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La obra invitada: Retrato de caballero, Velázquez

Museo Nacional del Prado. Madrid 19/10/2012 - 27/01/2013

La obra se presenta por primera vez en España en homenaje a Plácido Arango, presidente del Real Patronato del Museo durante los últimos cinco años y patrono emérito del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, del que procede la misma.

Patrocinada por:
Fundación de Amigos del Museo del Prado

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Exposición

Retrato de caballero, Velázquez

Retrato de caballero, Velázquez
Retrato de caballero
Diego Velázquez
Óleo sobre lienzo, 68, 6 x 55,2 cm
1630 – 1635
Nueva York, The Metropolitan Museum of Art. The Jules Bache Collection

La relación entre ambos dejó sus primeras huellas en 1765, cuando Azara reclamó la colaboración de Mengs para diseñar la medalla conmemorativa del enlace de los príncipes de Asturias.

José Nicolás de Azara

José Nicolás de Azara (Barbuñales 1730 - París 1804) tuvo una amplísima proyección nacional, desde su primer cargo como oficial de la Secretaría de Estado en 1760, e internacional, por sus puestos diplomáticos en Roma durante más de treinta años; y en París, de 1798 a 1803, como embajador durante la delicada situación política del último decenio del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX. Sus numerosas amistades de altísimo nivel cultural y político, le muestran en contacto con personajes de la relevancia de Winckelmann, teórico del arte antiguo, y del famoso tipógrafo Bodoni, pero también del papa Pío VI y políticos, como Godoy en España o Napoleón y Talleyrand en Francia, entre otros.

Antón Rafael Mengs

En 2009, este retrato masculino, que se exponía en las salas del museo de Nueva York atribuido al círculo de Velázquez, fue enviado al taller de restauración. A medida que se avanzaba en su limpieza se fueron haciendo más evidentes sus cualidades, que llevaron a Jonathan Brown a publicarlo como original de Velázquez. Con ello se le restituía una paternidad que había mantenido hasta 1963, cuando José López-Rey afirmó que en el estado de conservación que se encontraba entonces, no era posible asegurar que se trataba de un Velázquez.

Ese estado de conservación estaba relacionado con los avatares del cuadro. Desde el siglo XVIII había pertenecido a colecciones privadas alemanas, hasta que en 1925 o 1926 pasó a manos de Joseph Duveen, el marchante de pintura antigua más importante de su tiempo. Con objeto de facilitar su salida comercial, hizo restaurar el cuadro atendiendo a criterios que satisficieran las expectativas del coleccionismo internacional. Esa intervención creó un fondo homogéneo, definió las partes del tronco que estaban simplemente abocetadas, convirtió el cabello en una masa uniforme y, en general, dio lugar a una imagen muy estática y uniforme, una sensación que el envejecimiento del barniz no hizo sino aumentar.

La última restauración ha liberado al cuadro del corsé en el que estaba atrapado, y ha revelado recursos técnicos y estrategias de representación típicamente velazqueñas. El fondo ya no es uniforme, sino vibrante, y construido a base de sutiles gradaciones lumínicas que sirven para crear profundidad y animar la figura, una fórmula que aparece en otros cuadros de Velázquez, como el Retrato de hombre del Wellington Museum.

Igualmente, esta restauración permite comprobar cómo Velázquez rectificó sobre la marcha la posición de la cabeza, y cómo el cabello –lejos de ser una masa compacta y estática- es dinámico y animado, a pesar de ha sufrido bastante desgaste.

Esa sensación general de dinamismo y animación que tiene el cuadro, conseguida a través de vibraciones luminosas y una distribución muy sabia de los grados distintos de acabado, avalan su atribución a Velázquez, como también la avala otra de las características de la obra: la sensación que transmite de haber sido hecha sin apenas esfuerzo.

Se desconoce la identidad del modelo. Su comparación con el Autorretrato de Valencia y con el que aparece en Las Meninas llevó a Mayer, hispanista alemán fallecido en 1944, a plantear la posibilidad de que el pintor se hubiera representado a sí mismo. Sin embargo, esa misma comparación desvela más diferencias que semejanzas, pues todos los seguros o supuestos autorretratos velazqueños sugieren una piel más oscura y unos rasgos más marcados. En cambio, sí llaman poderosamente la atención sus semejanzas con el soldado anónimo que aparece en el extremo derecho de Las Lanzas, al que durante el siglo XIX, no en la actualidad, se consideró también Autorretrato.

Actividades

La obra invitada

2012

2013

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