Julián Romero y su santo patrono
1612 - 1618. Óleo sobre lienzo, 207 x 127 cmNo expuesto
Un caballero, arrodillado y orante, es acogido y presentado, ante lo que suponemos una visión sagrada, por otro caballero, situado en segundo término. Este último está de pie, lleva armadura y, sobre ésta, una capa verde oscuro salpicada de flores de lis doradas. A la derecha, sobre el suelo, descansan una corona y un yelmo empenachado. A la izquierda del espectador, el basamento y parte del fuste de una monumental columna definen y cierran el espacio. En una de las caras del basamento puede leerse una inscripción que identifica al primer caballero como Julián Romero (c. 1518-1578), un valeroso soldado que alcanzó, entre otros, el grado de capitán de los Tercios. Fue uno de los artífices del triunfo de Felipe II en la batalla de San Quintín (1557) y participó en importantes campañas en Holanda e Italia. La inscripción contiene un error sobre el personaje, pues le hace nacido en Antequera (Málaga) cuando el nacimiento de Julián Romero se produjo en Cuenca, de donde era su madre, Juana Romero, nacida probablemente en Torrejoncillo del Rey. Es en el siglo XVIII cuando parece perderse la idea de que Julián Romero era conquense. Por lo tanto, debe pensarse que la inscripción es bastante posterior al retrato, concebida para ayudar a reconocer al valiente soldado.
Pese al texto que acompaña la obra, la identificación de los dos personajes no ha sido unánime. En cualquier caso, ha resultado más problemática la identificación del personaje con armadura. Por su actitud, se ha deducido que se trata de un santo protector, un intermediario celestial, sobre cuyo reconocimiento hay diversidad de opiniones: ha pasado por ser san Luis de Francia, el condestable de Borbón, san Julián el Hospitalario, san Guillermo de Aquitania o san Teodoro; aunque todas las razones argüidas para aducir estos nombres resultan insatisfactorias. La probabilidad de que se trate de san Luis de Francia se fundamenta sobre todo en los atributos que le acompañan: el manto flordelisado y la corona que descansa en el suelo, aunque no haya aparentemente motivos para que este santo y rey francés acompañe al caballero que, desde el frente español, combatió con éxito a las tropas francesas.
Estamos ante un retrato de una cierta complejidad compositiva, cuya comprensión visual se completaría con un elemento exterior, con toda probabilidad una imagen religiosa, que da sentido a la devota actitud de los dos personajes. La composición se explicaría por una ubicación en alguna capilla, como ya insinuó Cossío y justificó Elías Tormo en 1927, cuando puso en relación el lienzo con la fundación de un convento en Madrid por parte de la hija de Julián Romero, doña Francisca Romero, en 1612. Aunque no está probado que provenga del referido convento, la posibilidad parece razonable.
Las fechas que se vienen proponiendo para la realización de la obra oscilan entre el decenio de 1585 y 1595, aduciéndose la proximidad estilística con otras obras de ese periodo. Por nuestra parte, compartimos la opinión de Soehner, que consideró que, además de la infrecuente composición, ni el estilo de los pliegues, la disposición de las figuras o el dibujo de algunos detalles de los ojos responden a la estética del Greco. Por ello piensa que estamos ante una copia característica del siglo XVII con una pincelada muy plana, y un insólito empleo de marrones para conformar las sombras en el hábito blanco o en las carnaciones. Habría que añadir que nos hallamos ante una pintura de construcción muy superficial, sin los matices y transiciones cromáticas propias del cretense ni la intensidad expresiva característica de los rostros del Greco. Por todo ello, pensamos que la obra debió realizarse en fechas tardías, tal vez siguiendo premisas o un modelo del cretense, pero sin la participación de éste. Según Cossío, la pintura fue descubierta por Manuel Gómez Moreno a finales del siglo XIX, pasando luego a la colección de Leopoldo Eguilaz. Es posible que en París fuera adquirida por Luis de Errazu y Rubio de Tejada, pues fue en esa ciudad donde tanto este coleccionista y empresario mexicano como su hermano Ramón adquirieron una parte importante de sus pinturas. Luis de Errazu legó la tela al Museo del Prado en 1926, tras cederla algún tiempo a la Casa Museo del Greco, en Toledo (Ruiz Gómez, Leticia, en Martínez Plaza, Pedro J., Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).