Cabeza con corona de laurel
Hacia 1250. Mármol, 38 x 30 cmSala 058B
El Museo del Prado conserva veinte relieves de tamaños diferentes que proceden de la Colección Real, como atestigua el aspa con la que se marcaron las piezas pertenecientes al rey Felipe V (1683-1746). La identificación de las figuras no es posible, al carecer de atributos o inscripciones, y todas ellas comparten la sencilla ejecución de su labra. Las piezas están esculpidas sobre mármol, que se está analizando y que podría tratarse de un material de la Antigüedad reutilizado, como fue muy común a partir del mundo medieval.
Dentro de un formato ovalado irregular se han esculpido veinte cabezas de perfil, de varios modelos diferentes, pero todos ellos al modo tradicional de los emperadores romanos. Esta obra se corresponde con uno de los modelos, el que representa rostros de jóvenes imberbes que portan corona de laurel, con el cabello corto y la laurea aparece anudada en la nuca. Las pequeñas diferencias que se pueden observar en la anatomía podrían estar indicando la intencionalidad de mostrar una variación para representar a personajes distintos. Los relieves llenan prácticamente toda la superficie, como sucede en los camafeos, con los que presentan una estrecha relación y este ha sido uno de los aspectos esenciales a la hora de buscar un vínculo con sus orígenes.
Para la cronología de este conjunto se había propuesto, inicialmente los siglos XVII, XVIII (Coppel 1998: 397-441) y posteriormente el siglo XV, dentro de la órbita renacentista italiana (Clavería 2017: 275-278). Sin embargo, las extraordinarias coincidencias con una serie de al menos once piezas repartidas por Italia (Roma, Génova, Foligno o Espoleto) permiten proponer para ellas un origen común en el siglo XIII, dentro del estilo llamado “federiciano”, precisamente muy destacado en la glíptica (Cellini 2003: 71-86).
El nombre con el que se conoce este estilo artístico se debe al que caracteriza la producción realizada en tiempos de Federico II (1194-1250), rey de Sicilia y emperador del Sacro Imperio Romano, que estuvo constantemente enfrentado con el papado. Nieto de Federico Barbarroja, fue conocido como “stupor mundi” (asombro del mundo) y, además de ser políglota, tuvo inquietudes intelectuales en todo tipo de disciplinas. En sus monedas se retrataba como un nuevo Augusto y volvió la mirada hacia la Antigüedad, dando lugar a un proto-renacimiento en las artes plásticas.
Algunos de estos relieves se han puesto en relación con la decoración de un desaparecido monumento del Capitolio de Roma, cuya inscripción todavía se conserva en el palacio senatorial (Guarducci 2003: 87-98 y 99-108). Este monumento fue erigido para albergar los restos del carroccio, una simbólica carroza militar arrebatada por Federico a la Liga Lombarda en la batalla de Cortenuova, que el soberano regaló a la ciudad en 1237. Refuerza esta propuesta la existencia de dos de estos clípeos conservados en el claustro del monasterio de Tor de’Specchi de Santa Francesca Romana, en las inmediaciones del mismo Capitolio.
Este conjunto sería, por tanto, la expresión del modo en el que también se miraba a la Antigüedad durante el período medieval. Aquellos modelos iconográficos que entonces se acuñaron, siguieron siendo un elemento referencial en el siglo XIII, evocados con mayor o menor fortuna, por contener la sanción de la auctoritas del mundo clásico.