Orla decorativa para la portada de un libro
1730 - 1739. Lápiz negro, Estarcido sobre papel verjurado, 300 x 208 mmNo expuesto
Matías de Irala, el autor de esta Orla decorativa para la portada de un libro, nació en Madrid en 1680 y, aunque se dedicó a la pintura, destacó como grabador. Juan Agustín Ceán Bermúdez nos cuenta cómo comenzó a dibujar desde «la tierna edad» avanzando sobre todo gracias a la copia de «estampas extranjeras». Compaginó el arte con su otra vocación: la religiosa. Tomó el hábito de franciscano en el convento de Nuestra Señora de la Victoria de Madrid en 1704 y desde entonces, con el apoyo de su comunidad, permaneció en su celda cuarenta y nueve años consagrado por completo a su talento artístico. Recurrió al buril para grabar todo tipo de estampas, tanto de género religioso como profano, destacando especialmente como ilustrador de libros. Y no descuidó el anhelo por aprender hasta su último suspiro, pues en el mismo año de su muerte, acaecida en 1753, con setenta y tres años, ingresó como alumno en la recién creada Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Esta obra es un calco procedente de un dibujo hoy desconocido. Gracias a las marcas de hiladas se sabe que estuvo cosido a otro papel y por tanto, lo que se ve no ha sido trazado con lápiz ni tinta, sino que sus perfiles se conforman únicamente por las diminutas perforaciones llevadas a cabo con la aguja. El único rastro de lápiz negro que hallamos se encuentra en el verso de la hoja, a consecuencia del frotado. De esta Orla decorativa no se ha hallado ninguna estampa y por tanto se desconoce el motivo para el que se diseñó. Se trata de la posible exaltación de un triunfo militar que presenta dos escenas con los dioses del Olimpo bajo un remate de querubines músicos, figuras recurrentes en la obra de Irala. La composición se cierra en la banda inferior por una batalla entre cristianos y musulmanes, en la que destaca el estandarte con la cruz de la Orden del Santo Sepulcro. Gutiérrez Pastor sugiere la posibilidad de que estuviera destinada a ilustrar alguna edición de la Jerusalén liberada, de Torquato Tasso (1581); o quizá alguna apología de Godofredo de Bouillón, por ser el fundador de la orden, así como algún relato de las cruzadas. También podría haberse creado con la intención de servir de frontispicio para la obra Defensorio de la religiosidad de los cavalleros militares, de Íñigo de la Cruz Manrique de Lara (1731), de cuya portada Ceán afirma que Irala fue el responsable, aunque finalmente quedó ilustrada con una imagen de la Inmaculada Concepción. Fuera como fuere, tampoco debemos desestimar que tuviera un propósito gráfico como modelo para incluir en su Método sucinto.
Con todo ello, este calco es espejo del momento artístico que Irala contribuyó a desarrollar. Sumergido entre la bisagra del cambio dinástico de los Austrias a los Borbones, del paso del rococó hacia el estilo neoclásico, fue impulsor del influjo francés e italiano a la par que modelo del arte autóctono de su país. La aparente soledad de su celda no le privó de explorar; conoció el mundo a través de las estampas y los libros y, con el tiempo, llegó a perfeccionar su técnica hasta lograr el reconocimiento que hoy le damos. La meticulosidad del picado sobre esta hoja, casi imperceptible al ojo, es muestra del sosiego y del silencio del fraile, pero también de la tenacidad y maestría del artista.