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Sueño de Jacob, El [Ribera]

El sueño de Jacob [Ribera]

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Sueño de Jacob, El [Ribera]

Nicola Spinosa


1639, óleo sobre lienzo, 179 x 233 cm, firmado y fechado: «JUSEPE DE RIBERA F. / 1639» [P1117].
El tema representado, tomado del Antiguo Testamento (Génesis, 28, 11-22), ilustra un episodio de la vida de Jacob, donde éste, tras haberse quedado dormido camino de Harán, vio en sueños una larga escala que conducía al cielo por la que subían y bajaban filas de ángeles. El tema tuvo, a lo largo de los siglos, diferentes interpretaciones simbólicas o metafóricas, como la de san Juan Clímaco, para quien el episodio alude a la «escala de la virtud» que conduce a Dios a través de la constante y continua elevación del espíritu, o la de san Benito, para el cual se trata por el contrario de la Scala Humilitatis. En la época barroca, el tema del sueño de Jacob tuvo numerosas representaciones pictóricas, por lo general, con una clara tendencia a la plasmación espectacular del episodio con la escala transitada por ángeles como elemento central y en primer plano de toda la composición. En el lienzo de Ribera -pareja del San Pedro, libertado por un ángel, también firmado y fechado en 1639, de dimensiones casi idénticas y cuyo tema presenta soluciones compositivas semejantes a las adoptadas en El sueño de Jacob-, el aspecto humano y cotidiano del episodio bíblico es, sin embargo, lo que se evidencia y exalta en mayor medida: la presentación natural y vigorosa de la figura del patriarca, que aparece durmiendo, tendido en el suelo en la actitud y postura de un cansado viajero o de un perezoso pastor de ovejas y rebaños, junto al tronco nudoso e inclinado de un árbol casi despojado de hojas que le sirve de contrapunto, acentúa el desarrollo horizontal de toda la composición, al tiempo que la escala de ángeles -delicadas formas sugeridas por unas pinceladas rápidas y esenciales- casi se confunde y se disuelve en el torbellino del halo de luz dorada y difuminada que se eleva hacia las alturas, teniendo como fondo un paisaje apenas sugerido y un cielo dominante y claro. Es ésta una composición que, sin privilegiar el aspecto sacro o las intenciones simbólicas o metafóricas, tiende sobre todo a una representación muy lírica y cordialmente partícipe del episodio narrado. Con resultados no diferentes, a causa de la utilización rica y refinada, a la manera de los pintores «neovénetos» activos desde finales de la segunda década del siglo XVI en Roma y en el área mediterránea, de densas materias cromáticas luminosas y amplias, igual que en otras composiciones sacras y profanas del Ribera de mediados de la década de 1630, y con soluciones que, incluso en la plasmación esencial de los elementos paisajísticos y naturales o de las vastas extensiones de cielos tersos y de solar intensidad mediterránea, recuerda El sueño de Jacob los dos célebres Paisajes que el anciano maestro realizó, con un estilo equidistante entre Nicolas Poussin y Claudio de Lorena, en ese mismo año, 1639, para el conde de Monterrey, en Salamanca, (colección de sus descen­dientes los duques de Alba). Por otra parte, y debido justamente a sus calidades cromáticas y la serena representación lírica de sus aspectos humanos y naturales, desde finales del siglo XVII y hasta bien avanzado el siglo XX raramente reconocidas a Ribera, El sueño de Jacob fue atribuido en el siglo XVIII, cuando apareció en 1774 por primera vez en los inventarios de las colecciones reales del palacio de La Granja y luego, en 1794, en los del palacio de Aranjuez, nada menos que a Murillo, quizás porque la firma entonces, debido a las condiciones del cuadro, era poco legible. En 1818 pasó, atribuido adecuadamente a Ribera, de Aranjuez a la Academia de San Fernando, desde donde entró a formar parte definitivamente del Museo del Prado en 1827.

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