Florero
1615. Óleo sobre tabla, 44 x 66 cmSala 082
Esta pequeña tablita de Jan Brueghel el Viejo ilustra la habilidad y delicadeza del pintor para la representación de elementos de la naturaleza en unas creaciones que gracias a su novedad, exotismo y equilibrio compositivo tuvieron gran éxito.
Sobre una mesa se dispone una albornía de cerámica de borde festoneado. El recipiente recoge multitud de flores de distintas especies y profuso colorido. Entre otras, aparecen claveles, varias clases de rosas, narcisos y anémonas, sin que el vaso sea capaz de albergar todas, cayendo algunas desordenadamente por la mesa: destacando una ramita de flores de azahar situada en primerísimo plano. Como revela la correspondencia del propio artista, Brueghel buscaba reproducir verazmente la variedad y la belleza de las flores, para lo cual viajaba a diferentes lugares y esperaba a que floreciesen las diversas especies. También se pueden apreciar animales vivos que contribuyen a dar a la composición un aire de realidad y verosimilitud. Podemos ver una mariquita sobre un clavel blanco, una mariposa posada en una ramita arriba a la izquierda y, en el lado opuesto, una libélula que busca néctar en una de las flores.
Brueghel fue un ejemplo prototípico de la producción artística basada en los talleres familiares: hijo de Pieter Bruegel el Viejo, hermano de Pieter Brueghel el Joven y padre a su vez de Jan Brueghel el Joven. En sus obras se mezclan la utilización de motivos recogidos de la tradición pictórica familiar y el uso de modelos repetidos hasta la saciedad vinculados al poder, habiendo sido un artista protegido de los archiduques Alberto e Isabel, gobernadores de los Países Bajos.
Aunque la lectura de los floreros de Brueghel como símbolo de las ideas de vanidad, fugacidad de la vida y caducidad de la belleza siempre es apropiada, el artista logra conmover al espectador con una escena que atrae más por su verismo e intrínseca belleza plástica que por una interpretación alegórica e intelectual. Otra posible lectura sería en clave religiosa, aludiendo a la inmutabilidad divina frente a la fugacidad de la vida terrenal, sugiriendo las palabras recogidas en Isaías 40: 8: "La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de dios permanece en la eternidad".
La albornía repleta de flores es un motivo recurrente en obras de Jan Brueghel el Viejo. Además de aquellas de las que se tiene noticia por la correspondencia del artista, se conocen diferentes versiones en colecciones privadas y en el mercado del arte, entre las que son notables las documentadas en la colección Brod de Londres, en la colección Müller de Ámsterdam, así como la que pasó en 1959 por la casa Sotheby’s de Londres. La existencia del principal ejemplar en el Prado, probablemente origen de todas las versiones y copias, ilustra el interés que despertaron sus cuadros de naturaleza muerta en el coleccionismo real en España. Esta tabla se documenta desde el siglo XVIII en las colecciones reales españolas, siendo una de las obras adquiridas por la reina Isabel Farnesio al marqués de la Ensenada. Durante años se pensó que se trataba de la misma que poseía el marqués de Leganés al menos desde 1637, con cuya descripción de su testamentaría coincide. Sin embargo, la pintura no tiene ninguna marca de su colección y la profusión de copias impide afirmar con certeza que se trate de la misma pieza (Pérez Preciado, José Juan, en Martínez Plaza, Pedro J., Ages of Splendor. A History of Spain in the Museo del Prado, cat. exp. Pudong, Shanghái, 2024).