Acantilados de la costa cantábrica
1900. Óleo sobre lienzo, 204 x 117,5 cmDepósito en otra institución
La obra, de gran monumentalidad y formato estrecho y vertical poco utilizado por el artista, es un buen ejemplo de la transformación obrada en su pintura hacia 1900. En efecto, tras haber participado en la Exposición de 1899 con una obra importante como Calma (Museo de Bellas Artes de Asturias, inv. 64) sin obtener premio ni especial éxito de crítica, a la Exposición siguiente, la de 1901, concurrió con un grupo de diez obras, entre las que destacaba esta. Atestiguaban una elección como asuntos de costas de acantilados que ofrecía una modernidad mayor que la amplia panorámica del cuadro de 1899.
La obra representa los cantiles del cerro de Santa Catalina en Gijón, motivo que frecuentó especialmente hacia 1899 -cuando presentó ese tema a la Exposición Regional de 1899 de Gijón- y 1900. Destacan las rocas en el primer término, con un volumen muy estructurado, casi geométrico en algunos puntos, resaltado por una luz intensa con un marcado contraste con las zonas en sombra. La composición es imponente, como deja ver el amplio recorrido de la línea del acantilado contra el cielo y la comparación con el tamaño de la única figura presente. Es también muy dinámica; el mar ocupa una zona triangular, en la que advierten cambios de color fruto de la observación directa, en tonos casi violetas y verdes en primer término, pintados con pinceladas largas y sueltas, que constituyen lo mejor del cuadro. Al fondo, la composición se cierra suavemente, en contraste con la aspereza del primer término, con el cabo de San Lorenzo.
En general los colores son más vivos e intensos que en su obra anterior y la superficie marina adquiere una apariencia bruñida. Este giro estético pudo deberse al deseo de obtener un mayor impacto y reconocimiento como pintor que dominaba todos los subgéneros de la marina, en unos años en que era creciente el cultivo de estos paisajes por los artistas. Además, pudo haberle influido la introducción del color en las reproducciones de Blanco y Negro, a las que el artista enviaba ya obras pintadas al óleo también en color que, de algún modo, tendían a parecerse cada vez más a las obras de caballete que presentaba a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Viceversa, las obras más elaboradas no dejaban de tener, a su vez, relación con las ilustraciones, lo que favorecía en ocasiones un cierto efectismo. Un crítico que había saludado a Martínez Abades como el marinista por excelencia del Cantábrico, Francisco Alcántara, advirtió el peligro de ese efectismo en su reseña del envío del artista en 1901. Otros, entre ellos Antonio Cánovas y Vallejo le reprocharon cierta dureza y sequedad. Sin embargo, fue seguramente la voluntad de renovación del artista la que le llevó a afrontar y resolver estos nuevos encuadres y motivos, de apariencia menos suave y más árida, pero de mayor modernidad, que además mostraban mejor su versatilidad como artista en la captación de las calidades materiales no solo del mar sino de los acantilados.
Fue adquirido por el Estado para el Museo de Arte Moderno, tras un informe favorable de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que lo tasó en 4000 pesetas, después rebajadas a 3000.
Barón, Javier, 'Juan Martínez Abades. Acantilados de la costa cantábrica'. El factor Prado: los depósitos del Museo Nacional del Prado., Museo de Bellas Artes de Asturias,, 2022, p.218-221 nº 50