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Historia

Las hilanderas. Una historia en imágenes

Recurso interactivo sobre la obra Las hilanderas o la fábula de Aracne de Velázquez.

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Las hilanderas es una pintura sobre la Pintura y sobre la tradición pictórica. Interpretado durante mucho tiempo como una simple escena cotidiana -la visita de unas damas de la corte a un taller de tapicería- este cuadro encierra en realidad una fábula mitológica: la disputa entre Palas y Aracne, transmitida por Ovidio en las Metamorfosis.

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Aracne era una joven tejedora de la región de Lidia, famosa por su habilidad y destreza en el trabajo de la lana. Mucha gente de los alrededores acudía a verla trabajar y ella, orgullosa de su éxito y fama, llega a afirmar que podía ser considerada, incluso, más hábil que la propia Palas, diosa de las artes y protectora del arte textil.

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La diosa Palas, disfrazada de anciana, se presenta en el lugar y exhorta a Aracne a no considerarse superior a una diosa, contentándose con ser la mejor entre las mortales. Aracne responde que estaría dispuesta a enfrentarse a la citada diosa, que se manifiesta como tal. A continuación, ambas tejerán un tapiz para ver quién es considerada la mejor tejedora.

Al igual que había hecho en varias obras de juventud, Velázquez subvierte el orden lógico de la composición, desplazando el desenlace de la historia al fondo y colocando en primer plano una escena aparentemente sencilla e intrascendente, el trabajo de dos mujeres en un taller de tapicería.

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Como en una representación teatral, esta joven abre una cortina para mostrarnos el trabajo de las dos tejedoras.

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Velázquez contrapone las figuras de Palas y Aracne, tanto a nivel compositivo como iconográfico.

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Palas, que está trabajando con la rueca y el huso, es una mujer de edad avanzada, con el cabello cubierto por una toca. Está de frente y vemos su rostro, pero queda en una ligera penumbra.

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Aracne es una mujer joven, con el cabello recogido en un moño. No vemos su rostro al estar situada de espaldas, pero su blanca camisa intensamente iluminada atrae la mirada del espectador. Sostiene un ovillo y trabaja con la devanadera.

Al colocar en el plano intermedio a este personaje sin rostro, Velázquez consigue que nuestra atención se dirija al fondo de la composición.

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La escalera es, tradicionalmente, un símbolo de la Sabiduría, que se consigue paso a paso, peldaño a peldaño.

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El vellón alude al trabajo paciente y continuo que se necesita para transformar esa masa informe de lana en fibras aptas para el trabajo textil. Lo mismo ocurre con la educación y formación de las personas, que debe ser constante y progresiva.

El jurado encargado de mediar en la disputa entre Palas y Aracne decide que la joven tejedora lidia es la ganadora.

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La presencia de la viola de gamba es desconcertante. Puede aludir a Palas como diosa de la música o bien hacer referencia a la música como antídoto contra la picadura de la araña (Aracne).

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Tres damas de la corte, vestidas y peinadas a la moda del siglo XVII, integran el jurado.

Descontenta con el veredicto del jurado, Palas golpea a Aracne y castiga su osadía convirtiéndola en araña, animal que pasa su vida tejiendo. De esa manera, el tapiz tejido por Palas -que representaba los castigos de los dioses a los hombres- se hace real.

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Palas, con un casco en la cabeza, alza su brazo derecho en actitud amenazadora, a punto de descargar su ira sobre Aracne.

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Aracne, sorprendida por la actitud de la diosa, mueve su mano derecha pidiendo explicaciones de por qué es castigada.

Para representar el tapiz hecho por Aracne -dedicado al rapto de Europa por parte de Zeus metamorfoseado en toro- Velázquez utilizó un cuadro del mismo tema pintado por Rubens, que a su vez había copiado un lienzo de Tiziano. De ese modo rendía homenaje a esos dos artistas.

En fecha indeterminada -el siglo XVIII- el lienzo original de Velázquez fue ampliado por los laterales y por la parte superior. Actualmente el cuadro se expone de tal manera que esos añadidos no son visibles.

Realizado en la etapa final de la carrera de Velázquez, hacia 1655-1660, este cuadro fue propiedad de don Pedro de Arce, montero del rey Felipe IV, y no entró en las colecciones reales hasta el siglo XVIII. Formó parte del selecto grupo de obras colgadas en el Real Museo del Prado en el momento de su apertura al público en 1819.

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