Pinos en la costa de Asturias
Hacia 1889. Óleo sobre tabla, 45,5 x 80 cmDepósito en otra institución
La obra evidencia la evolución del artista desde su primera etapa en la década de 1870, en la que seguía fielmente el magisterio de Carlos de Haes, hasta una interpretación más cercana a la de las obras de Casto Plasencia, con quien pintó en la colonia artística de Muros de Pravia, especialmente en 1888 y 1889. Lhardy formaba, con Alfredo Perea y José Robles, el grupo de artistas mayores que acompañaban a Plasencia. Los colores suaves que aquí empleó se acercan también a cierto paisajismo francés que apreciaba el artista, quien había pintado poco antes El Sena en Meudon (París). La evolución del pintor hacia una mayor finura descriptiva iba asociada a una búsqueda de un cierto preciosismo de paisajes muy serenos y como encantados. A pesar de cierto carácter abrupto de este paisaje, en los altos que protegen San Esteban de Pravia, con las rocas descarnadas por la erosión, domina una visión armónica y plácida, explícita en la suave caligrafía de las ramas horizontales de los pinos, entretejidas con sutileza ante un cielo de cambiantes y cuidadas entonaciones, en el que dominan unos delicados azules muy propios del clima cantábrico.
En su envío de cuatro paisajes a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1890, entre los que destacaba este, varios críticos percibieron la transformación del artista: “Aquella manera tosca, sin ser amplia; aquel procedimiento de copiar las grandes masas sin cuidarse de los detalles, ha sido sustituido por una factura fina y delicada, donde dentro de la masa general se ve el dibujo del detalle más nimio e insignificante”. Del mismo modo, Jacinto Octavio Picón señaló: “Ambos cuadros están justos de luz, tienen ese ambiente y frescura propios de todo trabajo hecho ante el natural sinceramente observado y denotan por la elección del lugar y el modo de interpretarlo un buen gusto que va llegando a su completa formación. Lhardy, juzgándole por estos trabajos, ha perdido enteramente aquella tonalidad negruzca, aquella hechura poco consistente de que adolecían sus anteriores obras, adquiriendo un sentimiento de la luz y una solidez y fineza de ejecución que le dan en entrada en el grupo de nuestros buenos paisajistas. [...] se nos antoja superior el [paisaje] que representa un cerrillo coronado de pinos, por cierto primorosamente dibujados, al través de cuyos troncos brilla la luz, que luego resbala dulcemente, modelando las sinuosidades del terreno”.
Y añadía, en el libro que publicó: “La mancha total de color es jugosa y fresca, como si las hierbecillas y arbustos estuvieran humedecidos en las salitrosas emanaciones del mar cercano”. Francisco Alcántara señaló que el paisaje estaba “más estudiado que los anteriores del autor, y [… su] delicada factura y finos grises atenúan algo la bravura de la naturaleza asturiana”. Por su parte Luis Alfonso indicó: “De los tres paisajes de Lhardy es, a no dudar, el mejor, siendo finos de entonación y de hechura los otros, el que copia unos pinos en la costa de Asturias. Es de sentir que el pintor no haya curado de monotonía a aquel trozo de naturaleza, rompiendo las dos líneas paralelas de los árboles y el terreno, y alterando la lisura e igualdad de todo el primer término, de uno a otro lado, con cualquier figura u objeto; pero si esto es verdad, lo es igualmente que color y claroscuro encantan, -aquél por lo fresco y lo justo, este por lo discreto y apropiado-, y que el pincel, al crearlos, ha descubierto finezas no menos encantadoras”.
La Exposición de Bellas Artes se inauguraba en mayo, de modo que es seguro que el artista comenzó el cuadro durante el verano anterior, el de 1889. Una noticia de la prensa local señalaba que el artista había llegado ya a Oviedo antes del 8 de julio, con tiempo suficiente para aprovechar el verano en la localidad de Muros, como había hecho, igualmente, el verano anterior, y como haría asimismo el siguiente. Esa campaña de 1889 fue una de las más fértiles de Lhardy en Asturias. Se conoce, al menos, un estudio preparatorio para esta obra, que representa la parte central hacia la izquierda, con el roquedo y los pinos (Madrid, colección particular). En el cuadro definitivo desarrolló mucho más los árboles, y pintó su ramaje desarrollando un gusto por el arabesco lineal.
Barón, Javier, 'Agustín Lhardy Garrigues. Pinos en la costa de Asturias'. El factor Prado: los depósitos del Museo Nacional del Prado., Museo de Bellas Artes de Asturias,, 2022, p.166-169 nº 37