaguar y águila, delata el creciente interés y orgullo de las élites criollas por un pasado prehispánico que empezaban a asimilar como propio. Algunas escenas demuestran una gran capacidad de síntesis y un hábil manejo del color. Las diferencias en la ejecución que se aprecian en algunas zonas quizá se deban a la intervención de varios miembros de un mismo taller.

La muy noble y leal ciudad de México

En contraste con el haz de la conquista, este muestra un mundo ordenado y abarcable. La cartela identifica sesenta y seis edificios o sitios prominentes, principalmente ligados a la vida religiosa (templos, conventos, colegios y hospitales), así como el palacio virreinal, el cerro de Chapultepec, el paseo de la Alameda y las principales calzadas.

La urbe se observa desde las alturas, con el norte en el extremo izquierdo. La perspectiva no se basa en una proyección matemática, sino que se adapta para dar cuenta de la disposición, dimensiones y aspecto de plazas, calles y edificios con sus patios. La vista es inexacta en la representación del aspecto y extensión de los barrios indígenas de la periferia, que ocupaban un amplio y muy poblado territorio. También lo es al mostrar edificios como la entonces inconclusa catedral, cuya torre presenta un remate fantástico y una especie de giraldillo que jamás tuvo. Aunque es una representación idealizada de la ciudad, ciertos detalles permiten acotar la datación del biombo. El templo de San Agustín figura con su techumbre de plomo, incendiada en 1676 y sustituida por bóvedas, mientras el palacio virreinal ostenta el “balcón de la virreina”, quemado durante un tumulto en 1692.

A diferencia de otros biombos con vistas de la ciudad de México, solo en este aparecen sus habitantes; figuras pequeñas entre las que, pese a lo sintético de sus trazos, se aprecian mujeres, indígenas, frailes, clérigos, hombres elegantes y trabajadores, así como numerosas escenas: una pelea de espadas, bañistas, el toreo de vaquillas afuera del rastro, un demente con grilletes en el patio del hospital o unos niños volando una cometa. Y delante del palacio vemos al virrey en su coche, reconocible por el tiro de seis mulas que lo distinguía.

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