El juicio de Paris
1650 - 1660. Óleo sobre lienzo, 113 x 171 cmSala 006
La obra de Francesco Albani, uno de los discípulos predilectos de Annibale Carracci (1560-1609), se popularizó gracias en parte a cuadros mitológicos como éste y El tocador de Venus (P1) que contribuyeron a difundir el ideal clásico de los paisajes de Carracci a través de una visión refinada y lírica de la naturaleza.
En esta pintura Albani representa al príncipe pastor admirando la belleza de las tres diosas que se disputaban la manzana de la discordia: Venus, en el centro, acompañada de una paloma; Minerva, a la derecha, reconocible por el casco y las armas abandonadas sobre el suelo; y Juno, identificada por el pavo real. Albani huye de la acción y se decanta por una plácida escena de contemplación, ya que el mortal pastor, relajadamente acodado en un árbol, todavía no ha decidido a quién otorgar la manzana. A la izquierda, sobre un paisaje animado por pequeños saltos de agua, vemos a una divinidad fluvial que tal vez encarne al río Escamandro, que corría por el monte Ida, acompañado de unas ninfas. La escena se completa con varios putti, una de las marcas de fábrica del pintor, en la que se ha visto la influencia de las Bacanales Aldobrandini de Tiziano, presentes en Roma desde 1598 y llamadas a ejercer una decisiva influencia sobre Albani y sus contemporáneos, pero también un eco de su propia vida, ya que Albani tuvo una abultada prole, nada menos que doce hijos que, según Malvasia, su principal biógrafo, le servían de modelos, para lo cual llegaba a colgarlos del techo (Malvasia 1678, t. II, p. 230). En la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, se conserva una copia de esta pintura que presenta figuras más pequeñas y un paisaje más desarrollado (inv. 618).
El juicio de Paris y El tocador de Venus, de dimensiones muy similares, aunque probablemente no formaran pareja, se encontraban en el palacio del Buen Retiro de Madrid. En 1762 se cuentan entre las obras de la Colección Real que el pudoroso Carlos III ordenó quemar a causa de su sensualidad, quema que fue evitada gracias a la intervención del marqués de Esquilache y de Antón Rafael Mengs, gran admirador del clasicismo boloñés, quienes lograron su traslado a la llamada Casa de Rebeque, junto al Palacio Real de Madrid, al lado de otras muchas obras de Tiziano, Rubens etc. En 1792 fueron reclamadas por la Academia de San Fernando como modelos para el estudio del color y destinadas a la Sala del Colorido. Desde 1827, colgaron en la Sala Reservada del Museo del Prado (Texto extractado de González, R. en: Italian Masterpieces. From Spain`s Royal Court, Museo del Prado, 2014, pp. 112-114).