Fernando VII y María Josefa Amalia
Hacia 1821. Sanguina, Estilete sobre gelatina, 117 x 168 mmNo expuesto
En la práctica de los talleres dedicados a la edición de estampas, calcar dibujos para su reporte a la lámina de cobre constituye una de las tareas habituales exenta de creatividad. No ha de extrañar que los grabadores experimentasen con procedimientos que la simplificaran, en los que la transparencia de los papeles adquiere gran importancia. En la búsqueda de esa cualidad, el pintor y grabador Edmé Quenedey (1756- 1830) presentó en 1810 a la Société d’Encouragement pour l’industrie nationale, de París, unas hojas que denominó «papier-glace», fabricadas con cola de pescado y que podían utilizarse para calcar dibujos, ya que su transparencia y su superficie lisa permitían trazar con precisión lo que se veía a través de ellas. Desde 1816, este papel aparece varias veces en la prensa especializada como un nuevo producto al servicio de los grabadores.
El 29 de enero de 1817 Fernando VII concedió licencia a Rafael Esteve y Vilella para acudir a Francia e Italia y una asignación «para procurarse los instrumentos y útiles que le convengan a su objeto». A su regreso a España en 1818, las usó en distintos trabajos, entre ellos este calco en "papel cristal" (gelatina) de los retratos de Vicente López Portaña (1772-1850) de los reyes, cuya reproducción grabada ilustró el Calendario manual y guía de forasteros en Madrid para el año de 1820.
Esteve grabó en una sola lámina ambos retratos, como se muestran en el calco, y luego las estampas (G005924) fueron recortadas e incluidas individualmente en páginas sucesivas enfrentadas, anteriores a la portada del libro. Esteve calcó sobre estas hojas de gelatina los contornos de los dibujos de López sirviéndose de una punta metálica. Sobre la incisión aplicó lápiz rojo y a continuación colocó esa cara de la hoja sobre la lámina de cobre recubierta con cera para, mediante presión, traspasar el polvo del lápiz rojo a la cera. Posteriormente, comenzó el proceso del grabado, retirando con una punta metálica la cera de las líneas del contorno, de modo que, tras sumergir la lámina en aguafuerte, estas quedaron marcadas en el metal.
El grabador Rafael Esteve: 1772-1847, Madrid, Fundación Caja de Pensiones, 1986, p.96, nº 71