El sueño del patricio 1
2007. Litografía sobre papel, 500 x 650 mmNo expuesto
Todas las cualidades de Carmen Laffón -considerada la figura más destacada y representativa del realismo sevillano-, como son la de acariciar lo real y a la vez, la de saber abstraerse o distanciarse, están luminosamente presentes en su diálogo operativo con los antiguos grandes maestros que cuelgan en los muros del Museo del Prado. Para semejante empresa, Carmen Laffón se ha decantado por un par de fragmentos de El sueño del patricio Juan, de Bartolomé Esteban Murillo, obra de gran resonancia piadosa local por formar parte de una serie que adornaba la iglesia sevillana de Santa María la Blanca, desde justo poco después de la bula papal de Alejandro VII en favor de la Inmaculada Concepción de María; un asunto al que, como es sabido, dedicó mucha atención el genial pintor sevillano. En todo caso, el más intimista, sutil y cadencioso de los grandes lienzos de esta serie, es sin duda, el de El sueño del patricio Juan, donde todo yace con la delicada gravidez de las figuras dormidas, incluida la del perrillo acurrucado a los pies de la mujer. Como Carmen Laffón ha subrayado, la bella atmósfera de lasitud contagia hasta los sencillos objetos del ajuar doméstico, entre los que ella ha elegido, por un lado, el cestillo de labor, dejado como al desgaire sobre el suelo, junto al umbrío rincón de la derecha de la estancia, y por otro, el libro y el chal que reposan sobre la mesa, en el extremo opuesto. Ambos sirven para remarcar los puntos álgidos de la diagonal descendente mediante la cual se desmaya esa composición, ella misma como abatida por el sueño. Al recuperar de forma aislada ambos fragmentos del original murillesco, la artista recrea dos exquisitos bodegones, pero sin perder el encanto del contrapeso de la composición ahora invisible en la que hasta las cosas se dejan caer, como, en efecto, adormecidas. Introduce así Carmen Laffón su particular toque mágico de humildad por entre los modestos enseres a los que su genial paisano les dio un refinado resplandor pictórico, atreviéndose ella a hurgar todavía más a través de ese borde último con que la luz patina la textura de lo material, de la materia, tan finalmente cargado de sentido y profunda emoción.
Calvo Serraller, Francisco, Doce artistas en el Museo del Prado, Madrid, Fundación Amigos del Museo del Prado, 2007, p.42-45