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Torterat, Athanase-Louis, conde Clément de Ris

Pierre Géal

(París, 1820-1882). Escritor francés. Cuando publica en 1859 su monografía sobre el Museo del Prado, Clément de Ris ya no es solamente el crítico de arte y de literatura conocido por sus artículos en L'Artiste y otros periódicos: desde 1852 participa en la organización de las Exposiciones de Bellas Artes y, desde 1853, ejerce como agregado a la conservación de los museos imperiales. En la introducción de su libro, este profesional de los museos señala las deficiencias y las cualidades más notables del Prado: critica la clasificación de los cuadros (que se limita a un agrupamiento por grandes escuelas), su colocación (que dificulta la contemplación), la compleja organización del edificio -cuya arquitectura no le agrada- y el catálogo (presentación confusa y contenido pobre); en cambio, la conservación y restauración de las colecciones le parecen satisfactorias, y encuentra muy acertado el uso de las esteras, que amortiguan el ruido de los pasos y protegen los cuadros contra la suciedad procedente del exterior. Dedica un solo párrafo a la colección de esculturas, tenida en poca estima por la dirección del ­Museo (ausencia de un catálogo), pero sí aprecia los bronces de Pompeo ­Leoni y considera que la fama de ­Solá y Álvarez solo se justifica desde una perspectiva patriótica. Como Viardot, subraya las lagunas que presentan las colecciones pictóricas, pero ningún museo es tan rico en obras maestras (sin embargo, no suscribe plenamente la selección de las mejores obras expuestas en la Sala de la Reina Isabel). Aborda sucesivamente las distintas escuelas de pintura, empezando por «las escuelas españolas», cuyo descubrimiento le causó un gran impacto. No le parece acertado hablar de la «escuela española», ya que Velázquez y Murillo son los dos únicos pintores de valía con producciones originales. Menciona La Trinidad, de El Greco, como su mejor obra, pero añade que el pintor murió loco y que esta locura queda reflejada en sus cuadros. ­Cano no le parece merecer la estima en que lo tienen los responsables del Museo. Encuentra bastante desigual la producción de Ribera, pero en sus mejores cuadros (Prometeo [hoy Ticio], El sueño de Jacob, El martirio de san Bartolomé [hoy El martirio de san Felipe]), rebasa el mero realismo y se revela como un pensador. Los cuadros de Murillo -cuyas «Vírgenes» le conmueven más que las de Rafael- que tiene el Prado le parecen inferiores a los del Louvre. Velázquez es el «rey» del Museo. Recalca su fecundidad, y lo caracteriza por su realismo; si prefiere considerar los retratos de los enanos o Esopo como estudios -hoy admirables por «el furor audaz de la pincelada»-, todo elogio le parece poco ante Los borrachos, Las hilanderas, Las meninas o La rendición de Breda; y sus retratos pueden rivalizar con los de Van Dyck. Considera que después de Velázquez se produce una decadencia, de la que exceptúa a Goya, cuya fogosidad original compensa las incorrecciones (El dos de mayo de 1808 en Madrid: la lucha con los mamelucos, que vio en un corredor ­oscuro, le parece un «gran esbozo hecho a puñetazos»). Entre los italianos, destacan los pintores venecianos (elogia, por ejemplo, el Asunto místico, de Tiziano, entonces atribuido a Giorgione). Pondera la calidad de El pasmo de Sicilia, o de La Virgen del pez, de Rafael, pero la autoría de ciertos cuadros que se le atribuyen no le parece segura. El Prado es el lugar adecuado para estudiar a Durero, y entre los pintores flamencos, le producen una fuerte impresión El triunfo de la Muerte, de Pieter Bruegel el Viejo, que entonces se atribuía a El Bosco, y los cuadros de Patinir, así ­como las obras incomparables de Rubens y Van Dyck.

Bibliografía

  • Clément de Ris, Athanase-Louis, Le Musée Royal de Madrid, París, Renouard, 1859.
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