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Museo del Prado visto por doce artistas contemporáneos, El [exposición 1991]

Francisco Calvo Serraller


Noviembre.
Comisario: Francisco Calvo Serraller.
Obras: 48.
Catálogo: Francisco Calvo Serraller, «Andreu Alfaro», pp. 10-15, «Eduardo Arroyo», pp. 16-21, «Miguel Barceló», pp. 22-27, «Eduardo Chillida», pp. 28-33, «Ramón Gaya», pp. 34-39, «Luis Gordillo», pp. 40-45, «Guillermo Pérez-Villalta», pp. 46-51, «Albert Ràfols-Casamada», pp. 52-57, «Manuel Rivera», pp. 58-63, «Gerardo Rueda», pp. 64-69, «Antonio Saura», pp. 70-75, y «Gustavo Torner», pp. 76-81.
Entre el 24 de octubre de 1989 y el 30 de enero de 1990, se produjo en el Museo del Prado una experiencia, no solo original, sino, me atrevo a llamarla, histórica. Me refiero al curso promovido y organizado por la Fundación Amigos del Museo del Prado con el título de El Museo del Prado visto por los artistas españoles contemporáneos, en el que, como prometía la convocatoria, los asistentes tuvieron la oportunidad de escuchar a doce de los mejores artistas españoles de vanguardia y después debatir con ellos sobre los grandes maestros del pasado. Pero la importancia del evento cultural no se limitó a poder oír lo que dijeron al respecto doce indiscutibles figuras del arte vivo español -entre las que se encontraba desde el ya entonces octogenario Ramón Gaya hasta el entonces todavía muy joven Barceló- sino, sobre todo, a la constatación de que, en arte, presente y pasado son circunstanciales. No fue, por tanto, únicamente una experiencia instructiva, sino real­mente excitante. El entusiasmo suscitado por la iniciativa impulsó su publicación en 1990 en forma de libro, acompañando a las diversas conferencias de los artistas, la transcripción de los muy animados e interesantes debates posteriores. Quien asistió a dicho ciclo, o quien después leyera, o lea, el libro, comprobará la falsedad del tópico acerca de la «incapacidad» o «torpeza» que, a veces, se atribuye a los pintores que hablan o escriben sobre arte. Algunos de los textos tenían una excelente calidad literaria, pero todos, sin excepción, posesían un absoluto interés en lo que comentaban sobre arte. En todo caso, la pertinencia de la palabra de los artistas fue el feliz comentario de cómo el arte de los antiguos maestros había estimulado la creación de la obra propia, prolongando así la vanguardia, el intemporal misterio del arte. De esta manera, un paso llevó a otro: ¿por qué no proponer a estos mismos artistas vivos que actualizasen esa relación con los tesoros del Museo del Prado, y realizaran una obra nueva que plasmase ese diálogo del presente con el pasado? Todos los artistas, sin excepción, acogieron con entusiasmo la idea, que se concretó en cuarenta y ocho grabados (casi en su totalidad litografías), realizando cada artista cuatro obras. Aunque la iniciativa fue muy sugerente y novedosa, se trataba de una empresa muy complicada de llevar a la práctica. En primer lugar, se tenía que imponer un modelo común de edición, formato, número de estampas y técnica, que debía ser adoptado por los doce artistas, cada uno de los cuales pertenecía a una generación diferente, además de poseer una personalidad muy marcada, un estilo propio y un modo y lugar de trabajar diversos. Obviamente, de no ser por la generosa disposición de los autores y del encomiable esfuerzo de quienes coordinaron la iniciativa desde la Fundación Amigos del Museo del Prado, ésta no habría dado fruto. El resultado fue magnífico, y tuvo una respuesta extraordinaria por parte de los coleccionistas, pero el proyecto no acabó ahí. En noviembre de 1991, se exhibió la colección completa de las estampas en el Museo del Prado. Fue el primer y fundamental punto de exposición de una posterior itinerancia, que no solo recorrió muy diversos lugares de España, sino también del extranjero, contando siempre la muestra con el catálogo que elaboró la propia Fundación Amigos del Museo del Prado. Antes de que se acometiese esta iniciativa -ciclo de conferencias, libro, grabados y posterior exposición y catálogo correspondiente- presentada bajo el nombre de El Museo del Prado visto por doce artistas españoles contemporáneos, muy pocas instituciones se habían interesado en vincular el arte actual con el del pasado, dejando así que permaneciese el artificial foso de separación, creado en nuestra época, entre el arte histórico y el de vanguardia. Hubo alguna exposición notable, como la organizada por la National Gallery de Londres, con el título The Artist's Eye. Pero ese proyecto se limitaba a que un gran creador británico eligiese sus cuadros preferidos, entre los conservados en la pinacoteca, y los colgase a su gusto en una sala, a veces intercalando alguna pieza propia. El propósito y el alcance del proyecto de la Fundación Amigos del Museo del Prado fueron, por tanto, más amplios, más complejos, arriesgados y duraderos. En cierta manera, fue, desde mi punto de vista, un hito que, además, tuvo tanta y tan variada repercusión como las múltiples vertientes de la que constaba la iniciativa: la de oír en vivo a los artistas, la de leerlos o la de contemplar las obras creadas por ellos mismos. Me consta que, para muchos entre el variado elenco de asistentes, lectores o contempladores, el proyecto fue una revelación. Les hizo fijarse en obras del Museo del Prado, en las que no habían reparado hasta entonces, o no de la manera que ahora se les sugería; pero también les hizo descubrir el arte contemporáneo y, sobre todo, lo que para mí es más importante, reparar en la profunda unidad que enhebra la historia del arte, sea cual sea la época y la circunstancia de su producción.

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