Cargando...
El Prado reúne por primera vez la serie completa de Valeriano Bécquer sobre las costumbres populares de España Lunes, 13 de julio de 2026
El Museo del Prado presenta “Valeriano D. Bécquer (1834-1870): Los cuadros de costumbres”, una exposición que reúne por primera vez los ocho cuadros que realizó Valeriano Domínguez Bécquer como parte de un encargo destinado al antiguo Museo de la Trinidad.
Se trata de uno de los mejores ejemplos de la pintura costumbrista del siglo XIX en España, sin parangón en otros museos españoles, no solo por su calidad, sino también porque la sinceridad y objetividad del pintor lo convierten en un capítulo fundamental del realismo pictórico en nuestro país.
De izquierda a derecha: Miguel Falomir, Director del Museo Nacional del Prado, y Pedro J. Martínez Plaza, comisario de la exposición y Conservador del Área de Pintura del Siglo XIX del Museo Nacional del Prado, durante la presentación. Foto © Museo Nacional del Prado
Desde 2009, la sala 60 del Museo del Prado funciona como un espacio vivo para los fondos del siglo XIX y, en 2026, adopta la denominación Almacén abierto, marco en el que se inserta “Valeriano D. Bécquer (1834-1870): Los cuadros de costumbres”. A lo largo de estos años, el ámbito ha albergado monografías dedicadas a artistas como Aureliano de Beruete, Miguel Blay, Rogelio de Egusquiza, Antonio María Esquivel, Federico y José de Madrazo, Jenaro Pérez Villaamil, Francisco Pradilla, Eduardo Rosales o Joaquín Sorolla; ha ofrecido miradas técnicas sobre procedimientos como la acuarela o la estampa japonesa; ha presentado proyectos vinculados a donaciones —como la de Rudolf Gerstenmaier—, ha desplegado enfoques temáticos que han abordado, entre otros, la pintura religiosa o el retrato infantil y también ha articulado recorridos que han situado la fotografía en el centro de la experiencia del artista y su entorno creativo.
En este contexto, se reúnen por primera vez los ocho cuadros que, entre 1866 y 1867, realizó Valeriano Domínguez Bécquer como parte de un encargo destinado al antiguo Museo de la Trinidad, tras cuya disolución pasaron al Prado. Para el desempeño de esta tarea se le concedió una pensión por Real Orden de 6 de febrero de 1865, extinguida en 1868 tras el derrocamiento de Isabel II. El conjunto de cuadros comenzó a dispersarse en 1877, al ser depositados en diferentes instituciones.
Se trata de uno de los mejores ejemplos de la pintura costumbrista del siglo XIX en España, sin parangón en otros museos españoles, no solo por su calidad, sino también porque la sinceridad y objetividad del pintor lo convierten en un capítulo fundamental del realismo pictórico en nuestro país. Además, hay otra circunstancia excepcional y que resultó clave para la interpretación de las obras: se conserva íntegramente la documentación generada con las descripciones del propio pintor, cuyos extractos se han incluido en esta exposición.
El artista efectuó tres entregas, cada una de las cuales corresponde a una provincia y presenta unos formatos y medidas divergentes. Las obras pertenecientes a Zaragoza y Soria fueron entregadas en 1866 —con dos y tres cuadros respectivamente¬— y las de Ávila en 1867, con otros tres. Durante estas campañas, Valeriano efectuó además numerosos dibujos. Aunque muchos se han perdido, algunos fueron fotografiados y otros sirvieron para las diferentes ilustraciones que dieron a conocer su trabajo. Algunas de sus pinturas también fueron copiadas al óleo o mediante el grabado, lo que muestra el enorme interés que la mirada realista del pintor despertó en las nuevas generaciones.
Interior de una casa en un pueblo de Aragón y El presente. Fiesta mayor en Moncayo (Aragón) corresponden al primer envío, realizado desde Vera del Moncayo. En la primera pintura, la escena está protagonizada por mujeres, algo frecuente en la obra de Bécquer, también en escenas de trabajo. Aquí se ha esmerado en la descripción de las indumentarias, de rico colorido. El segundo cuadro recoge también una gran diversidad de tipos de trajes (desde el alcalde a los danzantes) y de prácticas festivas, como el paloteo (baile con palos de madera habitual, aunque con infinitas variantes, en gran parte de España) o el llamado presente, ágape o puñado, pequeño convite que suele costear uno de los miembros de la hermandad o cofradía organizadora de la fiesta.
El conjunto de Soria, el de mayor calidad, se vincula además con la vida personal del pintor y de su hermano, el poeta Gustavo Adolfo. De sus viajes por Villaciervos y Burgo de Osma saldrían El baile, Un leñador y Una hilandera. La dureza del trabajo en los bosques es atenuada por el esmero en el tratamiento de los dos tipos individualizados, concebidos con total dignidad, y el carácter lúdico del baile, que le permite incorporar una gran diversidad de tipos humanos y de detalles.
En el envío de Ávila, Bécquer optó por representar diferentes aspectos asociados a la peregrinación a la ermita de Sonsoles, en el valle de Amblés, como los romeros descansando (La fuente de la ermita), la joven que porta una cesta con presentes para ofrendar a la Virgen o el hombre ante el despacho de vinos, cuya indumentaria remite a la de los “armados” o “alabarderos”, un tipo masculino frecuente en diversas celebraciones religiosas de Castilla.
Los dibujos son otra parte del trabajo de Bécquer de estos años, muchos de los cuales fueron reproducidos en revistas a través del grabado, lo que permitió difundir la obra del artista más que sus propios cuadros.