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Exposiciones

Exposición: Rogier van der Weyden (h. 1399-1464)

Video sobre la exposición "Rogier Van der Weyden (h. 1399-1464)"

Nacido en Tournai hacia 1399, Rogier murió en Bruselas en 1464. Pintor oficial de esta última ciudad, trabajó también para los duques de Borgoña. Según su amigo el cardenal Jouffroy, sus cuadros “engalanaron las cortes de todos los reyes”. En 1445 Juan II de Castilla donó a la cartuja de Miraflores un tríptico pintado por él. Las que fueron en su tiempo sus obras más conocidas, cuatro enormes tablas alegóricas de la Justicia para el Ayuntamiento de Bruselas, se destruyeron en 1695. Otros grandes cuadros de su mano, como el Descendimiento, la Virgen Durán y el Calvario, se exportaron a España.

Nunca se podrán explicar de manera definitiva y en toda su complejidad obras como el Descendimiento, el Tríptico de Miraflores o el gran Calvario, obras que se elevan muy por encima de las circunstancias de la vida cotidiana, o como el Tríptico de los Siete Sacramentos, en el que las figuras, vestidas a la moda de la época, ocupan el espacio de una iglesia igualmente contemporánea. Sobre ellas se alza una cruz tan alta que roza la bóveda de la nave central y en la que hay un Cristo de enormes proporciones. De tamaños muy distintos, ninguno de los demás personajes del tríptico guarda la escala del edificio.

Como su coetáneo Jan van Eyck (†. 1441), Van der Weyden debió de descubrir siendo todavía joven que, aunque era capaz de pintar el mundo natural con toda fidelidad, podía hacer algo más que imitar la realidad inmediata. Tenía tanta sensibilidad para el tratamiento de las formas y las líneas que sus composiciones, basadas en armonías geométricas, llamaban la atención de inmediato y se grababan en la memoria. Sabía también cómo manejar el color y las formas abstractas para intensificar la reacción emocional del espectador. Podía representar cualquier cosa con gran realismo, pero cuando le convenía ignoraba la lógica del espacio y la escala, o desdibujaba la diferencia entre realidad y escultura. Sus obras son tan bellas, ambiguas y fascinantes que obligan a volver sobre ellas una y otra vez: siempre se descubre algo nuevo.

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