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Condesa de Santovenia «la niña rosa», La [Rosales]

La condesa de Santovenia [la niña de rosa][Rosales]

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Condesa de Santovenia «la niña rosa», La [Rosales]

Carlos Reyero


1871, óleo sobre lienzo, 163 x 106 cm, firmado en el ángulo inferior izquierdo: «E. Rosales / 1871» [P6711].
Considerada una de las obras maestras del pintor -y, podría decirse también, del retrato en España-, representa a Conchita Serrano, hija de Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre, y de su esposa y prima, la cubana Antoñita Domínguez Borell, hija de los condes de San Antonio. El general Serrano, que había sido jurado por las Cortes como regente del reino el 15 de junio de 1869, a raíz del destronamiento de Isabel II, leyó al rey Amadeo de Saboya la Constitución de 1869, cuando llegó en 1871 a jurar su cargo, y encabezó su primer gobierno. Se trata, por lo tanto, de un retrato de la hija de una de las autoridades político-militares más relevantes del Sexenio Revolucionario, cuando Rosales alcanzó mayor consideración pública y la plenitud de su estilo. Vestida a la moda de su tiempo, con un lujoso traje de raso y botines rosa, camisa blanca y una pelliza de piel sobre los hombros, está representada en el campo abierto, de cuerpo entero, con el rostro vuelto de tres cuartos a la derecha. Su extraordinaria modernidad formal, a base de pinceladas certeras, concisas y llenas de expresividad, de modo que las formas se construyen a través del color, intenso y brillante, cuyos contrastes producen una vibración óptica sin parangón en la pintura española, ha evocado el nombre de Édouard Manet. Pero la sencilla monumentalidad de la figura remite, ante todo, a la tradición española. Las luces que modulan la figura no son las mismas del sintético paisaje que sirve de fondo, sino que se asocian, fruto de una meditada reflexión, a los planos de color, especialmente magistrales en el vestido, cuyos delicados tonos viran del gris al blanco, gracias a toques abreviados, con los que consigue la máxima intensidad plástica. No obstante, no se pierde la decimonónica poética de encantada complicidad con el personaje, de cuya belleza, de frente despejada y levísima sonrisa, no nos desentendemos, a pesar de que no mira al espectador, sino que dirige sus ojos a un lugar fuera del cuadro. Su pose, que quiere ser gallarda y airosa, con el brazo derecho sobre la cintura, se adecúa perfectamente a ese carácter de quien ha empezado a dejar de ser ya niña, pero aún conserva un cierto encanto pueril, lo que nos produce una emoción inestable, pero grata. En ese sentido, se ha querido ver una representación del tránsito hacia la edad núbil, evocación de algo que se inicia, cargado de futuro, expresado a través de la mirada puesta en un más allá desconocido, frente al tronco del árbol cubierto de hiedra que se yergue inclinado en dirección contraria y las luces doradas en el horizonte, junto al impoluto vestido, que parece encerrar un valor virginal. Esta obra ingresó en el Museo en 1982 donada por la Fundación Amigos del Museo del Prado.

Bibliografía

  • Lafuente Ferrari, Enrique, y Salas, Xavier de, Retrato de la condesa de Santovenia. Eduardo Rosales, Madrid, Fundación Amigos del Museo del Prado, 1982.
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