Gorguera II
2007. Aguafuerte sobre papel, 500 x 650 mmNo expuesto
Blanca Muñoz ha tenido una inspiración constante en las obras del Museo del Prado y ha reinterpretado en varias ocasiones, desde una visión contemporánea y muy personal, una parte de la indumentaria española del siglo de Oro. El tema de la gorguera lo ha llevado al campo de la escultura y la estampación. Gran parte de su obra se desarrolla mediante estructuras metálicas, principalmente de acero inoxidable de diferente grosor, que le sirven como andamiaje para mostrar las infinitas trayectorias parabólicas de los cuerpos en un espacio einsteineano, que no es sólo relativo, sino el escenario de una energía en expansión luminosamente visible.
En sus dos obras conservadas en el Museo del Prado, Blanca Muñoz ha encontrado en las gorgueras que se pusieron de moda a finales del siglo XVI y a lo largo del XVII un motivo perfectamente ajustado a sus intereses artísticos. Estos espectaculares cuellos ornamentados, formados por una ancha tira de tela blanca escarolada mediante pliegues almidonados, constituían un llamativo reclamo de radiante luminosidad en medio del severo traje negro, pero, además de este vistoso contraste, servían como separación marcada entre la espiritual testa y el resto más “animalizado” del cuerpo. Las gorgueras, en suma, eran algo así como el rutilante pedestal que sostenía la cabeza, que, de esta manera, no sólo estaba virtualmente aureolada con la hipotética corona de fulgurante santidad, sino también físicamente en luminosa flotación mediante ese platillo volador del cuello encañonado. Gorguera 1, de Blanca Muñoz, es de una estriación como emplumada, cada una de cuyas radiantes lengüetas forman un collar curvo, sobre el cual vibra un haz de radios metálicos parabólicos, que destilan sus fugaces brillos cono si fueran hilos acuáticos de una fuente, tanto más prodigiosamente visibles cuanto danzan sobre un fondo negro impenetrable. Gorguera II es como una rosquilla de bucles, cuyo perfil reticular, como de diminutas hojas entrecruzadas, se nos hace constantemente visible, burlando las leyes de la perspectiva clásica, y genera, por su parte, los rayos metálicos a lo largo del trazado elíptico del cuello, al que ahora no corona, sino que rodea con su energía en expansión horizontal.
Calvo Serraller, Francisco, Doce artistas en el Museo del Prado, Madrid, Fundación Amigos del Museo del Prado, 2007, p.54-57