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Villanueva, Juan de

Madrid, 1739 - Madrid, 1811

Arquitecto de la segunda mitad del siglo XVIII, el más grande entre los neoclásicos españoles. Nació en Madrid el 15 de septiembre de 1739 en el seno de una familia de artistas. Su padre, Juan de Villanueva, era escultor, oriundo de Asturias. Su hermano mayor, Diego, también arquitecto y profesor de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, le ayudó en sus primeros pasos y le formó en el clasicismo.
Después de estudiar con brillantez en la Academia obtuvo una pensión para trasladarse a Roma en 1758. Permaneció en Italia hasta 1764; estos' años de estudio fueron decisivos para su formación y para la formulación de su estética personal. Estudió concienzudamente los monumentos de la Antigüedad y en ellos encontró, como sus compañeros de otros países, las bases filosóficas de la arquitectura neoclásica. Tuvo especial cuidado en analizar los órdenes de los monumentos antiguos para llegar a una depuración de estos elementos, tan alterados por la tradición barroca. Por eso encontramos en las columnas de V. ese rigor, elegancia y fidelidad al clasicismo romano.
Al volver a España el primer encargo que tuvo V. no respondía a sus gustos ya su formación, pero lo cumplió escrupulosamente. Se trataba de dibujar las Antigüedades árabes de Granada y Córdoba. En ello estaba muy interesado Jovellanos. La Academia encargó la dirección de estos trabajos a José Hermosilla. De todas maneras, el mérito contraído en la comisión de los planos de Granada y Córdoba le valió a V. ser nombrado académico de mérito de la de San Fernando en 1767.
La verdadera carrera del arquitecto comienza con su traslado a El Escorial, invitado por la comunidad de religiosos jerónimos, para hacerse cargo de obras y repasos en tan famoso monasterio. Parece ser que el encargo se lo debió a Antonio Ponz, el célebre anticuario y erudito autor del conocido Viaie de España (1772-94). El mismo Villanueva, en un memorial a la Academia, dice que aceptó dicho cargo para perfeccionarse estudiando en aquel insigne edificio y en su copiosa biblioteca. A la formación clásica adquirida en Roma se unió la severidad de la norma herreriana y esto acabó de completar la personalidad del arquitecto neoclásico.
Su buena estrella le había encaminado a El Escorial, donde no sólo se hallaba en un ambiente artístico propicio, sino en la proximidad de la corte, máxima dispensadora entonces de encargos capaces de promover y estimular el genio creador. Para los príncipes encargó Carlos III al arquitecto, que entonces tenía 33 años, la construcción de dos casitas o casinos de recreo, según la moda italiana, que le valieron mucho crédito y fama. Son las dos famosas casitas de El Escorial, la del Príncipe y la llamada de Arriba. Los encargos reales se sucedieron en El Escorial: primero la llamada casa de Infantes y luego la casa del Ministro de Estado que completan la Lonja del monasterio con tanta fidelidad como lo hubiera hecho el propio Herrera. Años más tarde -1786- construye otro pequeño Casino en El Pardo donde en pequeño se advierten algunas ideas que desarrolla en su obra magna, el Museo de Ciencias Naturales, hoy Museo del Prado.
Desde entonces sigue una carrera ascendente, que le lleva a ocupar los más eminentes puestos en su profesión. En 1786 es promovido al cargo de director honorario de Arquitectura de la Academia de San Fernando, donde, desde 1774, era Teniente director. También en 1786 alcanza el puesto de arquitecto y fontanero mayor de la Villa de Madrid. En 1789 es nombrado arquitecto maestro mayor en los Palacios y Sitios Reales. En 1792, la Academia de San Fernando le elige director general. A la muerte de Sabatini en 1798 hereda su puesto de director de las obras del Real Palacio. En 1802, Carlos IV le honra con el título de intendente honorario de Provincia.
Sus grandes obras, su gran predicamento, se inician en los últimos años del reinado de Carlos 111, contando seguramente con la ayuda del conde de Floridablanca. Sabatini declinaba en su prestigio y valimiento, mientras el arquitecto madrileño ascendía. A Floridablanca, protector de las artes, interesaba proteger a los profesores y artistas españoles. Goya nos dejó un admirable retrato del arquitecto, pintado posiblemente a raíz de su elevación al cargo de director general de la Real Academia en 1792. Nos es, por tanto, conocida no sólo la faz sino hasta la psicología del personaje, en el momento de mayor prestigio y actividad de su carrera. Entre 1785 y 1808 inicia y construye sus grandes obras: el Gabinete de Historia Natural, hoy Museo del Prado; el oratorio del Caballero de Gracia, la columnata del Ayuntamiento, la reforma de la Plaza Mayor, el Observatorio Astronómico.
Madrileño por nacimiento y residencia, en su ciudad natal le sorprenden las tristes jornadas de la invasión francesa. No presta juramento al rey José, y muere en Madrid aislado y desengañado el 22 de agosto de 1811. La obra que compendia y resume todo su estilo y toda su filosofía es el Museo del Prado, la mejor creación arquitectónica del neoclasicismo español y una de las obras cumbres de este estilo en la arquitectura universal. En este edificio se manejan los órdenes clásicos con elegancia, rigor y exquisitez notables y, no obstante la disciplina académica, existe en su arquitectura una novedad, un brío y un afán de variedad y contraste que denuncian en el artista un sentimiento precursora mente romántico. Por el uso decidido de los materiales castizamente madrileños, el granito serrano y el ladrillo, su obra encaja perfectamente en el ambiente de Madrid que él supo caracterizar como nadie. Dejó una pléyade de discípulos, Isidro y Antonio González Velázquez, Antonio López Aguado, Custodio Moreno, Pedro de Zengotita Vengoa, etc., que le siguieron con un fervor rayano en la idolatría. Así, su escuela pudo permanecer hasta bien entrado el s. XIX, hasta el reinado de Isabel II. Las calamidades de la patria impidieron la realización de obras importantes que hubieran dado días de gloria a su nombre ya su escuela (Chueca Goitia, F.).

Bibliografía:

Caveda, I.: Memorias para la Historia de la Real Academia de San Fernando y de las Bellas Artes en España, Madrid, 1867.

Schubert, O.: Historia del Barroco en España, Madrid, 1926.

Loredo, R.: La arquitectura del siglo XIX, IV, Madrid, 1925.

Pauli, G.: El arte del clasicismo y del romanticismo, en Historia del Arte Labor, XIV. p. 29.

Kubler, G.: La arquitectura de los siglos XVII y XVIII, en Ars. XIV, 1957.

Chueca Goitia, F.; De Miguel, C.: La vida y las obras del arquitecto Juan de Villanueva, Madrid, 1949 (es la obra más completa y documentada dedicada a Villanueva. Con ella podrá completarse la bibliografía).

Chueca Goitia, F.: El Museo del Prado, Madrid, 1952.

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