Lavadero en el Manzanares
1887. Óleo sobre lienzo, 233,5 x 306 cmDepósito en otra institución
Por su realismo, carácter dinámico y modo inmediato de tratar el motivo esta obra parece formar parte de la pintura que, a partir de 1889, triunfaría en las Exposiciones Nacionales dentro de la llamada pintura social. Es cierto que el motivo de las lavanderas había sido apreciado, debido a su pintoresquismo, por los pintores románticos, pero en este caso la representación de cerca de las lavanderas, con el niño descansando en un cajón y los pucheros y viandas en un primer término bajo los tenderetes de cañizo sobre pies derechos de madera y con la ropa limpia secando al sol, tiene todo el protagonismo. El paisaje de la ciudad madrileña es apenas una referencia en la que destaca la cúpula de San Francisco el Grande. El estudio de las luces y sombras en las telas extendidas está realizado con atención al natural, que capta un mediodía de otoño. Llama la atención la precisa observación del horizonte, donde entre las siluetas azuladas de los edificios y el cielo azul hay una ligera variación de color hacia el rosa y el amarillo. Especial relevancia asumen las diferencias entre los dos pilones, uno con el agua agitada y llena de jabón en la que lavan, y el otro, en el que aparece límpida y remansada, que refleja a dos de las lavanderas. El esfuerzo por captar plenamente el ambiente llevó al artista a mostrar cierta calígine o neblina producida por la evaporación de la humedad de las ropas tendidas al sol. La franqueza y desenvoltura de la ejecución, la preferencia por los tonos claros y la luminosidad de la atmósfera dejan ver la influencia de Emilio Sala, maestro de Pérez de Valluerca.
A pesar de que el artista no era conocido la obra obtuvo por unanimidad una tercera medalla y fue reproducida en varias revistas. Además, la crítica fue muy favorable. Fernanflor señaló: “Por todas partes tonos, tintas, gradaciones casi inapercibibles de color, de luz, de sombra; variedad infinita y dificultad inmensa de fijarla sobre el lienzo”. La animación y el carácter brioso del color llamaron la atención de los pintores. Hermenegildo Giner de los Ríos destacó el naturalismo de la obra y señaló: “este lavadero se parece al de Zola por la escrupulosidad con que retrata el natural”. Es posible que Giner se refiriera al lavadero que aparece en L’Assommoir -que se había publicado como folletín a partir de 1876-. El mismo crítico, tras alabar la plasmación de la luz, señalaba: “Uno por uno, todos los estudios de las infelices mujeres merecen aplauso incondicional por lo perfectamente encajados, por la corrección y la verdad”. En efecto, el esfuerzo que este trabajo implicaba y las enfermedades que a menudo acarreaba hacían de esta ocupación una de las más desfavorecidas del trabajo de la mujer, o incluso de las niñas, como se ve en la que está presente al fondo. Algunos de los tipos parecen norteños, pues era habitual que las mujeres de esta procedencia se dedicaran a este trabajo.
La obra, sustraída en su depósito del Museo de Cádiz en 1975, reapareció veinte años después, tras haber pasado por varios intermediarios, en la Colección Pedro Masaveu, cuando se abordó el catálogo razonado de las obras que pasaron en dación al Principado de Asturias.
Barón, Javier, 'Eusebio Pérez Valluerca. Lavadero en el Manzanares'. El factor Prado: los depósitos del Museo Nacional del Prado., Museo de Bellas Artes de Asturias,, 2022, p.238-241 nº 55