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Galería Española de Luis Felipe en el Louvre, La.

Jeannine Baticle

Aunque la Francia y la España de los Borbones habían estado estrechamente unidas en el siglo XVIII en el plano político y el cultural, la pintura española del siglo de oro que se conservaba en los palacios y monasterios de la Península Ibérica era casi desconocida en Francia, salvo por algunos viajeros. Serán los mariscales y generales de Napoleón, a menudo plebeyos, quienes, por sus rapiñas de guerra, revelarán la importancia del arte religioso español gracias a las obras maestras que se habían llevado de España y que colgaron en las paredes de sus moradas particulares, tales como Soult, Aguado, Mathieu de Favier, Armagnac, Dessollé y Sebastiani, por no citar sino los más célebres. En la época romántica, los escritores franceses se sienten cada día más atraídos por la producción pictórica española. Algunos, como Mérimée, pueden por fin conocer los originales famosos en el Museo del Prado, inaugurado en 1819, lo que conduce al periodista y polemista Louis Viardot a reclamar, en 1834, la creación de un museo español en París. Ahora bien, desde 1830 el monarca Luis Felipe reina en Francia, y cuando era todavía duque de Orleans se había casado con María Amelia de Nápoles, sobrina del rey Carlos IV, y había residido en Andalucía en 1810. Sabiendo esto, se comprende mejor que aprovechándose de la Guerra Carlista, que tuvo como consecuencia la desamortización de los bienes de la Iglesia y su venta masiva, enviase al barón Taylor y al pintor Dauzats a España en 1835 con el fin de adquirir a cargo de su «cuenta personal» un conjunto representativo de las pinturas y escuelas de este país. Para escapar a la prohibición de exportar obras de arte, decretada por el ministro Mendizábal, Taylor tuvo la habilidad de hacer llegar a Francia las obras compradas en Andalucía, Castilla o Valencia por vía marítima, ya que de este modo se evitaba la frontera pirenaica. A Luis Felipe le costará la enorme suma de 1 300 000 francos. El 7 de enero de 1838 se inaugura la Galería Española en el Musée du Louvre en las salas de la Colonnade, y es «puesta amablemente a la disposición de los parisinos» por el rey. Comprende cuatrocientos doce cuadros españoles y unas cincuenta obras de otras escuelas. El público sorprendido y encantado descubre a El Greco, sobre todo el cuadro de la Dama del armiño (Glasgow Museums) y el Cristo crucificado (Musée du Louvre). En cambio, Velázquez, Murillo y Ribera no están bien representados: de veintisiete obras atribuidas a Ribera, solo siete han sido identificadas. De Velázquez encontramos cuadros no autógrafos o réplicas y, en lo que respecta a los Murillo de la colección Soult, la contribución del maestro sevillano es relativamente floja. Por el contrario, Valdés Leal, Cano y Tristán están excelentemente escogidos, así como otros artistas menores. Pero la gran novedad para los aficionados es la sala donde se enseñan las composiciones hoy célebres de Zurbarán; adquiridas en número de ochenta, según el catálogo de 1838, muchas no son de la mano del maestro, en particular las efigies de santas; a la inversa, las cuatro pinturas de la Vida de Cristo de la cartuja de Jerez de la Frontera (Musée des Beaux-Arts de Grenoble) se consideran la cumbre del arte místico en España, «producción apasionada, devota y sombría, mística y brutal», escribe entonces el historiador Charles Blanc. El San Francisco de Asís con una calavera (National Gallery, Londres) sorprende a todas las mentes y es la obra más recomendada por la prensa. Finalmente, otro acontecimiento extraordinario y mal percibido por la mayoría de los críticos de arte, aun cuando Goya había muerto en Burdeos diez años antes, fue la extraordinaria selección de obras hoy famosas del maestro, que comprenden entre otras Las majas en el balcón (colección particular, Suiza), La fragua (Frick Collection, Nueva York), Las jóvenes y Las viejas (Musée d'Art Moderne Lille Métropole) y, finalmente, la mágica Duquesa de Alba con mantilla (Hispanic Society of America, Nueva York), que Taylor había comprado a Javier Goya, hijo del artista. Desgraciadamente, la Revolución de 1848, que arrebata el trono al rey Luis Felipe e instaura la Segunda República, trae como consecuencia restituir, «estúpidamente» dirá Baudelaire, la Galería Española al rey destronado, que se la llevará a Inglaterra, y tras su muerte será vendida en Londres en 1853 para ir a parar posteriormente, en su mayor parte, a manos de coleccionistas ingleses. Solo una obra maestra permaneció escondida en las reservas del Louvre: el magnífico Enterramiento, de Jaume Huguet, pero la pintura medieval no interesaba aún a los franceses. Es muy difícil medir el impacto estético del museo español de Luis Felipe sobre la evolución de la pintura francesa en el si­glo XIX, tanto más cuanto que el realismo en el arte forma parte de un movimiento social y político, y que los pintores llamados realistas eran todavía niños o adolescentes cuando en el Louvre se abrió, en 1838, la Galería Española de Luis Felipe, salvo Jean-François Millet, que ya tenía veinticuatro años. Inmediatamente después de la inauguración, Millet escribía que «él vivía en el Louvre en la Galería Louis Philippe» pero no se conoce ninguna obra del artista que se inspire en esa fuente. En cuanto a Courbet, tenía entonces diecinueve años. La moda de temas y asuntos hispánicos ya estaba muy extendida entre los románticos, pero, al parecer, solo los Ribera, los Murillo y, sobre todo, los magníficos cuadros de Zurbarán indujeron a los pintores adeptos al realismo a inspirarse en los poderosos efectos de claroscuro de los maestros españoles del siglo de oro, más que en asuntos representados con modelos populares. Han existido muchas reproducciones grabadas de cuadros de la Galería Española y no es muy probable que Manet se hubiera sentido influido por este conjunto al que nunca se refiere posteriormente. Más fácil es que la influencia española en su pintura viniera de la mano de uno de sus maestros, Thomas Couture, gran admirador de Velázquez. Señalaremos, para terminar, que Alejandro Dumas -que viajó a España en 1846- no hace alusión alguna a la Galería de Luis Felipe y cita únicamente, en el Musée du Louvre, al Mendigo, de Murillo ¡adquirido en la época de Luis XVI!

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