Paisaje de Gredos
Siglo XIX. Óleo sobre lienzo, 53,7 x 64,7 cmNo expuesto
El autor de esta obra fue uno de los nombres propios del paisaje en la pintura española del siglo XX, cuya influencia perviviría durante décadas, gracias a su magisterio en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Esta pintura ofrece una visión del género distinta y complementaria a la de otros paisajistas contemporáneos como Joaquín Mir y Eliseo Meifrén. El lienzo es un buen ejemplo de la estela de Antonio Muñoz Degrain, maestro de Martínez Vázquez, en el desarrollo de este género durante la primera mitad del siglo XIX.
Martínez Vázquez convirtió la Sierra de Gredos en el motivo esencial de su producción, por encima de otros parajes y ciudades que visitó a lo largo de su extensa trayectoria, hasta el punto de ser conocido popularmente como "el pintor de Gredos". Y en ello debió influir no sólo su identificación con los parajes donde se desarrolló su infancia (había nacido en Fresnedilla, una pequeña población de la provincia de Ávila a la vera del Tiétar), sino también la riqueza natural y la diversidad de motivos de inspiración que aquellos encierran. Aunque el artista representó a menudo rincones concretos, muchas veces asociados a determinadas poblaciones (como Guisando), en otros casos optó por ofrecer una visión ideal del entorno. En estas obras, entre las que se encuentra la del Prado, consigue reunir, de manera armónica, formaciones graníticas dispersas en distintas localizaciones y elementos de la flora, como los piornos y los árboles retorcidos por el viento. Todos ellos suponen el verdadero signo de identidad de esta sierra, y por ello comparten el protagonismo. Así, aunque las elevaciones montañosas del fondo recuerdan al Espaldar de los Galayos y a La Mira, en realidad se trata de un paisaje esencial, donde interesa sobre todo representar una visión ideal del entorno que recoja aquello que lo singulariza. No extraña, por tanto, que el mismo autor titulase de forma genérica muchas de las obras de Gredos, y que, por esto mismo, la del Prado deba identificarse de esta forma.
Por otro lado, el paisaje responde a un tipo de composición habitual en sus vistas de Gredos: las rocas del primer término y los árboles que se yerguen en sombra en uno de los lados (en este caso el izquierdo) y crecen hasta la parte superior del lienzo, preceden a las formaciones montañosas del fondo, bañadas con una luminosidad muy marcada. Estas, además, aparecen nevadas parcialmente -a diferencia de otras obras de estos años donde la nieve las cubre por completo (por ejemplo, Las nieves del Cervunal, MNCARS)- y se recortan sobre un celaje que apenas ocupa una estrecha franja en la parte superior. El cielo suele presentarse de esta misma forma en el extenso catálogo del abulense, que trata así de enfatizar la grandeza del interior de la montaña y el carácter agreste del entorno. Este aparece bendecido, en el lienzo del Prado, por el regalo primaveral de los piornos en flor, cuyo protagonismo le otorga especial singularidad; a esto último también contribuye la ausencia de toda huella humana, a cuya presencia suele aludir normalmente mediante alguna construcción o figuras de pastores, que aquí sin embargo son inexistentes. Como ocurre con otros cuadros de estos años (como Primavera en Gredos, 1931, Academia de Bellas Artes de San Fernando), aparece también un curso de agua en primer término, en este caso a la derecha.
Al igual que la composición, la técnica y el colorido también son características de su pintura en las décadas de 1920 y 1930. En estos años el artista recurre con especial asiduidad a las entonaciones anaranjadas y a los malvas, tanto para las rocas como para los árboles, cuyos ramajes incluso se perfilan con estos tonos. Unas y otras, en realidad, son herencia de la formación con Muñoz Degrain, al igual que la visión grandiosa de la naturaleza, aquí despojada, eso sí, de cualquier ensoñación cromática. La pincelada, en ocasiones moteada (como en la vegetación de la zona del piedemonte), se aplica de una forma más suelta y ligera (especialmente visible en los matorrales del ángulo inferior derecho) que en su obra posterior, donde se hará más empastada, alargada, fluida y densa. Aquí incluso deja entrever la preparación del lienzo en algunas partes, sobre todo en la parte inferior, donde la pincelada es más suelta y ligera, al igual que otras obras anteriores a 1936.
Martínez Plaza, Pedro José, 'Eduardo Martínez Vázquez. Paisaje de Gredos'. Memoria de actividades del Museo Nacional del Prado 2020, Madrid, Ministerio de Cultura y Deporte,, 2021, p.80-82