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Ribera y Fernández, Juan Antonio

1779 - Madrid, 1860

Ribera es, por delante de José de Madrazo y del alicantino José Aparicio (1770-1838), el mejor y más facultado pintor neoclásico español, aunque su fama ha quedado algo oscurecida por la proyección de sus compañeros, así como por su humilde carácter personal, que ralentizó en cierta medida su carrera artística.
Discípulo de Francisco Bayeu (1734-1795) y del imaginero José Piquer, padre del escultor del mismo nombre, ganó un segundo premio en el año 1802, en el concurso de la Academia de San Fernando por una copia de una obra del Museo del Prado, "Caída de Cristo camino del Calvario" de Rafael, lo que le fue recompensado con una pensión del rey para viajar a París. Durante varios años fue en dicha ciudad discípulo de Jacques Louis David (1748-1825), tiempo en el que pintó al calor del más riguroso Neoclasicismo su obra "Cincinato abandona el arado para dictar las leyes a Roma" hacia 1806, fecha en la que se registró como alumno en la Escuela de Bellas Artes de París. Esta pintura, una de las más reconocidas de su época y obra cumbre del Neoclasicismo español, le valió al artista la ampliación de la pensión que venía disfrutando, así como una firme oferta del embajador ruso en París para marchar a trabajar a la Corte de San Petersburgo, oferta que finalmente rehusó.
En 1812 fue nombrado pintor de cámara por Carlos IV y, concluida su pensión, acompañó a este monarca durante su exilio en Roma. En aquellos años su esposa dio a luz al único hijo que siguió el oficio de su padre, el reconocido retratista romántico Carlos Luis de Ribera (1815-1891). Allí, ocupado en realizar una larga serie de pinturas religiosas y continuar su labor como copista, fue recibido como académico de San Luca. De ese tiempo destaca una de las pinturas más impresionantes de su carrera, "Cristo crucificado" del Palacio del Pardo, así como sus cuatro "Alegorías de las Estaciones", pertenecientes al Prado.
Al término de la guerra de la Independencia, fue confirmado en su puesto cortesano por Fernando VII, y en 1818 regresó a España. Recibido en la Real Academia de San Fernando de Madrid en 1820 como miembro de número, realizó retratos reales y en 1825 se ocupó de pintar el "Parnaso de los grandes hombres de España", en una de las bóvedas del Palacio del Pardo. Cuatro años más tarde pintó al fresco, en la bóveda de la sala contigua al famoso salón Gasparini del Palacio Real de Madrid, la Apoteosis del rey Fernando de Castilla. En 1826 formó parte de la comisión encargada de recorrer los Reales Sitios para recopilar pinturas para el Real Museo del Prado, y el año siguiente fue elegido teniente director de estudios de la Academia, institución en la que desde 1838 sería nombrado profesor de Dibujo del natural.
El 26 de mayo de 1857 Isabel II le nombró su primer pintor de cámara y director del Real Museo de Pinturas tras la dimisión de José de Madrazo en ese puesto. Su labor al frente del Museo se caracterizó por su especial atención a la restauración de las pinturas antiguas, que había motivado la dimisión de Madrazo, así como por el incremento de la seguridad y la mejora de sus infraestructuras básicas, reeditándose por quinta vez el catálogo del Real Museo, vigente hasta 1868 (G. Navarro, C. en: El siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, p. 485).

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