Esta escena muestra a la virgen María como una bella adolescente que mira con cariño a su hijo Jesús.
La Virgen está sentada y tiene la cabeza un poco inclinada.
Ella sostiene al niño de forma delicada y le mira pensativa.
El niño, que está de espaldas al espectador, levanta la cabeza hacia su madre y mueve sus piernas nervioso.
Él busca su pecho con una mano y, con la otra, levanta el velo de la Virgen.
Madre e hijo se miran, pero la mirada de la Virgen es más triste, como si presintiera la futura muerte en la cruz de su hijo.
Esta sensación de la Virgen se nota por su mirada hacia abajo, su piel casi transparente y los dedos estirados y rígidos con los que sujeta al niño.
En vez de contar una escena de la Biblia, Morales pinta una imagen devocional, a la que se puede rezar.
Por eso, pinta solo a la Virgen y al niño sin más personajes ni más detalles, y los pinta sobre un fondo negro.
Además, no pinta solo una escena religiosa, sino que también representa el amor de las madres hacia sus hijos.