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Fernández "el Labrador", Juan

Jaraicejo (Cáceres), doc. 1629 - Madrid, doc. 1657

Pintor de renombre internacional ya en el siglo XVII, del que apenas se sabe nada si se exceptúa su insistencia en añadir a su nombre auténtico, Juan Fernández, el apelativo de "el Labrador". Quizá su vida retirada de la corte impidió que llegaran hasta hoy referencias biográficas precisas.
Su actividad más importante está datada entre 1630 y 1640, según se desprende de la documentación alusiva a sus encargos, de la única obra firmada y fechada en 1636 -actualmente en colección privada- y de las, en cierto modo, documentadas pinturas de la Colección Real británica. No es seguro que sea el Juan Fernández Labrador que muere en Madrid en 1657 y cuyas pinturas tasó un desconocido pintor llamado Lucas Zamudio el 14 de diciembre de ese mismo año. Bien relacionado en medios cortesanos, su principal valedor debió ser Juan Bautista Crescenzi, marqués de la Torre, cuyo interés por la pintura de naturaleza muerta ya se había demostrado en Italia antes de su llegada a España, y debió ser quien promocionó sus obras en los medios cortesanos. Sirva como ejemplo el hecho de que años más tarde, algunas de sus realizaciones figuran en los inventarios de coleccionistas tan prestigiosos como los marqueses de Eliche y de Leganés. Entre 1629 y 1635 mantuvo contacto y trabajó para sir Francis Cottington y su secretario sir Arthur Hopton, diplomáticos ingleses acreditados en la Corte madrileña, quienes enviaron sus bodegones a Inglaterra y, en algunos casos, como regalo al rey Carlos I.
A juzgar por las referencias documentales que le aluden, se especializó en pintura de frutas -fundamentalmente uvas- y flores, pero hay noticias de que también cultivó el paisaje y la pintura de composición religiosa. En las piezas conservadas se advierte que es un pintor en la tradición caravaggiesca por lo que se refiere a la luz dirigida que utiliza casi con violencia, creando fuertes zonas de sombra que confieren a los elementos representados un considerable volumen. Excelente colorista, que emplea una gama cromática rica pero sutilmente graduada, fue hábil en captar las calidades tanto de frutas y flores como de porcelana y vasijas de barro con sus decoraciones y defectos. Es característica suya además la insistencia en la representación de elementos alejados de todo lujo, inclinándose por la temática popular, con un sentido de la autenticidad particularmente grato, que no excluye cierta tendencia a un idealismo cuya graciosa expresividad es evidente (Luna, J. J.: El bodegón español en el Prado. De Van der Hamen a Goya, Museo Nacional del Prado, 2008, pp. 160-161).

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