Francisca Aparicio y Mérida, marquesa de Vistabella
1892. Óleo sobre lienzo, 251 x 151 cmDepósito en otra institución
Representada de cuerpo entero, ataviada con un espléndido traje de soirée, apropiado, según la moda francesa, para asistir a conciertos o a bailes de salón. Quizás el posado ligeramente en movimiento, con un pie adelantado, y la prenda de abrigo echada, sugiera el momento de la partida hacia un hipotético esparcimiento. Sobre el vestido de brocado y perlas, un sobrecuerpo de raso enmarca un talle encorsetado del que pende una larga cola que recoge y luce a su derecha. Un elegante echarpe, ribeteado de piel y forrado en seda rosa, cubre parcialmente su espalda y el hombro izquierdo, enmarcando parte del amplio escote de la dama, que queda adornado con gasas y un ramillete de lilas, quizás arrancado del centro floral que a la izquierda equilibra el encuadre, en un socorrido recurso compositivo de reminiscencias románticas. El posado se sitúa en un interior en el que adquiere gran protagonismo el tapiz floreado con orla ancha del fondo, de colorido intenso que contrasta en exceso con la gama apastelada de toda la figura. La precisión dibujística, la pincelada ágil y suelta, la brillantez cromática, los matices cambiantes de las texturas de los paños y el destacado equilibrio compositivo van marcando las señas de identidad del pintor que se distinguió por ser uno de los grandes retratistas de la alta sociedad de finales de siglo, a quien sabía agradar en sus retratos con una dosis muy contenida de sobriedad en el rostro y otra muy profusa de ambientación y ornato que ponía en evidencia el estatus social de los representados, recursos todos ellos aprendidos en su periplo formativo en París y en el contacto con los pintores españoles y extranjeros que allí se encontraban como Raimundo de Madrazo, Meissonier, Miralles, Palmaroli, Jiménez Aranda, Zamacois o Egusquiza, entre otros. Francisca Aparicio nació en el seno de una familia adinerada de Quetzaltenando (Guatemala), en la década de 1860, y muy joven casó con el general Rufino Barrios, un caudillo denominado El panterista de triste recuerdo por su tiranía para los guatemaltecos que lucharon con él en 1885 al frente del Ejército de la Unión Centroamericana en el intento de adhesión de Honduras y El Salvador. La crónica negra del momento proporcionó detalles escabrosos sobre la conjura que acabó con el magnicidio del general y el envío de su corazón, en un envase de vidrio, a su viuda, quien en su huida hacia el exilio en Estados Unidos no dudó en arrojarlo por la borda del navío a las aguas del Pacífico. Posteriormente, en segundas nupcias, casó en Nueva York, hacia 1888, con el diplomático español José Martínez de Roda, que fue senador del Reino y maestrante de Ronda y a quien le fue otorgado en 1898 el título del marquesado de Vistabella. A la muerte, sin descendencia, del marqués en 1899, el título nobiliario pasó a su esposa y después a los hijos del primer matrimonio de ella, siendo la otorgante del legado María Barrios y Aparicio, cuarta marquesa de Vistabella y tercera hija del matrimonio guatemalteco. En el generoso legado se incluía también el retrato de idéntico formato del primer marqués de Vistabella realizado en 1895 por Salvador Martínez Cubells (P04035), así como otro retrato de Francisca Aparicio realizado al pastel por el pintor Pablo Antonio Béjar, fechado en 1911. Por la efigie joven que representa este último, es probable que se trate de un retrato póstumo idealizado, por lo que se puede suponer que el óbito de la marquesa tendría lugar en fechas próximas a 1910. El Museo conserva también del pintor un estudio de busto de la retratada, de la misma procedencia, fechado en 1889 (P04684), con idéntico peinado, que quizás haya podido servir de modelo para el retrato definitivo, aunque hay que señalar la evidencia de una fisonomía más joven.
Gutiérrez Márquez, A., Francisca Aparicio y Mérida, marquesa de Vistabella (1892). En Barón, J.: El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2007, p.162, nº54