La Inmaculada de El Escorial
Hacia 1665. Óleo sobre lienzo, 206 x 144 cmSala 017
Entre los éxitos iconográficos conseguidos por Bartolomé Esteban Murillo se encuentran sus versiones de la Inmaculada Concepción. El modelo que propuso el pintor conquistó al público no solo por la belleza y la ternura que emanan sus figuras, sino también porque entroncaban a la perfección con la intensa devoción popular que se vivía en el siglo XVII. En Sevilla, como en otras ciudades de la Europa católica, la creencia en torno a la concepción sin pecado original de María suscitó importantes debates, puesto que no fue compartida por todas las órdenes religiosas. Mientras que los dominicos se mantenían escépticos, los franciscanos y los jesuitas perseveraban en la aprobación de este dogma, movilizando al pueblo hispalense y elevando la causa a un problema de índole nacional. Los recursos culturales fueron ampliamente utilizados para convencer a los fieles a través de la conquista de los sentidos, organizándose certámenes literarios que dieron como resultado pegadizos cánticos y encargándose numerosas imágenes de la Inmaculada.
Si bien esta temática surgiría en Italia y España en el siglo XVI, a lo largo de la centuria sucesiva las composiciones se fueron simplificando, culminando en las propuestas de Murillo. De las complejas alegorías que explican la pureza de María a través de la genealogía de Jesucristo —como puede verse en ciertas obras de Giorgio Vasari (1511-1574) y Luis de Vargas (h. 1505-1567)—, surgieron otros modelos en los que se asociaba a María con la mujer apocalíptica a la que se refiere san Juan y a los atributos que se citan en las letanías lauretanas. En el primer tercio del siglo XVII fueron varios los artistas que definieron una misma representación con estas características, destacando Francisco Pacheco (1564-1644), quien fijó en el Arte de la pintura (Sevilla, 1649) el modo canónico de elaborar este asunto. Murillo siguió algunas de estas recomendaciones, como los colores para las vestimentas y la luna a los pies, pero fue reduciendo el número de elementos, incluyéndolos en un fondo celestial con tonos dorados.
Murillo demuestra conocer la tradición iconográfica de la escuela sevillana y además las obras de otros maestros italianos que pudo contemplar. Para la Inmaculada Concepción “La Colosal”, realizada para la desaparecida iglesia del convento de San Francisco, debió inspirarse en la versión que José de Ribera (1591-1652) hizo para el templo de las agustinas de la Purísima Concepción de Salamanca. Sin embargo, también tuvo en cuenta un grabado de Simone Cantarini (1612-1648) con la Asunción y Coronación de la Virgen. De esta manera, el pintor manifestó una admiración por la producción de ciertos maestros foráneos contemporáneos, cuyas composiciones combinaba para crear novedosos ejemplares.
No obstante, el cuadro que mayor influencia ejerció en la evolución de esta tipología fue la Inmaculada de Guido Reni del Metropolitan Museum de Nueva York, la cual se hallaba muy probablemente en la catedral de Sevilla en el siglo XVII. Una comparación con la obra aquí analizada permite observar que la figura principal en ambos casos sigue un esquema similar, con María dispuesta sobre la luna y una rodilla adelantada, así como una análoga expresión en el rostro. Mayores concomitancias guarda con el lienzo de Murillo expuesto en el oratorio de San Felipe Neri de Cádiz, en el que se incluyó la corona de estrellas sobre un fondo muy luminoso y el grupo de ángeles. Sin embargo, Murillo introduciría ciertas particularidades que la harían conectar de una manera más directa con los fieles españoles, incluso se podría pensar que buscaba presentarla con un mayor decoro, pues todas las veces cubrió los pies de la Virgen. Antes de que trascendiera la procedencia hispalense de la obra de Reni, August L. Mayer ya señaló que la parte superior de la Inmaculada “de Aranjuez” era similar a la Asunción de la Virgen de Reni custodiada entonces en la Gemäldegalerie del Kunsthistorisches Museum de Viena. Posteriormente, Alfonso E. Pérez Sánchez volvería a distinguir una influencia directa entre otra Inmaculada de Murillo conservada en la Colección Ishizuka de Tokio y una de Reni que se conserva en la iglesia de San Biagio de Forlì.
La Inmaculada de El Escorial recibe este apelativo porque se exhibió en la Casita del Príncipe de ese complejo monástico hacia 1787 tras su adquisición, la cual se llevaría a cabo probablemente en Sevilla por Carlos IV, barajándose las hipótesis de que hubiera pertenecido hasta entonces al ebanista Baltasar Angelo o al naturalista Pedro Franco Dávila (1711-1786). Se data convincentemente tras la promulgación por Alejandro VII de las dos bulas a favor del dogma de la Inmaculada, hacia 1665, cuando se considera que el pintor recibió numerosos encargos que contentó con diversas variantes de un mismo esquema, para evitar que se localizaran repeticiones en la misma ciudad.
Japón, Rafael, 'Bartolomé Esteban Murillo. La Inmaculada de El Escorial'. En: Guido Reni, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2023, p.298-300 nº 56