Ramón de Errazu
1879. Óleo sobre tabla, 224 x 96,5 cmSala 062B
Obra maestra del artista, representa la plenitud de su estilo en el desempeño del retrato mundano, según una personalidad propia que trasciende el concurso de diferentes y variadas influencias. Realizado un año después de la obtención de una primera medalla en la Exposición Universal de París de 1878, revela la seguridad de la madurez. Se trata, además, de un retrato de un amigo íntimo, que era a la vez un destacado coleccionista cuyo papel en la misma Exposición de 1878 fue determinante, pues prestó numerosas obras de su propiedad debidas a Fortuny, Rico y al propio Raimundo de Madrazo, contribuyendo decisivamente al éxito del conjunto. También Errazu, que había comenzado su colección poco antes, debió de sentirse reforzado en su gusto artístico por las alabanzas que la crítica deparó a sus cuadros, de modo que el retrato llevado a cabo por su amigo y probable consejero en sus adquisiciones, venía así a reforzar la mutua consideración y estima.
La amistad entre el pintor y Errazu, manifestada en la dedicatoria, y el conocimiento profundo de su personalidad, le llevaron a realizar una interpretación del rico y refinado personaje que acentúa la elegancia del modelo sin que resulte artificioso. Raimundo de Madrazo se había formado con su padre y en la tradición velazqueña del Museo del Prado, que aquí manifiesta en varios aspectos: el acercamiento a la monocromía de la composición, la ambigüedad del espacio, sin separación entre el plano horizontal y el vertical, la combinación entre elegancia y naturalidad en la actitud del modelo, la colocación y estilización de los pies y la pincelada larga que aparece en los fondos. Por otra parte, Madrazo se hizo en París progresivamente receptivo al estilo que triunfó en el retrato francés desde el Segundo Imperio, convirtiéndose él mismo, en el último cuarto del siglo, en uno de los más cualificados retratistas del gran mundo parisino. Así, el propósito de dar una mayor elegancia a la figura le llevó a estilizarla haciéndola más alta y esbelta, lo que puede confirmarse muy bien si se compara el retrato pintado con los fotográficos de André-Adolphe-Eugène Disdéri que de Errazu conserva la Bibliothèque Nationale de France. Una estilización parecida puede apreciarse en otros retratos del artista, como los de la marquesa d`Hervey de Saint Denis (París, Musée d`Orsay), amiga de Errazu y una de las más significadas damas de su círculo, a la que pintó Raimundo años después.
La peculiaridad del formato, muy vertical y estrecho, del retrato, puede estar relacionada en alguna medida con la influencia de las composiciones de las estampas japonesas que, como sus amigos Mariano Fortuny y Alfred Stevens, conocía bien el artista, atraído, como ellos, por la riqueza de color del arte extremo oriental. De todos modos el formato vertical realza aquí sobre todo el distinguido alargamiento de la figura, favorecido por la distinción con la que viste el elegante traje con el que está pintado y como única joya, un grueso anillo de oro que sujeta la corbata blanca. Por último, el carácter difuso del fondo, en contraste con los precisos perfiles de la figura, se vincula con el retrato fotográfico (Texto extractado de Barón, J.: El siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 328-332).