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Joven Ribera, El [exposición 2011]

A. P.


5 de abril– 28 de agosto.
Comisarios: José Milicua y Javier Portús.
Obras: 32.
Catálogo: Gabriele Finaldi, «′Se è quello che dipinse un San Martino in Parma…′ Más sobre la actividad del joven Ribera en Parma», pp. 17-29; Gianni Papi, «Ribera en Roma. La revelación de un genio», pp. 31-59; Javier Portús, «Teatro de emociones. La resurección de Lázaro o Ribera como ′pintor científico′», pp. 61-77; Nicola Spinosa, «Ribera y la pintura en Nápoles en la segunda década del siglo XVII», pp. 79-95.


La exposición reconstruyó los primeros años de la carrera de José Ribera, que transcurrieron primero en Roma y, a partir de 1616, en Nápoles; una etapa apenas conocida hasta comienzos del siglo XXI, y que, gracias a la investigación y a un interesante debate crítico, ha visto cómo el número de las obras romanas de Ribera se ha multiplicado. Durante ese periodo, Ribera estudió y reelaboró el lenguaje naturalista y en él se advierten varias fases desde el punto de vista de la escritura pictórica y de los intereses temáticos, y en la que consiguió hacerse con un nombre prestigioso entre los coleccionistas. La exposición estaba articulada en cuatro secciones; la primera, titulada «José de Ribera versus Maestro del Juicio de Salomón» reunía, el Juicio de Salomón, el Apostolado y la serie de los Sentidos. Las primeras fueron las piezas en torno a las cuales el historiador Roberto Longhi agrupó una serie de pinturas con características estilísticas homogéneas que atribuyó al llamado «Maestro del Juicio de Salomón» y la serie de los Sentidos sirvió a este mismo historiador para empezar a reconstruir la actividad de Ribera en Roma. En 2002 Gianni Papi, tras un minucioso análisis documental y estilístico, estableció la hipótesis de que las obras del llamado Maestro del Juicio de Salomón en realidad habían sido pintadas por Ribera en Roma. La segunda sección se titulaba «Ribera en Roma: Los cuadros de historia», y mostraba pinturas de historia realizadas en esa ciudad. La ejecución de esas obras sirvió al pintor no solo para mostrar sus capacidades, sino también para probar que el estilo naturalista era perfectamente adecuado para representar composiciones complejas, de acciones y afectos, algo que sus detractores negaban. En general, son obras de formato apaisado, protagonizadas por figuras de considerable tamaño, que se relacionan con una clientela secular, refinada y aficionada a la pintura. Entre ellas figuran La negación de san Pedro (Roma, Galleria Nazionale d’Arte Antica in Palazzo Corsini) o La resurrección de Lázaro, que adquirió el Museo del Prado en 2001. La tercera, «Entre Roma y Nápoles: medias figuras», mostraba figuras aisladas o en pareja, generalmente de medio cuerpo, y con frecuencia ante una mesa. Varias de ellas eran personajes bíblicos, pero también se incluían filósofos, cuya representación fue una de las aportaciones más importantes de Ribera al arte de su tiempo. La última sección estaba dedicada a Ribera en Nápoles, y permitía apreciar la extraordinaria transformación que experimentó el arte del pintor tras su establecimiento en esta ciudad a mediados de 1616, y su contacto con una nueva clientela. Mientras que los cuadros de composición que había hecho en Roma se caracterizan por su formato apaisado, su elevado número de personajes y su aspiración a convertirse en cuadros de historia, los que hizo durante su primera década en Nápoles fueron por lo general verticales y con un predominio de temas relacionados con la Pasión. La sección incluía algunas de las obras maestras de ese periodo, como el Calvario de la colegiata de Osuna o San Sebastián asistido por las santas mujeres del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

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