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Concurso

El Prado en 205 palabras

Concurso de microrrelatos

La historia del Museo del Prado y de sus colecciones está en constante transformación gracias a cada una de las voces de las personas que lo habitan y que se recogen a través de los programas públicos y de mediación.

Con motivo de su aniversario, el Museo Nacional del Prado convoca el concurso de microrrelatos El Prado en 205 palabrasuna apuesta por deslocalizar su colección y llevarla más allá de sus muros, viajando a través de la escritura.

El concurso es de ámbito internacional y consiste en escribir microrrelatos inspirados en alguna de estas cinco obras indicadas a continuación. Cada uno de los cinco microrrelatos seleccionados se podrá leer en una cartela que se expondrá durante tres semanas junto a la obra que lo ha inspirado:

Los relatos aportarán nuevas lecturas de las obras y no podrán superar las 205 palabras, tantas como años cumple el Museo del Prado este mes de noviembre.

Descarga las bases y participa a través del formulario que encontrarás a continuación desde el 19 de noviembre hasta el 19 de diciembre.

¡Haz que tu microrrelato transforme nuestra mirada sobre las obras del Museo!

Con la colaboración de:
Escuela de Escritores
Más información
Web de "Escuela de escritores"
Calendario
Del 19 de noviembre hasta el 19 de diciembre

Actividad

Fallo del jurado

El Jurado de la primera edición del concurso de microrrelatos El Prado en 205 palabras, formado por integrantes del Coordinación General de Educación del Museo del Prado y del claustro de Escuela de Escritores, se reunió el miércoles 29 enero de 2025 para seleccionar el microcuento ganador, los cuatro accésits y los siete finalistas de esta convocatoria en la que se presentaron 2.444 textos entre los pasados días 19 de noviembre y 19 de diciembre de 2024.

Los microcuentos presentados a concurso debían inspirarse en alguna de las cinco obras de la colección propuestas por el Museo del Prado: Perro semihundido, de Goya; Una artista, de Aurelia Navarro; Hermafrodito, de Matteo Bonuccelli; Vista del jardín de la Villa Medici de Roma, de Velázquez y Sísifo, de Tiziano.

Todos los textos presentados fueron objeto de una primera lectura realizada por docentes del claustro de Escuela de Escritores, que seleccionó 20 finalistas. Estos 20 microrrelatos fueron evaluados en la reunión del Jurado final, que se celebró el pasado 29 de enero y que acordó:

Declarar ganador del concurso El Prado en 205 palabras al microcuento titulado Cris, inspirado en Hermafrodito, de Matteo Bonuccelli, y presentado a concurso por Alberto Moreno, de Talavera de la Reina (España).

Elegir como accésits los siguientes microrrelatos:

Ya nada me parece absurdo, de Soledad Sánchez Flores, de Tías (Lanzarote, España), inspirado en el Sísifo de Tiziano.

Un instante, de Carlos Corbacho, de Madrid (España), inspirado en la Vista del jardín de la Villa Medici de Roma, de Velázquez.

Huella negra, de Fabián Miguel Díaz, de Madrid (España), inspirado en Perro semihundido, de Francisco de Goya.

Detrás de la cascada, de José Manuel Romera, de Madrid (España), inspirado en Una artista, de Aurelia Navarro.

Elegir finalistas a los siguientes siete microrrelatos:

Vidas paralelas, de Gabriel Pérez Martínez, de Málaga (España) y De mal en peor, de Iñaki Goitia, de Oñati (España), ambos inspirados en el Sísifo de Tiziano.

SOS, de Jorge Herrando, de Zaragoza (España) y Mirada de plomo gris, de Jesús Mira, de Alicante (España), ambos inspirados en el Perro semihundido, de Goya.

Testigo, de Adela Inés Alonso, de Ciudad de Buenos Aires (Argentina), inspirado en Vista del jardín de la Villa Medici de Roma, de Velázquez.

Fue en Kosovo, de David Alarcón de Sieteiglesias (Madrid, España), inspirado en Hermafrodito, de Matteo Bonuccelli.

El brasero, de Juan Antonio Morán, de San Vicente del Monte (Cantabria, España), inspirado en Una artista, de Aurelia Navarro.

Ganador: Cris

Ganador: <em>Cris</em>
Obra asociada: Hermafrodito. Matteo Bonuccelli

En todos mis años como cajera jamás he visto un producto con tanto éxito como los Hermafroditos. La campaña es simple, se basa en la incertidumbre de no saber qué te va a tocar, si niño o niña. A pesar de su astronómico precio, he visto clientes venir a llevarse un Hermafrodito tras otro, uno tras otro, hasta conseguir el sexo deseado. Nuestro trabajo es sencillo: pasar el lector sobre el producto e informar de que no se admiten devoluciones. Y deberíamos estar agradecidas, pues el boom ha permitido que incluso nos suban el sueldo.

Sin embargo, cada día, antes de marcharme, rompo las normas y voy a verlo, a él. O a ella. Durante solo unos segundos, abro su envoltorio para contemplarlo. Conozco cada centímetro de su piel, el ritmo de sus latidos, la cadencia de sus respiraciones. Cris, le digo, si eres chica te llamaría Cristina, y si eres chico, Cristian. Si pudiera te llevaría en brazos a jugar, a reír y bañarnos en un río de esos, de los de antes, le susurro. Y él, o ella, tiembla levemente.

Luego cierro la caja, la pongo atrás del todo para que nadie se la lleve y, con el corazón encogido, regreso a casa.

Alberto Moreno Sánchez-Izquierdo

Primer accésit: Ya nada me parece absurdo

Primer accésit: <em>Ya nada me parece absurdo</em>
Sísifo. Tiziano Vecellio di Gregorio

Juraría que acababa de hacer la cama cuando al volverme la encontré deshecha. Al principio me extrañó, pero como siempre voy con prisa, pensé que me lo había imaginado. Con las plantas pasó algo parecido, la tierra se secaba antes de terminar de regarlas. Lo achaqué al calor. Sí me empezó a extrañar la falta de leche o huevos el mismo día que hacía la compra. ¿Me habré vuelto loca?, le preguntaba a mi marido, que se encogía de hombros. Así que les echaba la culpa a los niños, pero cuando regresaba de llevarlos al colegio, las pelusas estaban donde antes de pasar la aspiradora. He espiado al cesto de la ropa sucia y, aunque me empeñe, ya nunca está vacío.

A veces arreglo la casa rápido para que no le dé tiempo a deshacerse. Al menos para darme el gusto antes de que se descomponga de nuevo. Pero cuando estoy terminando de fregar el pasillo y me queda la última esquina, ya está otra vez revuelta. La gente me dice que soy una valiente, como si tuviera otra opción. He intentado dejarla a ver hasta dónde llega, pero se abren grietas en las paredes y me da miedo que el polvo nos entierre dentro.

Soledad Sánchez Flores

Segundo accésit: Un instante

Segundo accésit: <em>Un instante</em>
Vista del jardín de la Villa Medici de Roma. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez

Por fin llegó la tarde bañando los jardines con su luz. Los imponentes cipreses que lo custodiaban formaban un tupido muro verde que sobresalía tras la logia, y ante una de sus puertas serlianas, cerrada con listones de madera, dos caballeros conversaban calmos como la tarde misma.

— Os ruego no os giréis…, no os giréis os digo. Un muchacho está apostándose con un caballete y un pequeño lienzo a unas cien varas de donde nos hallamos. ¿No es extraño?

— ¿Un muchacho decís? ¿Un caballete y un lienzo? ¿Qué va a pintar, pardiez?

— Lo ignoro completamente y voto a Dios si la curiosidad no me corroe. Pero disimule, disimule vuesa merced. No se gire, ya lo espulgo yo como el que está a otra cosa.

— Pertrechado de pocos aparejos le veo para hacer un cuadro, si es lo que pretende.

— Al final ha mirado.

No se demoró el joven y antes de que la pareja volviera a reparar en él se estaba marchando.

— ¿Notáis que nos han hurtado?

— ¿Qué decís? No alcanzo a entenderos.

— El muchacho. Se va y siento que se lleva un instante en su lienzo.

— Ahora sí que estoy despistado.

— No me hagáis caso. Cualquier día me queman por tales pensamientos.

 Carlos Corbacho

Tercer accésit: Huella negra

Tercer accésit: <em>Huella negra</em>
Perro semihundido. Francisco de Goya y Lucientes

Te veo. El ceño estricto y la frente amplia. Estoy contigo, latiendo. Soy apenas un pequeño cimarrón. Un espía. Tendré, sin más, la vida breve. La eternidad la dejaré, como tú, en las barrancas. Mira qué belleza la siesta. Qué latido más delgado y amarillo. ¿La escuchas? Si pareciera que hasta el trazo de tu pincel resuena con más fuerza. ¿Qué pintas? Déjame ver y dame una caricia. Un pedazo de carne o un hueso. Que somos dos parias. Dos animales que reniegan de lo que ven y escuchan y saben. Yo ladro, tú pintas. No hay diferencia, Francisco. Vamos a correr por las barrancas, que la tarde de otoño es breve. Vamos, que ahora encienden los faroles. Deja el cuadro manchado de ocres y negros. Vamos a beber y a comer. Mañana pintarás. Mañana. Que la noche comienza su canto, Francisco. Que yo dejaré en las barrancas alguna huella de perro luchando contra la corriente, de perro semihundido y tu dejarás la noche negra. La negra pintura de esta tierra. Que tú dejarás la huella de un perro negro, Francisco de Goya y Lucientes.

La noche es nuestra, mas no la oscuridad. Vamos. Que yo dejaré una huella. Y tú una herida.

Nada más.

Fabián Miguel Díaz

Cuarto accésit: Detrás de la cascada

Cuarto accésit: <em>Detrás de la cascada</em>
Una artista. Aurelia Navarro Moreno

Aurelia se dibuja con el pincel en el espejo empañado, para verse bien, para reconocerse. Pero la artista de la imagen que va tomando forma le dice que ella no lo es, ni lo será nunca, artista. Con gesto cansado, enciende de nuevo la ducha, muy caliente, para que el vapor vuelva a cubrir sus dudas. También el agua cayendo le permite dejar de escuchar esa otra voz. Se deja empapar, llevar por el agua, lejos. Cierra los ojos y se imagina dentro de una cascada o de una ola. Ella siempre es la espuma. Al salir, el reflejo ha desaparecido dentro de una nube. Ella se seca, se pone el vestido y los pendientes, y se arregla el pelo. Coge de nuevo el pincel. Ahora se pinta en un lienzo: un autorretrato de ella dibujándose en un espejo empañado. De perfil, para no mirarse a los ojos. Y con el espejo solo imaginado al otro lado del borde, del marco, detrás de la cascada.

José Manuel Romera de Landa

Finalista: De mal en peor

Finalista: <em>De mal en peor </em>
Sísifo. Tiziano Vecellio di Gregorio

De un tiempo a esta parte, a Sísifo le ronda una idea; no puede escapar de su eterno castigo, pero el cuadro supone para él una ventana a la esperanza. Son ya muchos años en el Prado y conoce al dedillo sus recovecos. Solo le falta elegir el día, y como para él todos son iguales, ha decidido que no pasa de esta noche. Cuando ha estimado que la vigilancia es menor, ha dado un brinco y ha salido del cuadro con más agilidad de la que jamás hubiera creído; siente que vuela por los pasillos del Prado. Sin embargo, nada más llegar a la puerta de salida, se da cuenta del grave error que ha cometido; justo cuando saltaba fuera del cuadro dejó caer la roca por la ladera. Sin la dureza de la roca no tiene forma de echar la puerta abajo, por lo que vuelve a por ella como alma que lleva el diablo. Al llegar, ve a Ticio, compañero suyo de la sala 027, ladera arriba con la roca a cuestas. Desconcertado, le reclama la roca, pero Ticio hace oídos sordos y le señala su cuadro, donde un águila no quita ojo al hígado de Sísifo.

Iñaki Goitia Lucas

Finalista: Vidas paralelas

Finalista: <em>Vidas paralelas</em>
Sísifo. Tiziano Vecellio di Gregorio

Robé un par de carteras y me cayeron dos años. Salí con la intención de empezar una nueva vida, pero saqueé un supermercado. Pasé en prisión otros dos años y me propuse no delinquir más, pero desvalijé una joyería. Tras un lustro encerrado, regresé a la libertad convencido de que ya no iba a repetirlo. A los pocos meses, atraqué un banco y me llevé millones que no he devuelto. Por supuesto, volvieron a detenerme, solo que esta vez me condenaron a pudrirme en esta maldita cárcel.

La primera noche en la celda, sin poder dormir, pensaba en Sísifo y me veía reflejado en él: la cima de su montaña ha sido, para mí, la calle, y su piedra, mi reincidencia en el delito, aunque ya no voy a robar más. Hoy, de nuevo pienso en Sísifo mientras todos duermen, y su castigo me recuerda a mi día a día durante estos tres últimos años, solo que su enorme piedra ha sido gravilla, kilos y kilos que cada mañana soltaba disimuladamente en el patio.

Gabriel Pérez Martínez

Finalista: SOS

Finalista: <em>SOS</em>
Perro semihundido. Francisco de Goya y Lucientes

Desde mi oficina observo un perro que me mira con pena mientras, poco a poco, se lo traga la tierra. Me imagino que lo rescato, le doy un hogar y se convierte en mi mejor amigo, hasta que mis compañeros me sacan de mi ensimismamiento: que alguien llamará a los servicios de emergencia, que ese chucho ya está perdido, que me olvide.

El trabajo empieza a subir por mi cuerpo. Los informes son los primeros que cubren mis pies, luego las críticas de mi responsable hacen desaparecer mis rodillas y, al final, los viajes de negocio me llegan a la cintura. Miro por la ventana y veo cómo rescatan al animal y, mientras tanto, yo aquí, semihundido.

Jorge Herrando López

Finalista: Mirada de plomo gris

Finalista: <em>Mirada de plomo gris</em>
Perro semihundido. Francisco de Goya y Lucientes

Llegó a la Quinta del Sordo, cansado, de bajón. Venía del Mesón de Paredes. Allí había tomado una jarrita sentado a una mesa. Frente a él un borracho, la cabeza vencida, un perro a sus pies. Miró al perro, esos ojos, bolas de plomo gris, le llegan hasta la médula. Una gitana le leía la ventura. «Hermanos que se pelean como enemigos, y ahora, que hemos expulsado al gabacho, sale esto. Volverán los absolutistas». Se levantó bruscamente.

Embozado y caminando por oscuras callejuelas nadie lo identifica como el pintor de reyes y nobles, esos que esconden sus intenciones bajo sedas y terciopelos. Muchos años en la Corte, muchas intrigas, poca vida viva, y la suya decayendo.  En el ojo del perro vio todo lo que le había dicho la gitana, en esa mirada estaba el futuro. Su futuro.

Llegó a la Quinta, subió al primer piso, encendió el candil, y sobre la pared virgen, trazo a trazo, surgió el perro de mirada anhelante, y en ese ojo negro, melancólico, puso toda su angustia, todo el abandono que le rodeaba. Se hundía pero aún estaba vivo.

Mira ese ojo, ¿ves nuestro futuro?, es por eso que nos inquieta y nos atrae.

Jesús Mira Navarro

Finalista: Testigo

Finalista:<em> Testigo</em>

Vista del jardín de la Villa Medici de Roma. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez

Chiara inhala el aire de los cipreses y el olor de la tierra humedecida, pero la tempestad en su mirada no amaina. Las tareas matutinas se han modificado para la joven, por eso, en la terraza, agita una sábana húmeda y, como si quisiera que el sol borrara las huellas, la extiende sobre la balaustrada.

Sus ojos inseguros buscan la tierra removida y la encuentran a pocos metros del cerco. La muchacha oye una voz ronca desde el jardín, tiembla y se asoma por la baranda para escuchar mejor.

Sí. Es Pietro. Habla con un invitado de la familia y le informa que, durante su estadía allí, él estará a su entera disposición junto a su amada esposa Cornelia.

Chiara, incapaz de procesar semejante engaño, queda perpleja.

Pietro, con una inquietante serenidad, le ofrece al invitado caminar hacia el palacio, pero el hombre prefiere que lo acompañe a recorrer los jardines.

A pocos metros de un cerco, el hombre pregunta por esa tierra removida y Pietro sonríe. Le explica que la noche anterior decidió enterrar una raíz vieja y seca que ya no servía.

Pero la tierra, aún fresca, no oculta la palidez de la mano que se asoma. Entre el cerco y los cipreses.

Adela Inés Alonso

Finalista: Fue en Kosovo

Finalista:<em> Fue en Kosovo</em>
Hermafrodito. Matteo Bonuccelli

Quiso llorar y no pudo. Reconocía, en su propio rostro, las cejas suavemente enarcadas, el contorno marcado de los labios, el nacimiento intrincado del pelo y, lo más perturbador, la oscura profundidad de las pupilas de aquella mujer que lo miraban desde el otro lado del espejo. Salió del baño y dejó caer todo su frágil cuerpo en el colchón, recordando la última vez que pudo ver aquellos rasgos con vida. Él corría los pasillos con el corazón constreñido. Retumbaban en el aire los tableteos de los fusiles de asalto y, al verla agazapada contra un muro, se sobresaltó. Tras el fogonazo, no paró de murmurar que había sido un error. Pero ya nunca volvió a ser el mismo. Desde entonces, la llevaría por siempre amarrada a su carne.

David Alarcón Egea

Finalista: El brasero

Finalista:<em> El brasero</em>
Una artista. Aurelia Navarro Moreno

Julia está cerca del brasero de carbón en un estudio de pintores aprendices. Sonriente, pinta a una mujer que pinta a un hombre. La imagina sonrojada, con la vista fija en la belleza del modelo. Julia se ruboriza al suponer el sofoco de la pintora. Le gusta figurarse que, según reparte las sombras y el color por los muslos del doncel, le parezca sentir la tersura firme del cendal, sedoso, palpitante. Le altera pensar en ese roce y, con un par de pinceladas blancas, decide abrir un pulgar más el escote de la mujer que pinta, para que ventile el aire cálido que la sobrecoge, que le enciende el cuello, el borde mismo de las orejas. Cuando Julia, turbada, suelta la paleta y decide aliviarse atando algunos mechones de cabello en un moño improvisado, se vuelve y descubre a su prima Aurelia que, sonriente, la observa desde un perfil perfecto, con un pincel en la mano rebosando carmesí hasta la virola.

 Juan Antonio Morán Sanromán

Galería

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Recursos

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