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La obra invitada: Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá

Madrid Museo Nacional del Prado 03.03.2015 - 31.05.2015

”La Lechuga”, un tesoro del arte barroco, fue realizada en oro de 18 quilates en la entonces Nueva Granada por el orfebre José Galaz entre 1700 a 1707. Con 1.485 esmeraldas, 1 zafiro, 13 rubíes, 28 diamantes, 62 perlas barrocas y 168 amatistas, esta custodia no solo se considera como una de las joyas religiosas más ricas y hermosas de Hispanoamérica sino también es el testimonio de lo que sucedió durante el Barroco en tierra de orfebres, y de cómo este estilo artístico encontró nuevas dimensiones en un territorio en el que adundaban el oro y las esmeraldas, y en el que estaba aún viva la cultura indígena de los más destacados orfebres del continente.

Acceso

Sala 18A. Edificio Villanueva

Patrocinada por:
Fundación de Amigos del Museo del Prado
Con la colaboración de:
Banco de la República de Colombia

Multimedia

Exposición

La obra

La obra
Custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá, conocida como “La Lechuga”
José de Galaz
Oro fundido, calado, con esmaltes e incrustaciones de piedras preciosas. 80 cm altura. 1700-7
Bogotá, D.C., Colombia. Colección de Arte – Banco de la República

En esta custodia se observa, en la parte superior, un sol decorado con 22 rayos mayores ondulantes que rematan en pequeños soles adornados con esmeraldas y 20 rayos menores que rematan en perlas barrocas. En la parte superior del sol, se encuentra una cruz con esmeraldas y, como decoración, rodeando este sol, figuras de hojas de vid y de pequeños racimos de uvas, símbolos de Cristo y la eucaristía. Esta es la parte más importante de la custodia, pues está destinada a exponer a la vista de los fieles, dentro del habitáculo o viril bordeado también por perlas y 63 rayos, la sagrada hostia.

En la parte media, se observa la figura de un ángel con las alas extendidas y los brazos elevados que sostienen el sol. Este tipo de imaginería fue característica de la Compañía de Jesús, comitente de la custodia, que usó las representaciones angélicas como estandarte de su evangelización en América. Los jesuitas tomaron la imagen del ángel como parte fundamental del ejército de Dios en los cielos y se identificaron con el culto angélico al concebirse a sí mismos como parte del ejército espiritual al servicio de Cristo en la tierra.

Debajo del ángel se ubican dos nudos abarrocados de donde, con toda seguridad, el sacerdote tomaba la custodia para elevarla y mostrarla a los fieles. Finalizando se encuentra la peana, que constituye la base de la custodia, con ocho lóbulos. Ahí el orfebre remató su obra con una decoración de hojas de acanto y nuevamente hojas de vid y uvas donde, además, se observan, como soportes de la custodia, algunas figuras zoomorfas y querubines intercalados.

La custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá es, sin duda, uno de los grandes ejemplos de las custodias denominadas “mayores” y joya indiscutible del trabajo en oro en el Nuevo Reino de Granada que ha dado pie a múltiples leyendas. Es de admirar que “La Lechuga” se haya mantenido íntegra hasta la actualidad, ya que, desafortunadamente, durante los procesos independentistas muchas de las piezas religiosas fueron decomisadas y fundidas para subvencionar la lucha tanto de los realistas como de los patriotas. Protegida por los sacerdotes de la Compañía de Jesús, esta custodia logró superar la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles ordenada por Carlos III en 1767, la segunda expulsión dispuesta por José Hilario López en 1850 y la tercera expulsión a manos de Tomás Cipriano de Mosquera en 1861. Se dice que estuvo oculta durante todos esos años y que nunca salió del país a pesar de las expulsiones. Solo hasta fines del siglo XIX, cuando los bienes confiscados les fueron devueltos a los jesuitas, la custodia volvió a aparecer en la iglesia de San Ignacio de Bogotá, donde se la podía admirar en ciertas oportunidades o en celebraciones especiales.

En 1985 el Banco de la República de Colombia compró la custodia directamente a la Compañía de Jesús que con anticipación había pedido autorización a la Santa Sede para su venta. Desde entonces ha sido pieza fundamental de la Colección de Arte del Banco y se exhibe de forma permanente y gratuita en el Museo de Arte del Banco de la República en Bogotá como testimonio del arte virreinal.

Barroco en tierra de orfebres

Barroco en tierra de orfebres
Detalle. Custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá, conocida como “La Lechuga”
José de Galaz
Oro fundido, calado, con esmaltes e incrustaciones de piedras preciosas. 80 cm altura. 1700-7
Bogotá, D.C., Colombia. Colección de Arte – Banco de la República

En los territorios de la actual Colombia, los metales como el oro y la plata, eran conocidos, explotados y trabajados por las distintas comunidades indígenas. La elaboración de objetos utilitarios y ceremoniales entre los que se encontraban pectorales, diademas, joyas y figuras de ofrenda, a los cuales en múltiples oportunidades se les adosaban piedras preciosas como las esmeraldas, dan cuenta de que la orfebrería indígena fue de excelente calidad y evidencia el conocimiento de variadas técnicas de fundición, soldadura y aleaciones, así como el uso del repujado, el martillado y el vaciado de metal a la cera perdida. El empleo de estos metales preciosos estaba relacionado con las prácticas religiosas de las comunidades indígenas, las cuales llamaron la atención de los conquistadores españoles desde el momento del encuentro.

Si bien los indígenas contaban con una importante tradición orfebre, como dan cuenta las espléndidas piezas que se han conservado hasta hoy y que evidencian la calidad del trabajo de los pueblos prehispánicos que habitaron los territorios de la actual Colombia, se sabe que fueron aislados del trabajo con piedras preciosas y metales de valor desde el inicio de la colonización española en el Nuevo Reino de Granada. El control sobre la mano de obra indígena fue riguroso; sin embargo, en regiones como la actual Bolivia, fue más laxo y se conocen algunos nombres de plateros de origen indígena.

La Conquista de América estuvo incentivada desde el inicio por la búsqueda de metales preciosos y por el ideal de adquirir prestancia y poder. En el Nuevo Reino de Granada se encontraron importantes yacimientos mineros que empezaron a ser explotados desde el siglo XVI. La Corona española, consciente desde el principio de la abundancia de metales preciosos en América, decretó diversas leyes y creó instituciones para su control. En 1504 impuso el pago del quinto real, impuesto que era recaudado por las cajas reales y que consistía en la entrega del 20 % del oro y la plata hallado. Si bien existía esta norma, muchas veces no se cumplía, y quien hallaba oro y plata, por lo general, no quintaba el metal para no ver reducida su ganancia. Gran cantidad de metal salió de la Nueva Granada con destino a España: oro extraído de las minas de Antioquia, Chocó y Cauca o hallado en ríos e incluso convertido en lingotes provenientes de la fundición de piezas orfebres realizadas por los indígenas.

Otras instituciones fundamentales para el control del metal en el nuevo continente fueron las Casas de Moneda, que tenían como función principal la acuñación de monedas de oro y plata. La Casa de Moneda de Santafé, por ejemplo, fue fundada en 1621 y, gracias a los importantes hallazgos auríferos de la región antioqueña, fue la primera en América en acuñar monedas de oro. La Corona española trató de controlar también el manejo de los metales a través del gremio de los plateros. Cuando eran hallados yacimientos de oro, plata y piedras preciosas, se corría la noticia con rapidez y así, procedentes de tierras españolas y portuguesas, llegaron al nuevo continente muchos artesanos expertos en el trabajo con metales. En corto tiempo se conformó el gremio de los plateros en tierras americanas, se fundaron talleres con maestros, oficiales y aprendices y realizaron infinidad de piezas que mezclaban las tendencias estilísticas españolas y americanas.

Aunque se conoce la gran calidad del trabajo orfebre de las comunidades indígenas prehispánicas que poblaron nuestro territorio, es poco probable que trabajaran como obradores dentro de los talleres de los plateros pues incluso había prohibiciones para contratar mano de obra indígena, a pesar de que participaran como mano de obra en la extracción del oro en minas y ríos. Tal vez laboraban como aprendices, realizando los trabajos más bajos, pero no en el papel principal de maestro del taller.

El oficio de la platería

El oficio de la platería
Detalle. Custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá, conocida como “La Lechuga”
José de Galaz
Oro fundido, calado, con esmaltes e incrustaciones de piedras preciosas. 80 cm altura. 1700-7
Bogotá, D.C., Colombia. Colección de Arte – Banco de la República

En la actualidad, la palabra platero sirve para designar al artesano que trabaja exclusivamente con plata; sin embargo, entre los siglos XVI y XVIII, en la Nueva Granada esa denominación se usó, sin distinción, para los trabajadores del oro y la plata. También se sabe, gracias a la documentación hallada en archivo, que se utilizó el término oribe para aquellos artesanos que se dedicaban, específicamente, al arte de la joyería.

La platería fue uno de los oficios más destacados de la sociedad colonial y su lugar en la escala social estaba dado por la calidad y riqueza de los materiales con los cuales se trabajaba. Se crearon cofradías de plateros que sobresalían por el lujo y la ostentación con los que realizaban las procesiones y celebraban las fiestas en honor a su santo patrono, san Eloy. Incluso el espacio físico que ocupaban dentro de la ciudad tenía renombre y denominación propia: la calle de los Plateros, que en muchas ciudades latinoamericanas todavía se conserva en la actualidad.

Si bien los plateros neogranadinos tuvieron siempre una formidable factura en sus obras, el siglo XVIII se destacó por los grandes trabajos elaborados en oro y plata y por el influjo cultural del territorio, gracias a que la Nueva Granada se convirtió en virreinato y se incrementó la demanda de objetos de lujo. Los principales clientes eran los conventos, las comunidades religiosas y los españoles ricos que hacían evidente su poder por medio de los utensilios de plata y oro. Básicamente, se realizaron dos tipos de encargos a los plateros: los ornamentos religiosos y los objetos utilitarios. Las piezas que se realizaban debían ir grabadas, por lo general, con el año y nombre del artífice de las mismas, las marcas del quinto real, la marca de la ciudad y la firma del platero que las elaboraba. Muchas piezas no fueron marcadas debidamente y, en la actualidad, este hecho dificulta su identificación, datación y determinación de origen.

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