Las habaneras
1864. Óleo sobre lienzo, 126 x 176 cmNo expuesto
En la pintura realizada en Sevilla, desde el inicio del Romanticismo, se había popularizado el cuadro de costumbres. En ellos normalmente se representaban diversiones o entretenimientos propios de las clases populares, y también los tipos masculinos y femeninos vestidos con la indumentaria característica de cada lugar u oficio. La llegada de numerosos extranjeros que querían llevarse obras con este tipo de imágenes hizo que muchos pintores se dedicaran de manera prioritaria a este tipo de obras. Aunque al principio eran de pequeño tamaño, a partir de mediados de siglo se hicieron a un mayor tamaño. Este cambio estuvo condicionado por el nacimiento de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, donde los artistas debían acudir con cuadros de mayor tamaño, que pudieran captar más fácilmente la atención del público y del jurado que debía valorar las obras. El género se adaptó muy rápido a este nuevo lenguaje, que en muchos casos supuso también que las escenas se hicieran mucho más complejas, con mayor número de figuras.
Esto sucede en este cuadro realizado por Rodríguez de Guzmán, uno de los pintores de mayor calidad entre todos los que se dedicaron a la pintura de costumbres. Este artista nació en Sevilla, ciudad donde trabajó ya en este tipo de obras, y marchó a Madrid en 1853, donde seguiría desarrollando su carrera. A partir de entonces representó a menudo las costumbres populares de Madrid, aunque, en casos como este, se recoge un baile que entonces resultaba completamente novedoso y que, por tanto, carecía aún del carácter de "tradicional". Las habaneras son un género musical que se había originado en Cuba unas décadas atrás y que llegó a España poco después. A mediados de siglo estas canciones ya se habían adaptado para ser bailadas y adquirieron una gran popularidad en Madrid. Ya entonces se conocían como "habaneras", en alusión a La Habana, capital de Cuba.
En el centro de la escena aparecen tres parejas: dos de ellas están formadas por un soldado con una mujer. Las tres bailan al son de la música que interpreta un pequeño grupo de músicos que se encuentran bajo el árbol: uno de ellos, posiblemente ciego, toca la guitarra; otro la dulzaina y un niño el triángulo, mientras la mujer mayor canta.
Hay diversos elementos que indicarían que este baile sucede en los alrededores del río Manzanares, que entonces discurría fuera de la ciudad de Madrid: la presencia de ropa de color blanco tendida en un segundo término, los dos jóvenes de la izquierda, que aparecen elevados sobre el resto de personajes y con la ropa recogida en una sábana anudada, y también la frondosidad de los árboles, característica de los que están cerca de los ríos. El cauce del río Manzanares fue empleado hasta el siglo XX por las mujeres para lavar la ropa, como muestran numerosos pintores. Al fondo se destaca un edificio que contiene una inscripción en la parte superior alusiva a su función: se trata de una posada, un tipo de establecimiento frecuente en las entradas a Madrid, que daba servicio a muchos de los viajeros que llegaban a la ciudad.
La presencia de un gran número de personajes enriquece la escena, tanto como la diversidad de colorido de sus respectivos trajes. No obstante, todos ellos pertenecen a las clases populares y no hay ninguno que presente la indumentaria característica de otras zonas de España, a pesar de que en muchas de las pinturas de costumbres madrileñas era frecuente que aparecieran representados diferentes tipos provinciales, dado que Madrid ya era entonces una ciudad que congregaba a personas procedentes de todos los lugares de España. En esta escena, sin embargo, se busca que ninguno de los personajes tenga un protagonismo destacado para remarcar así el carácter eminentemente popular y anónimo de sus personajes. No obstante, el pintor se muestra muy atento a los detalles, de gran naturalidad: la joven sentada en el primer término que sujeta la espada y el tahalí de uno de los soldados que está bailando, la mujer en la esquina inferior izquierda que da de mamar a su hijo, y al fondo la joven que peina a una compañera. Finalmente, el pintor muestra su especial sensibilidad en el manejo de las luces, dispuestas siempre de forma sutil para enfatizar la parte central de la composición (Martínez Plaza, Pedro J., en Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).