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Joaquín Sorolla (1863-1923) [exposición 2009]

A P.


26 de mayo-13 de septiembre.
Comisarios: José Luis Díez y Javier Barón.
Obras: 102.
Catálogo: José Luis Díez y Javier Barón, «Joaquín Sorolla, pintor», pp. 19-142; Francisco Javier Pérez Rojas, «Sorolla y la pintura española de su época», pp. 143-160; Carlos Reyero, «Sorolla y la pintura internacional de su tiempo», pp. 161-176; Blanca Pons-Sorolla, «La personalidad artística de Sorolla», pp. 177-201.

La exposición supuso la primera revisión antológica del artista llevada a cabo en el Museo del Prado y presentó buena parte de sus obras maestras, incluyendo el conjunto íntegro de catorce paneles que el artista pintó para decorar la biblioteca de la Hispanic Society of America de Nueva York. Muchas de las obras expuestas fueron restauradas en el taller del Museo del Prado para la ocasión y también se realizaron nuevos marcos, basados en los diseños originales del propio Sorolla, para varias de las pinturas. La muestra comenzaba repasando los orígenes y la formación de Sorolla en Italia, marcados por la captación del natural, y exponía sus principales obras de pintura social, que revelan su conexión con el arte naturalista francés. En la siguiente sección se exhibieron las pinturas que marcaron su primer éxito internacional, como La vuelta de la pesca, del Musée d’Orsay, y Cosiendo la vela, del Museo Ca’Pesaro de Venecia. Junto a ellas, pudieron verse también algunos retratos, como el Benito Pérez Galdós y escenas de género. En la siguiente sala se reunieron los mejores ejemplos de la madurez plástica del maestro, que le convirtieron ya en esos años en una de las figuras más importantes del arte de su tiempo, con ejemplos como Madre, o ¡Triste herencia!, de la Fundación Bancaja, con el que alcanzaría el Grand Prix en la Exposición Universal de 1900 de París. Bajo el lucernario de la Sala B, se concentró su relación con Velázquez, al que consideraba maestro absoluto del naturalismo en la pintura española. Junto a obras capitales, como el Retrato de Aureliano de Beruete del Prado, colgaban modernos retratos familiares a imitación de Las meninas como el de su propia familia, del Ayuntamiento de Valencia, y retratos individuales, como el de El fotógrafo Christian Franzen, de la colección Lorenzana. El extraordinario lienzo titulado Sol de la tarde, que salió por primera vez desde hacía un siglo de la Hispanic Society neoyorquina para exponerse en el Prado, presidía la siguiente sala de la exposición. Junto a esta obra se ordenaban las mejores escenas de playa del artista, seguidas por algunos retratos en los que permanece la pasión por el arte de Velázquez, pero en los que comienzan ya las vinculaciones con el arte clásico que marcaron la producción final de Sorolla. En la sala siguiente era posible admirar las pinturas inspiradas en el Mediterráneo, que le dieron su mayor fama, y que se han convertido en verdaderos iconos de su arte. En ellas se puede apreciar la herencia clásica grecolatina fundida con las escenas cotidianas que Sorolla captó en las playas de Valencia. Junto a Paseo a la orilla del mar, de la Fundación Museo Sorolla, podían verse escenas como El baño del caballo, Saliendo del baño y Chicos en la playa, del Prado. En la última sección de esta sala, en la que introducía el cuadro de La bata rosa, considerado por Sorolla como una de sus mejores obras, se reunía una muestra sintética de su interés por el retrato al final de su carrera, muy vinculado a su clientela americana, como la tela que representa a Louis Comfort Tiffany en su casa de Long Island, o el Retrato de José Echegaray, ambos de The Hispanic Society of America, cerrando el recorrido por esta planta La siesta, una de las pinturas de Sorolla de más provocadora modernidad. En la Sala C, se desplegó el conjunto completo de paneles que Sorolla pintó para la biblioteca de la Hispanic Society of America entre 1911 y 1919 y que tanta fama le dieron en su tiempo. En la pequeña Sala D podía verse una variada selección de los intereses paisajísticos de Sorolla.

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