Retrato de uno de los Siete Sabios de Grecia
Siglo II. Mármol.No expuesto
Un aspa de san Andrés tallada sobre el hombro derecho de esta figura delata la pertenencia de la misma a la colección del rey Felipe V y por lo tanto la vinculación de la obra con la Colección Real, al menos desde el siglo XVIII, aunque por el momento no haya sido posible detectarla con claridad en ninguno de los inventarios anteriores para conocer con precisión su procedencia.
La pieza es una recomposición de dos partes diferentes, la cabeza, en la que se ha repuesto la nariz, y el busto, cubierto con el arranque del paludamentum, que ha de tratarse de una configuración barroca. El mármol presenta alguna veta grisácea, pero los restos más ennegrecidos que se detectan sobre la superficie son el resultado de haber sobrevivido a un incendio, por lo que habría que pensar que acusaría la huella del sucedido en el Alcázar madrileño en 1734.
Stephan Schröder ha clasificado cronológicamente esta escultura como una obra del siglo II d. C., estableciendo comparaciones con otras figuras similares por el modo en el que se disponen aspectos tan particulares como los rizos que caen sobre la frente, como un rasgo que es posible compartir a la hora de buscar paralelismos de autoría. Sin embargo, las incógnitas se extienden a su propia identificación iconográfica. La posibilidad de establecer un parecido con la cabeza de un herma doble de la Villa Albani de Roma, que tiene en el otro lado el rostro de Periandro de Corinto (siglo VII a. C.), uno de los llamados “Siete Sabios de Grecia”, permite pensar que estaríamos ante un retrato de uno de los ilustres personajes que formaban parte de ese singular elenco, a pesar de que hasta la fecha no haya sido posible su individualización.
Como tantas veces se ha reiterado, es Plinio quien considera a Asinio Polión el promotor de la colocación en las bibliotecas públicas de Roma de los retratos de los autores célebres, cuyas obras allí se conservaban. La intención respondía a un interés por apresar de alguna manera su alma a través de la imagen, para que no solo su obra escrita, sino también su presencia física, establecieran un diálogo productivo con los lectores.
Desde entonces las figuras distinguidas de la Antigüedad grecolatina, también en el campo de la política, de la estrategia militar o de las bellas artes, han formado parte de las galerías y los repertorios gráficos como expresión de la necesidad de identificación de la excelencia a través de una incansable búsqueda de la verosimilitud en el retrato, que en definitiva hacía más creíble la producción escrita. Esa necesidad de "coloquio" con quien ya se dispone en una dimensión superior es la misma que animó a la creación de las colecciones de bustos-relicarios desde el mundo medieval, dotando de trascendencia a la representación antropomorfa para buscar la comunicación del hombre con lo inmortal.
Arias Martínez, Manuel, 'Anónimo. Uno de los siete sabios de Grecia'. En: Guido Reni, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2023, p.246 nº 37